
Argentina y Chile estuvieron cerca de iniciar una guerra por sus límites territoriales. Los dos países compraron armamento, aumentaron su poder naval y se prepararon para un enfrentamiento que parecía inevitable. Sin embargo, la crisis tuvo un desenlace inesperado: el bronce de antiguos cañones argentinos fue utilizado para construir un enorme símbolo de paz.
El resultado fue el Cristo Redentor de los Andes, una figura monumental inaugurada en 1904 sobre la frontera argentino-chilena. La obra, realizada por el escultor Mateo Alonso, pesa alrededor de cuatro toneladas y continúa en pie en uno de los paisajes más extremos de Mendoza.
Argentina y Chile estuvieron al borde de una guerra
Durante la segunda mitad del siglo XIX, Argentina y Chile mantuvieron fuertes discusiones por la ubicación exacta de la frontera. El problema era complejo: las altas cumbres de la Cordillera no siempre coincidían con la divisoria de aguas que separaba las vertientes del Atlántico y del Pacífico.

Hacia fines de aquel siglo, la tensión dejó de ser exclusivamente diplomática. Ambos países adquirieron buques de guerra en Europa y comenzaron a prepararse para un posible conflicto armado. Los rumores se multiplicaron y parte de la prensa contribuyó a instalar un clima de enfrentamiento.
La situación comenzó a cambiar con los Pactos de Mayo de 1902, que permitieron reducir el armamento naval y encaminar las diferencias mediante negociaciones y arbitrajes internacionales.
La mujer que impulsó el monumento de la paz
Una figura central de esta historia fue Ángela de Oliveira Cézar de Costa, integrante de la sociedad porteña y activa promotora de la reconciliación entre ambos países.
La idea original había sido impulsada por el obispo de Cuyo, Marcolino Benavente, aunque inicialmente la escultura no estaba destinada a la frontera. Después de los acuerdos diplomáticos, el proyecto adquirió otro significado: colocar el monumento en plena Cordillera para representar el compromiso de paz.
La iniciativa también recibió apoyo político. El presidente Julio Argentino Roca habría sugerido instalar la figura cerca del límite internacional, en un lugar visible para quienes atravesaran la montaña.
El Cristo fue construido con antiguos cañones
El escultor argentino Mateo Alonso fue el encargado de realizar la imponente figura. La estatua fue fundida en Buenos Aires con bronce procedente de antiguos cañones del Ejército de los Andes.
El material le otorgó un significado especial: objetos fabricados para la guerra fueron transformados en una representación de concordia.

Debido a su enorme tamaño, la obra tuvo que ser dividida en diferentes piezas. Primero fue trasladada en tren desde Buenos Aires hasta Mendoza. Luego comenzó la etapa más complicada: subir sus pesados componentes por caminos cordilleranos.
Las piezas llegaron hasta Las Cuevas y desde allí fueron transportadas con mulas y esfuerzo humano. El destino se encontraba a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar, en una región de bajas temperaturas, fuertes vientos y cambios repentinos del clima.
Una multitud llegó hasta la Cordillera
El Cristo Redentor de los Andes fue inaugurado el 13 de marzo de 1904. Cerca de 3.000 personas de Argentina y Chile asistieron a la ceremonia, muchas después de realizar el último tramo a lomo de mula.

Las delegaciones llegaron desde lados opuestos de la montaña y se encontraron junto al monumento. Durante el acto, el obispo chileno Ramón Ángel Jara pronunció una frase que quedó asociada para siempre con la obra: las montañas caerían antes de que argentinos y chilenos rompieran la paz jurada a sus pies.
El monumento que todavía vigila la frontera
Más de 120 años después, el Cristo continúa cerca de Villa Las Cuevas, en Mendoza. Con el pedestal incluido, el conjunto alcanza aproximadamente 13 metros y permanece expuesto a nevadas, temperaturas bajo cero y fuertes ráfagas.
El lugar también conserva otra conexión con la historia argentina. Por esa región atravesó en 1817 una división del Ejército Libertador comandada por Juan Gregorio de Las Heras, durante la Campaña de los Andes.
En 2003, la obra fue declarada Monumento Histórico Nacional. Desde entonces, permanece como testimonio de una decisión extraordinaria: convertir el metal de la guerra en una promesa de paz entre dos naciones.






















