
La historia argentina recuerda a Domingo Faustino Sarmiento como presidente, escritor y uno de los principales impulsores de la educación pública. Sin embargo, dentro de su familia hubo una mujer que también convirtió la enseñanza en la gran causa de su vida.
Se llamaba Vicenta Bienvenida Sarmiento Albarracín. Nació el 30 de octubre de 1804 en San Juan y fue una de las hermanas mayores del futuro mandatario. Mucho antes de que él llegara a la presidencia, ella ya enseñaba, organizaba colegios y trabajaba para que otras mujeres pudieran estudiar.
Su trayectoria estuvo marcada por las guerras civiles, la persecución política y un exilio que la obligó a cruzar la cordillera de los Andes. A pesar de las dificultades, nunca abandonó su vocación docente.
La hermana de Sarmiento que eligió las aulas
Bienvenida creció en la histórica casa familiar del barrio El Carrascal, una zona humilde de la ciudad de San Juan. Fue hija de Paula Zoila Albarracín y José Clemente Sarmiento, integrantes de una familia numerosa en la que solamente algunos hijos alcanzaron la adultez.
En ese hogar, el aprendizaje no se limitaba a los libros. Las hermanas Sarmiento estudiaron dibujo, bordado, tejido y distintas labores artesanales. Bienvenida desarrolló una notable habilidad para el telar, pero su verdadera vocación apareció en la educación.

En 1839, cuando Domingo Faustino Sarmiento impulsó el Colegio de Pensionistas de Santa Rosa, Bienvenida se desempeñó como profesora y vicedirectora. La institución ofrecía educación primaria y secundaria para mujeres, algo todavía poco frecuente en aquella época.
El proyecto comenzaba a consolidarse cuando los conflictos políticos de la provincia alteraron la vida de toda la familia.
En 1842 cruzó los Andes rumbo al exilio
La oposición al gobierno de Juan Manuel de Rosas y los enfrentamientos políticos en San Juan llevaron a los Sarmiento a abandonar el país. En 1842, Bienvenida cruzó la cordillera de los Andes junto con parte de su familia y se instaló en Chile.
El viaje significó dejar atrás su casa, sus vínculos y el colegio en el que había comenzado a desarrollar su carrera. Sin embargo, el exilio no consiguió detenerla.
En San Felipe de Aconcagua, Bienvenida y su hermana Procesa del Carmen Sarmiento fundaron una nueva institución educativa. Con el tiempo, el establecimiento fue reconocido popularmente como “el colegio de las Sarmiento”.
Mientras Procesa se destacaba en el dibujo y la pintura, Bienvenida asumía responsabilidades relacionadas con la enseñanza y la organización. Las dos hermanas lograron sostenerse económicamente y continuar su proyecto educativo lejos de la Argentina.
Regresó a San Juan y comenzó a formar maestras
La caída de Rosas en 1852 abrió la posibilidad del regreso. Después de alrededor de una década en Chile, Bienvenida volvió a San Juan y retomó su trabajo docente.
El momento más importante de su trayectoria llegó en 1863, 21 años después de aquel cruce de los Andes. Su hermano, que entonces era gobernador de la provincia, la designó directora de la Escuela Central de Señoritas.

El establecimiento no se limitaba a brindar educación elemental. Su objetivo era preparar mujeres para que pudieran convertirse en preceptoras y enseñar en otras escuelas. Por ese motivo, fue uno de los antecedentes de las futuras escuelas normales argentinas.
Para entonces, Bienvenida acumulaba más de dos décadas de experiencia. Había trabajado como maestra y vicedirectora, fundado colegios y dirigido establecimientos tanto en la Argentina como en Chile.
Una vida dedicada a la educación
Además de su labor docente, Bienvenida participó en la Sociedad de Beneficencia de San Juan, institución que llegó a presidir durante varios años. Desde allí colaboró con diferentes iniciativas destinadas a las personas más necesitadas.
A diferencia de su hermano, no ocupó cargos políticos nacionales ni escribió libros que difundieran su nombre. Su legado quedó en las escuelas que dirigió, en las maestras que ayudó a formar y en todas las niñas que accedieron a una educación que hasta entonces les resultaba difícil alcanzar.
Bienvenida nunca se casó ni tuvo hijos. Murió el 21 de marzo de 1900, a los 95 años, en la misma casa sanjuanina donde había nacido.
Su vida atravesó exilios, guerras civiles y profundas transformaciones sociales. Mientras el apellido Sarmiento quedaba asociado al llamado “Maestro de América”, ella construía una trayectoria silenciosa dentro de las aulas.
Detrás del prócer que buscaba llenar el país de escuelas hubo una hermana que dedicó décadas a enseñar y formar maestras.


















