Cuando Argentina se volvió Bolivariana.
Cuando Argentina se volvió Bolivariana. Foto: Reporte Asia

German Luis Kammerath, ex Intendente de la Ciudad de Córdoba, Diputado Provincial, Diputado Nacional y Vicegobernador de dicha provincia, llevó adelante en Reporte Asia un análisis sobre la relación de la Argentina con la Venezuela chavista.

Germán Kammerath. Foto: Captura

A continuación, reproducimos lo expresado en dicho artículo:

Cuando Argentina se volvió Bolivariana

El tren del libre comercio que dejamos pasar

Mar del Plata, noviembre de 2005

El viento del Atlántico golpeaba con fuerza la costa de Mar del Plata aquella tarde de noviembre de 2005.

Dentro del hotel Hermitage, los presidentes de 34 países del hemisferio occidental estaban reunidos en la IV Cumbre de las Américas, un encuentro que había colocado a la ciudad argentina en el centro de la atención mundial. Delegaciones oficiales, miles de periodistas y un imponente despliegue de seguridad habían transformado por unos días a la ciudad balnearia en la capital política del continente.

(La Capital, Mar del Plata, “A 20 años de la cumbre que puso a Mar del Plata en la vidriera del mundo”).

En el centro de la discusión estaba uno de los proyectos económicos más ambiciosos de la historia moderna del hemisferio: el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Durante más de diez años, diplomáticos, economistas y ministros de comercio habían trabajado para construir ese acuerdo. La idea era simple, pero monumental en sus implicancias: crear un mercado integrado desde Canadá hasta Argentina. Un continente de más de 800 millones de personas comerciando bajo reglas comunes, con mayor flujo de inversiones y cadenas productivas integradas.

Pero fuera del hotel Hermitage, la escena era completamente distinta.

En un estadio repleto se desarrollaba una contracumbre política encabezada por el presidente venezolano Hugo Chávez, con el auspicio del gobierno argentino, que además proveyó militantes, el tren estatal y el apoyo adicional del presidente Evo Morales, el líder cocalero boliviano y otras organizaciones militantes anticapitalistas. Una armada verdadera armada brancaleone.

A su lado se ubicaban dos celebridades convocadas para simbolizar el rechazo al ALCA: Diego Maradona, ya cercano a Fidel Castro y el chavismo, y el cineasta Emir Kusturica.

Chávez tomó el micrófono. Y pronunció una frase que recorrería el mundo.

“ALCA, ALCA… ¡al carajo!”

El estadio estalló en aplausos.

Dentro del hotel, en cambio, el clima se volvía cada vez más tenso.

En cuestión de horas, una década de negociaciones diplomáticas comenzaba a desmoronarse. El gobierno argentino militaba por la caída del proyecto ALCA, desairando a los líderes que habían trabajado en esa tarea.

El origen del proyecto hemisférico

El ALCA no había nacido en Mar del Plata. Había comenzado una década antes.

En 1994, el presidente de Estados Unidos Bill Clinton convocó a los líderes del continente a la Cumbre de Miami. El objetivo era crear una zona de libre comercio que integrara a todas las economías del hemisferio. La iniciativa continuaba una estrategia iniciada tras el final de la Guerra Fría por George H. W. Bush, que veía en la integración económica una forma de consolidar la estabilidad política del continente.

La lógica era clara. Europa había construido su mercado único; América del Norte había creado el NAFTA, que integraba a Estados Unidos, Canadá y México; Asia comenzaba a desarrollar redes comerciales dinámicas. América Latina debía decidir si quería participar de ese nuevo sistema económico global.

Argentina y la diplomacia del comercio

Durante los años noventa, Argentina había sido uno de los países más activos en promover la integración económica hemisférica. El presidente Carlos Menem, junto con su canciller Guido Di Tella y su ministro de Economía Domingo Cavallo, impulsaban una política exterior orientada a insertar al país en el sistema económico internacional.

