
En el norte de Corrientes, entre lagunas, pastizales y montes nativos, se encuentra una estancia que permite recorrer casi cuatro siglos de historia argentina. Se trata de San Juan Poriahú, un establecimiento rural ubicado cerca de Loreto y rodeado por los paisajes de los Esteros del Iberá.
Su casco principal no fue construido originalmente como residencia de campo. El edificio habría sido una capilla de barro levantada por los jesuitas en 1635, cuando la zona formaba parte de un sistema productivo destinado a abastecer a las misiones guaraníes.
Mucho tiempo después, durante los primeros meses del proceso revolucionario, las tropas comandadas por Manuel Belgrano pasaron por estas tierras rumbo al Paraguay.
La antigua estancia por la que pasó Manuel Belgrano
A fines de 1810, Manuel Belgrano encabezó una expedición militar enviada por la Primera Junta. El objetivo era extender la revolución iniciada en Buenos Aires, aunque el avance obligó a los soldados a atravesar caminos precarios, bañados y regiones poco pobladas.
En ese recorrido, el ejército pasó por la zona donde se encuentra San Juan Poriahú. Para entonces, las propiedades jesuíticas ya habían atravesado años de abandono después de la expulsión de la Compañía de Jesús de los dominios españoles en 1767.

Gran parte de las instalaciones fue destruida, pero el antiguo oratorio sobrevivió. Con el paso de los años, aquella capilla fue transformada en la casa principal de la estancia.
De esta manera, una construcción religiosa levantada más de un siglo antes de la Revolución de Mayo terminó convertida en testigo del avance de Belgrano y sus soldados.
Una capilla anterior al nacimiento de la Argentina
Los orígenes de San Juan Poriahú están relacionados con las misiones guaraní-jesuíticas, que ocuparon territorios de las actuales Argentina, Paraguay y Brasil.
La propiedad era conocida como Rincón de San José. Su ubicación permitía aprovechar los cursos de agua y las elevaciones naturales para reunir el ganado en una época en la que todavía no existían los alambrados.

Allí se criaban vacas, caballos y mulas, animales indispensables para transportar alimentos, mercaderías y personas entre poblaciones separadas por enormes distancias.
La historia de Loreto también está vinculada con aquella tradición. La localidad correntina conserva costumbres, celebraciones religiosas y expresiones culturales que reflejan la permanencia de la memoria guaraní y jesuítica.
De una propiedad abandonada a una estancia de 13.000 hectáreas
Unos veinte años después del paso de Belgrano, el gobernador Pedro Ferré promovió la venta de tierras públicas en Corrientes. En ese contexto, Ángel Fernández Blanco, relacionado con la causa revolucionaria, adquirió aproximadamente 4.500 hectáreas.
La propiedad quedó posteriormente vinculada con la familia Meabe. Sus títulos se remontan a 1875 y, mediante nuevas compras y herencias, el establecimiento alcanzó una superficie cercana a las 13.000 hectáreas.

El campo reúne lagunas, bañados, canales, embalsados, pastizales e isletas de monte. En estos ambientes habitan carpinchos, monos carayá, yacarés, ciervos de los pantanos y numerosas especies de aves.
El lugar histórico que actualmente recibe visitantes
San Juan Poriahú continúa funcionando como establecimiento ganadero, pero también recibe viajeros interesados en conocer el paisaje y la historia de los Esteros del Iberá.

La experiencia incluye cabalgatas, navegación, caminatas, avistaje de fauna y acercamiento a las tareas rurales. En el centro del campo permanece el antiguo edificio de paredes gruesas que alguna vez funcionó como oratorio jesuítico.
Antes de transformarse en alojamiento rural, el lugar fue capilla, centro productivo y refugio en medio de los esteros. Además, quedó unido para siempre a uno de los episodios menos recordados de la vida de Manuel Belgrano: su difícil marcha hacia el Paraguay cuando la Argentina todavía no existía como una nación independiente.



















