La ciudad testigo de un trágico amor
La ciudad testigo de un trágico amor Foto: Foto generada con IA

En el mapa del litoral argentino, Goya suele asociarse con la Fiesta Nacional del Surubí, con sus tradiciones ribereñas y con la identidad cálida de su gente. Pero esta ciudad correntina guarda un capítulo profundamente humano y poco difundido de la historia nacional: fue, durante meses, el escondite elegido por una de las parejas más emblemáticas —y trágicas— del siglo XIX argentino. Allí intentaron rehacer su vida Camila O’Gorman y Ladislao Gutiérrez, dos jóvenes enamorados que desafiaron las normas sociales y religiosas del férreo período rosista.

Plaza principal de Goya Foto: prensa goya

Un amor prohibido

La historia de ambos comenzó en Buenos Aires, donde Camila, integrante de una familia aristocrática, asistía con frecuencia a eventos organizados por el propio Juan Manuel de Rosas y mantenía amistad con su hija, Manuelita. Fue en una de esas rutinas sociales y religiosas donde conoció a Ladislao Gutiérrez, un sacerdote tucumano de familia respetada que había sido designado párroco y que visitaba asiduamente la casa de los O’Gorman. El vínculo creció en secreto hasta transformarse en un amor prohibido, imposible de sostener a la luz pública.

La presión social y eclesiástica se volvió asfixiante. El romance clandestino derivó en una decisión radical: la madrugada del 12 de diciembre de 1847, ambos huyeron de Buenos Aires con la esperanza de llegar a Río de Janeiro, donde podrían vivir sin persecuciones. Pero el dinero no alcanzó y el viaje debió interrumpirse antes de cruzar la frontera. Esa escala imprevista los condujo a Corrientes y, luego, al pequeño pueblo de Goya, que por entonces era un sitio discreto, perfecto para desaparecer.

Camila Ogorman y Ladislao Gutiérrez. Foto: Arcón de Buenos Aires.
Camila Ogorman y Ladislao Gutiérrez. Foto: Arcón de Buenos Aires.

Una nueva vida en Goya

Fue allí donde construyeron una nueva identidad. Camila pasó a llamarse Valentina Desean y Ladislao adoptó el nombre de Máximo Brandier, presentándose como un matrimonio proveniente de Salta. La comunidad goyana los recibió con hospitalidad, sin sospechar que aquellos forasteros eran los fugitivos más buscados del país.

Lejos de esconderse por completo, la pareja se integró plenamente: fundaron la primera escuela del pueblo en su propia casa, enseñando a decenas de niños y ganándose el respeto y cariño de los vecinos. Aquellos meses representaron, probablemente, el período más pleno de su relación. En Goya no eran la hija de una familia de alcurnia ni un sacerdote quebrantando votos: eran simplemente Valentina y Máximo, un matrimonio joven construyendo comunidad.

La casa donde se refugió la pareja, hoy no queda nada Foto: Archivo

Trágico final para Camila y Ladislao

Sin embargo, el eco del escándalo resonaba a cientos de kilómetros. En Buenos Aires, la fuga había desatado una crisis moral y política. Rosas ordenó su búsqueda y la ciudad se llenó de carteles con sus descripciones. La presión se extendió por varias provincias. Finalmente, en junio de 1848, la pareja fue denunciada y detenida.

El desenlace fue tan veloz como implacable: el 18 de agosto de 1848, Camila —embarazada— y Ladislao fueron fusilados por orden directa de Rosas, en uno de los episodios más conmocionantes del período.

Hoy, Goya conserva silenciosamente ese fragmento de historia. Sus calles y su gente recuerdan que, en medio de un país convulsionado, esta ciudad fue el refugio donde dos jóvenes enamorados encontraron, por un breve instante, la vida que les estaba prohibida.