El primer ídolo argentino
El primer ídolo argentino Foto: Foto generada con IA

Antes de que Carlos Gardel conquistara todos los corazones, hubo otro nombre que desató admiración, multitudes y homenajes masivos en la Argentina: Jorge Newbery, el hombre que llevó al país a mirar el cielo cuando aún casi nadie soñaba con volar. Ingeniero, deportista, científico, aventurero y pionero absoluto de la aviación rioplatense, su figura trascendió tanto que, por un tiempo, fue el auténtico primer ídolo popular argentino.

Nacido en Buenos Aires en 1875, Newbery parecía destinado a una vida extraordinaria desde temprano. Su inquietud por la ciencia lo llevó a estudiar en los Estados Unidos, donde tuvo un privilegio pocas veces mencionado: fue alumno de Thomas Alva Edison, el mismísimo genio detrás de la bombilla eléctrica y tantas otras invenciones que transformaron el mundo. Aquella experiencia moldeó su obsesión por la tecnología y los desafíos, que años más tarde lo conducirían a conquistar el aire.

 Jorge Newbery en compañía de Aaron Anchorena en la barquilla del globo
Jorge Newbery en compañía de Aaron Anchorena en la barquilla del globo

El furor por Newbery

Pero su historia no se limita a la ciencia. Newbery brilló en casi todos los deportes que tocó: natación, esgrima, boxeo, automovilismo y hasta globonáutica, disciplina en la que llegó a batir récords internacionales. Sin embargo, sería la aviación, por entonces una novedad audaz y peligrosa, lo que lo convertiría en leyenda.

Hacia 1910, cuando el país festejaba el Centenario, Newbery ya era una figura pública indiscutible. Cada uno de sus vuelos era un acontecimiento. Las multitudes se reunían para verlo despegar y aplaudían cada aterrizaje como si se tratara de una hazaña épica. Su imagen quedó unida a una Argentina que empezaba a modernizarse y a ilusionarse con un futuro tecnológico.

Pero aquel amor por el aire también selló su destino.

Jorge Newbery, piloto. Foto: Archivo General de la Nación.
Jorge Newbery, piloto. Foto: Archivo General de la Nación.

Una pérdida irreparable

El 1 de marzo de 1914, en Mendoza, Newbery intentó un vuelo de práctica a bordo de su avión Morane-Saulnier. Planeaba prepararse para cruzar la Cordillera de los Andes, una gesta inédita que lo obsesionaba. Sin embargo, una maniobra brusca a baja altura terminó en tragedia: el avión se precipitó al suelo y Newbery murió casi en el acto. Tenía apenas 38 años.

La noticia golpeó a todo el país. Lo que siguió fue un velorio conmovedor e inmenso, digno de una estrella moderna. Miles de personas hicieron cola para despedirlo. Sus restos fueron velados en la sede del Aero Club Argentino, donde amigos, pilotos, militares y ciudadanos anónimos lloraron a un hombre que había convertido lo imposible en rutina. En Buenos Aires, los comercios cerraron sus puertas y los diarios dedicaron sus tapas completas a su figura.

Velorio de Newbery. Foto: Archivo General de la Pasión.
Velorio de Newbery. Foto: Archivo General de la Pasión.

Su funeral fue un acontecimiento nacional: un mar de gente acompañó el cortejo fúnebre hasta la Recoleta, donde fue enterrado entre aplausos, lágrimas y honores militares. Por un momento, el país entero pareció detenerse.

Hoy, más de un siglo después, su nombre sobrevive en calles, escuelas, aeropuertos y clubes. Y aunque el tiempo haya coronado a otros ídolos, Jorge Newbery sigue siendo el pionero que abrió el cielo argentino, el hombre que vivió —y murió— haciendo lo que más amaba.