
En el norte de Córdoba existe un lugar donde todavía es posible caminar entre construcciones que atravesaron más de cuatro siglos de historia. Se trata de la Estancia de Jesús María, un antiguo establecimiento jesuítico que conserva una iglesia, una residencia colonial, una bodega y restos de molinos.
La propiedad nació en enero de 1618, cuando el padre provincial Pedro de Oñate compró las tierras conocidas por los pueblos originarios como Guanusacate, expresión traducida como “agua muerta” o “río seco”. Fue la segunda estancia incorporada al sistema económico organizado por la Compañía de Jesús en la provincia.
La estancia que producía miles de litros de vino
Durante los siglos XVII y XVIII, la estancia funcionó como un importante núcleo agropecuario y vitivinícola. En sus tierras se cultivaron trigo, maíz, vides, olivos y árboles frutales. También se criaron vacas, caballos, cabras, ovejas y mulas.

Hacia 1747, el establecimiento llegó a producir cerca de 12.000 litros de vino por año. Una parte se destinaba al consumo de la comunidad religiosa y el resto era comercializado. Entre sus variedades se destacó el llamado “lagrimilla de oro”, que habría llegado incluso al mercado europeo.
El funcionamiento del lugar dependía del trabajo de indígenas y personas africanas esclavizadas. Ellos participaron en la construcción de los edificios, el mantenimiento de los molinos y el cultivo de las vides. Las investigaciones históricas señalan que en la propiedad llegaron a vivir más de 270 personas esclavizadas.
Una construcción colonial que sobrevivió al paso del tiempo
El casco histórico está integrado por la iglesia, la residencia, la bodega, el claustro y los restos del sistema productivo.
La iglesia posee una sola nave, planta de cruz latina y una cúpula central ornamentada. La residencia se organiza alrededor de un claustro de dos niveles, con galerías y arquerías características de la arquitectura colonial.
En su interior se conservan piezas de arte sacro de los siglos XVII y XVIII, vestimentas religiosas, esculturas, relicarios, muebles, monedas y objetos domésticos. También pueden observarse grandes ollas, bateas y un antiguo fogón utilizados durante la vida cotidiana de la estancia.
Su relación con Belgrano y San Martín
La estancia estaba ubicada cerca del Camino Real, la extensa vía que comunicaba Buenos Aires, Córdoba y el Alto Perú. Por allí circulaban comerciantes, viajeros, ejércitos y funcionarios.

El complejo museístico también abarca la Posta de Sinsacate, donde los viajeros podían descansar y cambiar sus caballos. Después de la Revolución de Mayo, el establecimiento brindó servicios a las tropas patriotas y recibió a figuras como Manuel Belgrano, José de San Martín y Juan Lavalle.
Un sitio reconocido por la UNESCO
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, la estancia pasó por diferentes propietarios. En 1941 fue declarada Monumento Histórico Nacional y, luego de un proceso de restauración, se convirtió en el Museo Jesuítico Nacional, inaugurado oficialmente en 1956.
Desde el año 2000, integra el conjunto de estancias jesuíticas de Córdoba declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Actualmente, el museo permite descubrir cómo se producía, trabajaba y vivía en una de las explotaciones coloniales más importantes de la región.



















