La increíble historia del día que Gardel dejó un cajón de manzanas y marcó para siempre a un pueblo de Santa Fe
Un encuentro fortuito en plena ruta, un desperfecto mecánico y un gesto simple que terminó convirtiéndose en una de las anécdotas más queridas del folclore argentino. Aquel día, un cajón de manzanas dejó al descubierto la humildad de Carlos Gardel y encendió una historia que, casi un siglo después, sigue viva en la memoria colectiva.

En el corazón de Santa Fe, a la vera del antiguo camino real, todavía late una de las anécdotas más entrañables del folclore argentino: la vez que Carlos Gardel detuvo su viaje en Coronda y dejó, sin saberlo, un recuerdo imborrable en la memoria colectiva del pueblo. Todo comenzó en 1933, durante una de las etapas más intensas de la carrera del Zorzal Criollo, cuando recorría el país antes de continuar su gira internacional.
Gardel, en pleno trayecto entre Buenos Aires y Santa Fe, sufrió un desperfecto mecánico que lo obligó a frenar justo frente a la casa de la familia Boggino, un dato confirmado tanto por crónicas locales como por el recuerdo de los descendientes de quienes vivieron el hecho. La noticia de aquel incidente, que hoy forma parte del ADN cultural de Coronda, fue reconstruida en detalle por vecinos y medios santafesinos.

Una visita inesperada
Sin reconocer al célebre visitante, Domingo Boggino y su familia salieron de inmediato a ayudar, guiados únicamente por la solidaridad que caracteriza a los pueblos del interior. La reparación casera, humilde pero efectiva, permitió al coche volver a ponerse en marcha. Y fue entonces cuando Gardel, agradecido, entregó un obsequio inesperado: un cajón de manzanas. Un gesto simple, casi casual, que lejos estaba de revelar el peso simbólico que adquiriría con el paso del tiempo.
Sin embargo, la revelación llegó recién más tarde. Cuando los Boggino abrieron el cajón, entre las frutas encontraron un afiche con la imagen del mismísimo Gardel. La familia quedó atónita: aquel hombre a quien habían asistido, de sombrero ladeado y sonrisa amable, era el ícono del tango que ya movilizaba multitudes en teatros y radios del país. Ese instante de descubrimiento transformó una escena cotidiana en un recuerdo eterno. Lucy Boggino, hija de Domingo, relató cómo su padre evocaba el encuentro entre la emoción y el orgullo, consciente de que había vivido algo irrepetible.

Con el tiempo, la anécdota se propagó de boca en boca, hasta convertirse en un emblema del pueblo de Coronda, una postal que se renueva con cada generación y que sostiene un lazo afectivo entre la comunidad y la figura del artista. Más que un suceso aislado, el cajón de manzanas se volvió símbolo de cercanía, humildad y esa magia que distingue a los grandes: la capacidad de dejar huellas profundas sin proponérselo.

Coronda y Gardel, una relación eterna
Mientras la figura de Gardel continúa agrandándose con los años —tras su muerte trágica en 1935, su mito no ha hecho más que crecer—, en Coronda la historia mantiene viva la humanidad del ídolo. No fue un escenario ni un teatro colmado lo que construyó ese recuerdo; fue el encuentro simple entre un viajero y un pueblo dispuesto a tender la mano.
Hoy, casi un siglo después, la historia del cajón de manzanas sigue iluminando las calles y las sobremesas corondinas. Y demuestra, una vez más, que la leyenda de Gardel no solo se canta: también se comparte.


















