Peralta Ramos y la fundación de Mar del Plata
Peralta Ramos y la fundación de Mar del Plata Foto: Archivo

Mar del Plata es hoy una postal viva del Atlántico sur: playas, modernidad, movimiento constante. Pero detrás de su origen late una historia profundamente humana, marcada por el amor, la pérdida y el duelo. En el centro de ese relato está Patricio Peralta Ramos, el comerciante y estanciero porteño que fundó la ciudad en 1874. Lo que pocas veces se cuenta es que la piedra fundamental de ese sueño nació del episodio más devastador de su vida: la muerte de su esposa, Cecilia Robles, en el parto de su decimoquinto hijo.

Un amor marcado por la tragedia

Patricio Peralta Ramos había nacido en Buenos Aires en 1814, en el seno de una familia con tradición militar y católica. En 1840 se casó con María Cecilia Robles Olavarrieta, con quien tendría una numerosa familia. Pero la felicidad quedó trunca el 12 de febrero de 1861, cuando Cecilia falleció desangrada tras dar a luz a su hijo número 15, a los 37 años. La muerte repentina y brutal marcó profundamente a Peralta Ramos, que quedó viudo trece años antes de fundar Mar del Plata.

Patricio Peralta Ramos
Patricio Peralta Ramos

Los testimonios de época y los relatos reconstruidos por historiadores locales coinciden en que el golpe emocional fue devastador. Cecilia no solo era su compañera de vida; era, en palabras de documentos familiares, “la luz de la casa”.

Loma Santa Cecilia: un templo para superar el duelo

Ese dolor inconmensurable se transformó en obra. Cuando Peralta Ramos inició el proyecto de poblar la costa del actual territorio marplatense, decidió rendirle un homenaje eterno a su esposa: mandó construir una capilla en su honor y le dio el nombre de la santa romana que ella veneraba: Santa Cecilia.

La obra se levantó en una pequeña elevación natural, una loma que con el tiempo pasó a ser el primer hito urbano de Mar del Plata. Allí se colocó la piedra fundamental alrededor de 1873, en el espacio comprendido hoy por la calle Córdoba entre 3 de Febrero y 9 de Julio. El proyecto estuvo a cargo del constructor Francisco Beltrami.

Cecilia Robles Olavarrieta Foto: Archivo

Algo decisivo ocurrió luego: el joven agrimensor Carlos de Chapeaurouge utilizó la fachada de esa capilla como punto cero para trazar la futura ciudad. Desde allí midió, alineó y definió las primeras manzanas, principal motivo por el cual la Loma Santa Cecilia es considerada el sitio fundacional urbano de Mar del Plata.

El templo que definió una ciudad

Hasta ese momento, el territorio era apenas un saladero, algunas viviendas precarias y extensiones rurales. Pero la capilla —la única construcción sólida de piedra y cal en kilómetros a la redonda— se convirtió en referencia. Todo se medía desde allí: calles como Mitre, San Luis, Yrigoyen e Independencia nacieron tomando ese punto como guía.

Esa decisión marcaría para siempre el crecimiento urbano: la ciudad literalmente creció alrededor del amor perdido de Peralta Ramos.

Loma de Santa Cecilia en sus comienzos Foto: Archivo

Un fundador complejo, entre sombras y luces

Si bien el imaginario popular construyó una figura romántica del fundador dolido que levantó una ciudad para honrar a su esposa, la historia revela un personaje más amplio y complejo.

Peralta Ramos prosperó como comerciante durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, proveyendo indumentaria para las tropas y participando de la Sociedad Popular Restauradora.

Además, mantuvo conflictos judiciales prolongados con descendientes de su socio Benigno Barbosa por la posesión de extensas tierras, un pleito que se extendió por décadas.

Entre luces y sombras, duelo y visión empresarial, construyó la base de lo que sería uno de los centros turísticos más importantes del país.

La capilla Santa Cecilia hoy Foto: Archivo

De tragedia personal a legado colectivo

En 1896, casi una década después de su muerte, el Arzobispado reconoció oficialmente a Santa Cecilia como patrona de Mar del Plata, consolidando definitivamente el vínculo entre la ciudad y la historia íntima de su fundador.

La loma, el templo y el trazado urbano no solo fueron una forma de mantener vivo un recuerdo amado; también se convirtieron en el corazón simbólico de la ciudad. Allí donde hoy suenan campanas, caminan turistas y se eleva la postal costera, late todavía la memoria de una tragedia que transformó el dolor en futuro.