El bar donde nació Gardel: la historia del rincón del Abasto que la ciudad borró
La historia del tango tiene rincones que, aunque ya no existan, siguen respirando en la memoria colectiva. Uno de ellos es el mítico Café O’Rondeman, el lugar donde comenzó a forjarse la leyenda del “Zorzal Criollo”.

Antes de ser un mito mundial, Carlos Gardel era un joven que buscaba un espacio donde su voz pudiera florecer. Ese lugar existió, tuvo nombre propio y hoy ya no está: el Café O’Rondeman, en Agüero y Humahuaca, frente al viejo Mercado del Abasto. Allí, Gardel dio sus primeros pasos como cantor y comenzó a construir la leyenda del “Zorzal Criollo”.
Los orígenes de una voz eterna
A comienzos del siglo XX, Buenos Aires era una ciudad en plena ebullición social y cultural. Entre los barrios populares que irradiaban vida propia se encontraba el Abasto, territorio de inmigrantes, mercados y fondas donde la música criolla sonaba como banda sonora natural.
Fue en ese ecosistema donde un joven Gardel, aún lejos de la fama internacional, comenzó a animar ruedas de comités políticos y fondas del barrio, alentado por el reconocido payador José Betinotti. En esos años iniciales, el cantante empezó a frecuentar la fonda de la familia Traverso: el Café O’Rondeman, situado en la esquina de Agüero y Humahuaca, frente al antiguo Mercado del Abasto. Allí, protegido y alentado por los dueños del local, Gardel comenzó a cantar de manera semiprofesional.
Diversas crónicas coinciden en que O’Rondeman fue el primer escenario estable donde Gardel mostró su talento, incluso antes de formar el dúo Gardel-Razzano y antes de ser convocado por grandes teatros. Aquella pequeña fonda de barrio —de mesas redondas de mármol y un ambiente cargado de voces, humo y música— funcionó como su verdadera escuela artística.
El lugar donde nació un mito
El Café O’Rondeman no era solo un bar: era un punto neurálgico del Abasto y un refugio de sociabilidad popular. En su salón, Gardel dio sus primeros pasos firmes en la música, generando una relación casi familiar con la familia Traverso, que lo apoyó desde sus inicios.
Con el tiempo, ese vínculo sería recordado como el origen de una carrera que llevaría al tango a los principales escenarios del mundo. Allí también se gestó la identidad de Gardel como “El Morocho del Abasto”, un apodo que lo acompañaría para siempre.

¿Qué pasó con O’Rondeman? El final de un ícono porteño
Aunque fue declarado en distintos momentos como parte del patrimonio histórico del área del Abasto, la protección del inmueble fue revocada en 2005. Poco tiempo después, el histórico edificio fue demolido, pese al valor cultural que representaba. En 2007 ya no quedaba nada del café donde debutó Gardel, y en 2009 se construyó en su lugar un edificio de viviendas.
La demolición de O’Rondeman movilizó a vecinos, historiadores y defensores del patrimonio, quienes vieron en su pérdida un símbolo más del avance inmobiliario sobre la memoria urbana. Con su desaparición, Buenos Aires se quedó sin uno de los templos fundacionales de su identidad tanguera.

Un recuerdo que resiste
Hoy, aunque ya no exista la fachada ni el salón que escuchó la primera voz de Gardel, el espíritu de O’Rondeman sigue vivo en relatos, fotografías y en la convicción de que algunos lugares, aun demolidos, nunca desaparecen del todo.
Carlos Gardel, cuyo canto trascendió fronteras, también dejó su marca en ese pequeño bar del Abasto que lo vio nacer como artista. Y mientras su voz siga siendo parte esencial de la cultura rioplatense, también lo hará la memoria de aquel primer escenario donde comenzó la historia del ícono máximo del tango.


















