Horacio Quiroga
Horacio Quiroga Foto: Foto generada con IA

La vida de Horacio Quiroga —uno de los narradores más intensos y perturbadores de la literatura latinoamericana— estuvo atravesada por una serie de tragedias que parecieron perseguirlo desde la infancia hasta su muerte. Sus últimos días, vividos en la angustia y el silencio de un hospital público en Buenos Aires, fueron el desenlace de una existencia signada por el dolor, la pérdida y la obsesión por la muerte.

Una vida atravesada por la fatalidad

Quiroga nació en Uruguay en 1878 y, desde temprano, la fatalidad se instaló como una sombra permanente. Cuando tenía apenas meses de vida, su padre murió accidentalmente al dispararse su propia escopeta. Años después, su padrastro, también por accidente, se quitó la vida frente a él. Esa escena marcó profundamente su adolescencia. Pero lo peor estaba por llegar: en 1902, mientras limpiaba un arma, Quiroga mató accidentalmente a su mejor amigo, Federico Ferrando. El escritor jamás logró recuperarse de ese episodio, que se convirtió en uno de los fantasmas más persistentes de su obra.

A lo largo de su carrera literaria, Quiroga volcó muchas de esas experiencias en cuentos donde la muerte aparece como un destino implacable, casi inevitable. Instalado en la selva misionera —su refugio y su tormento— encontró una inspiración tan poderosa como peligrosa. La vida aislada, la lucha contra la naturaleza y la tensión constante entre la supervivencia y el abismo se convirtieron en el núcleo de gran parte de su escritura.

Horacio Quiroga y sus dos hijos mayores
Horacio Quiroga y sus dos hijos mayores

La selva: inspiración, refugio y tormento

Sin embargo, la selva no solo le dio relatos célebres: también le dejó nuevas heridas. Su primera esposa, Ana María Cires, cayó en una profunda depresión y terminó suicidándose con cianuro en 1915. Quiroga presenció la agonía durante horas. Años después, su segunda esposa, mucho más joven que él, lo abandonó junto a sus dos hijos, cansada del aislamiento y del carácter obsesivo del escritor.

En 1937, ya enfermo y debilitado, Quiroga fue internado en el Hospital de Clínicas en Buenos Aires. Allí recibió el diagnóstico que sellaría su destino: cáncer de próstata en estado avanzado. La noticia lo dejó devastado. El escritor, que había convivido con la muerte como tema literario, no estaba dispuesto a enfrentarla lentamente en un hospital.

Horacio Quiroga, escritor
Horacio Quiroga, escritor

El avance de la enfermedad y el golpe final

El 19 de febrero de ese mismo año, en una decisión tan trágica como coherente con la lógica fatalista de su vida, Horacio Quiroga tomó cianuro y se quitó la vida. Lo hizo solo, en silencio, como quien sabe que ese último gesto es parte del guion que lo acompañó desde siempre.

Las horas finales de Quiroga no fueron un acto desesperado aislado, sino el cierre de una existencia marcada por pérdidas irreparables. Sus tragedias personales no solo moldearon su carácter y su aislamiento, sino que también definieron una de las obras más intensas de la literatura rioplatense.

Su muerte, como su escritura, fue brutal, directa y profunda. Y dejó la sensación de que, para él, la tragedia no fue un accidente: fue un destino.