Argentina en esos tiempos participaba activamente en las negociaciones del ALCA y de los avances de la OMC, la Organización Mundial del Comercio. Buenos Aires se había convertido en un centro de diplomacia económica hemisférica. Y Menem había construido una relación de cooperación con los Presidentes George Bush y Bill Clinton y había sido recibido por el Congreso de Estados Unidos en una asamblea apabullante de aplausos y vítores por los avances que Argentina daba en su política interna e internacional.

En aquellos años, figuras influyentes del pensamiento estratégico mundial visitaban regularmente el país. Entre ellas estaba Henry Kissinger, uno de los diplomáticos más influyentes del siglo XX. Para Kissinger, la integración económica era una pieza fundamental de la estabilidad internacional. Las naciones prosperan, solía decir, cuando logran integrarse en redes económicas abiertas.

Argentina parecía haber entendido esa lógica. Pero el clima político regional en los 2000 estaba cambiando.

El ascenso del bolivarianismo

A comienzos de los años 2000 emergió en América Latina una nueva corriente política. Su figura central era Hugo Chávez, presidente de Venezuela. Chávez proponía una alternativa ideológica al modelo de integración basado en el libre comercio y estaba convirtiendo a su país en una sucursal de la revolución cubana. Su proyecto se llamaba socialismo del siglo XXI. Su plataforma regional sería el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), integrada por Cuba, Venezuela, Bolivia Nicaragua, Haití y, como miembro observadores, la República Islámica de Irán y otros pequeños países.

Financiado por los ingresos petroleros venezolanos, el proyecto bolivariano se apoyaba en una narrativa antiestadounidense y en un discurso crítico de la globalización económica.

Mar del Plata se convirtió en el escenario donde esas dos visiones del continente chocaron frontalmente.

Diez minutos que cambiaron una década

La cumbre de 2005 debía cerrar las negociaciones del ALCA. En cambio, terminó paralizándolas. Las diferencias entre los gobiernos del continente impidieron alcanzar un consenso final. El acuerdo quedó suspendido.

En términos diplomáticos, una década de trabajo había quedado en el aire.

El mundo que siguió avanzando

Mientras América del Sur debatía el ALCA, el resto del mundo seguía integrándose.

Chile firmó su tratado de libre comercio con Estados Unidos.

Perú y Colombia siguieron el mismo camino.

Europa consolidó su mercado único.

Asia multiplicó acuerdos comerciales, que hoy forman algunas de las redes productivas más dinámicas del planeta.

El mundo avanzaba hacia más comercio y más inversión.

América del Sur comenzaba a quedar al margen.

Los bonos venezolanos

La alianza política entre Argentina y Venezuela produjo nuevas formas de financiamiento.

Durante varios años, el gobierno de Hugo Chávez compró deuda argentina, cuando el país tenía acceso limitado a los mercados internacionales. Este mecanismo permitió al gobierno argentino evitar volver al Fondo Monetario Internacional por un irracional distanciamiento ideológico.

Pero tuvo un costo elevado.

Mientras los préstamos del FMI tenían tasas cercanas al 4 o 5 por ciento anual, los bonos vendidos a Venezuela llegaron a pagar tasas cercanas al 10 o incluso al 15 por ciento anual.

Argentina celebraba su independencia política del FMI mientras se financiaba a tasas “bolivarianas” mucho más caras.

SIDOR: “¡Exprópiese!”

Uno de los episodios más reveladores de la alianza política entre Caracas y Buenos Aires fue la nacionalización de SIDOR, la mayor siderúrgica de Venezuela.

La empresa estaba controlada por el grupo argentino Techint, que había invertido durante años capital y tecnología para modernizar la planta. Bajo esa administración privada, la producción había crecido hasta 4,3 millones de toneladas anuales hacia 2007.

Pero en 2008, Hugo Chávez anunció su nacionalización. El momento quedó grabado en la memoria política de la región. Chávez tomó la palabra y pronunció la frase que se convertiría en símbolo de su política económica:

“¡Exprópiese!”

La siderúrgica pasaba a manos del Estado venezolano.

La reacción desde Buenos Aires fue de falta de empatía hacia una gran empresa argentina. No hubo una confrontación diplomática fuerte ni una defensa pública contundente de una de las mayores inversiones industriales argentinas en el exterior. Para muchos observadores, lo que predominó fue un silencio que resultaba ensordecedor.

