Cuando Rosas prohibió el Carnaval: la increíble historia del decreto que quiso borrar la fiesta para siempre
Los carnavales porteños del siglo XIX no eran solo fiesta: entre peleas, excesos y hasta robos, la celebración se volvió un problema tan serio que Juan Manuel de Rosas decidió terminarla de raíz. En 1844 la prohibió “para siempre”. La historia detrás del decreto que quiso borrar una tradición popular.

Durante gran parte del siglo XIX, los carnavales en Buenos Aires eran una explosión de alegría y también un problema creciente. Las calles se llenaban de juegos con agua, música, disfraces y descontrol. Lo que empezó como una celebración popular terminó convirtiéndose, para muchos vecinos, en una fuente de dolores de cabeza: riñas, borracheras, destrozos y hasta robos. Esa combinación fue la que llevó a Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires, a intervenir con mano firme.

Excesos en los festejos
Ya en 1836, Rosas había intentado poner orden. Su decreto fijaba horarios precisos para los juegos: comenzarían “a las dos de la tarde, cuya hora se anunciará por tres cañonazos”, y finalizarían al toque de oración. La intención era encauzar una fiesta que, según denuncias de la época, se estaba desbordando. Y las regulaciones no se quedaban ahí.
El documento establecía reglas que hoy parecen extravagantes, pero que reflejan los excesos del momento. Por ejemplo, quienes jugaran desde azoteas o ventanas solo podían usar agua o “huevos comunes de olor”, prohibiéndose expresamente los huevos de avestruz. ¿Por qué aclararlo? Porque, al parecer, algunos habían encontrado la forma de convertir la celebración en un arma pesada impropia incluso del carnaval más salvaje.
Otra norma señalaba que “nadie, jugando por la calle, podrá asaltar casas ni forzar puertas o ventanas en continuación del juego”. La advertencia deja claro que, amparados en el espíritu festivo, ciertos grupos aprovechaban para cometer delitos, ocultos entre la multitud y la confusión.
Rosas prohíbe el carnaval
Pero las regulaciones de 1836 no alcanzaron. Con el tiempo, los abusos continuaron y Rosas, cada vez más preocupado por la disciplina social y económica, decidió tomar una medida drástica. El 22 de febrero de 1844, abolió el carnaval “para siempre”.
Según los considerandos del decreto, la festividad atentaba contra el orden y la productividad. Rosas argumentaba que una costumbre así era “inconveniente a las habitudes de un pueblo laborioso e ilustrado” y que generaba pérdidas económicas considerables: afectaba los trabajos públicos, la industria, las artes y sobre todo la agricultura, incluida la siega del trigo, una actividad clave del período.

También mencionaba daños materiales: las fachadas de los edificios se deterioraban por los juegos en azoteas y balcones, mientras que el descontrol provocaba incidentes callejeros. Incluso apelaba a razones sanitarias, afirmando que el carnaval podía derivar en enfermedades, además de exponer a “hijos, dependientes o domésticos” a conductas desviadas.
La sanción para quienes desobedecieran no dejaba lugar a dudas: tres años de trabajos públicos, y para los empleados estatales, además, la pérdida del cargo.
Aunque Rosas lo prohibió “para siempre”, el carnaval volvería décadas más tarde. Pero la historia de su abolición recuerda que, en Buenos Aires, incluso las celebraciones más festivas pudieron convertirse en un terreno de tensiones sociales, políticas y morales.


















