Primera jubilación de privilegio: el político que la rechazó por considerar “inmoral” cobrarle al pueblo
La historia de Elpidio González sorprende incluso hoy: exvicepresidente, ministro y figura clave del radicalismo, terminó viviendo en la pobreza tras rechazar la primera jubilación de privilegio de la Argentina por considerarla “inmoral”. Su decisión, única en la política nacional, dejó una lección de ética que aún resuena.

Cuando en la Argentina se discuten los privilegios de la clase política, vuelve a la memoria una figura que encarna el extremo opuesto: Elpidio González, vicepresidente de Marcelo T. de Alvear entre 1922 y 1928, un dirigente radical cuya austeridad se convirtió en un legado ético. Su historia no solo sorprende: interpela.
González nació en Rosario en 1875 y dedicó toda su vida a la función pública, participando desde joven en la Unión Cívica Radical, incluso en la revolución de 1905. A lo largo de su carrera fue ministro, legislador, jefe de Policía y vicepresidente. Aun así, murió pobre, casi olvidado y fiel a una convicción férrea: “A la patria no se le cobra”.

El vicepresidente que no quiso sueldo
Durante su vicepresidencia, González tomó una decisión que ya en su tiempo generó perplejidad: renunció a percibir su sueldo, argumentando que haber sido elegido por el pueblo era un honor y que, si realizaba bien su tarea, sería el prestigio —y no el dinero— lo que le daría valor a su trayectoria.
Esta postura extrema no fue una pose. Con el paso de los años, su situación económica se tornó crítica. Tras el golpe de 1930, fue encarcelado en la isla Martín García y salió sin patrimonio: le habían rematado su casa y vivía en una pensión humilde en la Avenida de Mayo, donde se ganaba la vida vendiendo anilinas, betunes y cordones para la empresa de un amigo.
La primera jubilación de privilegio… creada para él
En 1938, durante la presidencia de Roberto M. Ortiz, el Congreso aprobó una ley que otorgaba una asignación vitalicia a expresidentes y exvicepresidentes, en lo que técnicamente fue la primera “jubilación de privilegio” del país. El primer beneficiario sería justamente él: Elpidio González.
Le correspondían 2.000 pesos mensuales, una cifra enorme para la época y que habría transformado por completo su realidad. Pero González tomó una decisión tan inesperada como contundente: la rechazó.

En una carta oficial enviada el 6 de octubre de 1938, dejó asentado que aceptar ese dinero sería contrario a sus valores, porque él no había servido a la Nación para recibir recompensas materiales. Expresó que prefería continuar trabajando para sostenerse y que no buscaba —ni deseaba— la ayuda del Estado.
La jubilación vitalicia continuó existiendo, y muchos otros la cobraron. Todos menos él.

Un final humilde, una lección enorme
González murió el 18 de octubre de 1951, en la misma pobreza austera que había abrazado por convicción. Fue despedido por unos pocos familiares y amigos, y enterrado junto a los caídos de la Revolución del ’90.
Su figura vuelve cada cierto tiempo cuando se discute el rol y la ética de la dirigencia. La historia demuestra que existió, en la política argentina, un hombre que llevó hasta las últimas consecuencias la idea de que servir al pueblo era un honor y no una fuente de privilegios.
Hoy, cuando la sociedad vuelve a reclamar transparencia y ejemplaridad, su gesto —radical, incómodo, luminoso— resuena más fuerte que nunca.


