El tiempo terminó mostrando las consecuencias: tras la estatización, la producción se desplomó hasta niveles mínimos. Igual a lo que hicieron los bolivarianos con PDVSA, que antes de su gobierno era una de las más profesionales empresas petroleras del mundo y se sentaba en el Club de la OPEP como un actor relevante.

Lo que había sido uno de los polos industriales siderúrgicos más eficientes del continente, terminó convertido en un símbolo del colapso productivo del modelo bolivariano (Infobae, El derrumbe de Sidor, 2020).

La tragedia de SanCor

Otro episodio doloroso fue el caso de SanCor.

Durante décadas, la cooperativa había sido uno de los grandes símbolos del cooperativismo agroindustrial argentino. A mediados de los años 2000 enfrentaba dificultades financieras, pero había encontrado una salida. SanCor estaba negociando una alianza estratégica con Adecoagro, una de las empresas agroindustriales más importantes del mundo. El acuerdo implicaba inversión, modernización y gestión profesional.

Pero la operación fue bloqueada por el gobierno kirchnerista.

En su lugar, se impulsó un rescate financiero por parte de Venezuela basado en exportaciones de leche en polvo, una iniciativa encabezada por el propio Hugo Chávez.

Con el colapso de la economía venezolana parte de estos pagos nunca se realizaron, agravando la ya escuálida situación económica de SanCor, en gran medida proveniente de los controles de precios que se aplicaban en estos tiempos de populismo. La deuda venezolana agravó la crisis estructural de la cooperativa (Infobae, Chávez dejó a SanCor a la deriva de sus acreedores, 2007).

SanCor comenzó entonces un largo proceso de deterioro productivo, venta de plantas, ventas de marcas, desaparición en las góndolas y un interminable conflicto gremial con líderes que parecen más chavistas que argentinos, pulverizando el valor de la empresa, un icono del mundo cooperativo y de la industria láctea nacional.

El colapso venezolano

Mientras tanto, el experimento bolivariano avanzaba en Venezuela.

El país con las mayores reservas de petróleo del planeta comenzó a experimentar una crisis económica devastadora: hiperinflación, colapso productivo, escasez generalizada. El resultado fue uno de los mayores éxodos de la historia contemporánea dividiendo las familias, muchos de cuyos miembros se marcharon dejando atrás sus trabajos, comercios, profesiones, las raíces.

Más de nueve millones de venezolanos abandonaron su país. El socialismo del Siglo XXI fue la cara más bochornosa, opaca y degradada de la política latinoamericana. Es incomprensible que Argentina haya sido furgón de cola de esos personajes.

El tren que pasó

La historia rara vez cambia en un solo día.

Pero hay días que revelan el rumbo de décadas

Mar del Plata fue uno de ellos.

Dentro del hotel Hermitage, diplomáticos intentaban cerrar más de diez años de negociaciones comerciales. Afuera, un estadio celebraba el rechazo a ese mismo proyecto.

El ruido político de aquella tarde terminó ahogando a la diplomacia silenciosa que había construido el acuerdo.

El mundo siguió avanzando hacia más integración económica.

América Latina, en cambio, se dividió entre quienes apostaron por el comercio y quienes abrazaron el populismo petrolero.

Dos décadas después, cuando millones de venezolanos han debido abandonar su país y Argentina intenta volver a integrarse al mundo, aquella escena adquiere un significado histórico distinto. Lo que muchos celebraron como una victoria política terminó siendo una derrota económica.

Porque aquel día en que Mar del Plata gritó contra el ALCA no solo se frustró un acuerdo comercial. También se dejó pasar uno de los trenes más importantes del desarrollo latinoamericano.

Y visto con la perspectiva que da el tiempo, aquella tarde simbolizó algo más profundo:

América Latina pasó de la diplomacia del comercio de Bill Clinton y George Bush al espectáculo político de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Argentina pasó de escuchar a Kissinger a celebrar al cineasta Kusturica.

El mundo siguió avanzando.

Y el costo de esa decisión todavía se paga.