No es el “del Fin del Mundo”: la historia del faro emblema de Tierra del Fuego que desafió al Atlántico Sur
Ubicado en los confines del mapa, consiste en una torre ligeramente troncocónica de ladrillo, de 11 metros de altura y 3 metros de diámetro, pintada en tres franjas. Cómo nació este emblema nacional.

En uno de los rincones más remotos del mapa argentino, donde el viento marca el pulso y el paisaje parece detenido en otra época, una pequeña torre desafía al tiempo. Allí, entre el silencio y la inmensidad, se levanta el Faro del Fin del Mundo, una construcción sencilla que terminó convirtiéndose en un símbolo de la historia marítima del país.
Situado en el Canal Beagle es una de las atracciones turísticas más visitadas en Ushuaia. El faro nació para resolver un problema urgente: evitar los constantes naufragios en una de las zonas más peligrosas del Atlántico Sur, donde las corrientes, los vientos cruzados y las costas rocosas convertían cada travesía en un desafío.

Lo que comenzó como una necesidad técnica pronto se transformó en mito. Aislado y resistente, el faro sumó relatos de marinos, referencias literarias y una mística que lo volvió un destino buscado, a pesar de que llegar hasta él sigue siendo complicado.
La historia del mal llamado “Faro del Fin del Mundo”
Llamado oficialmente Les Eclaireurs, es la postal más famosa del Canal Beagle y Tierra del Fuego. De pie frente a los vientos australes, se lo conoce erróneamente como “el faro del fin del mundo”, aunque el verdadero faro que inspiró la novela de Julio Verne está en la Isla de los Estados.
La historia de Les Eclaireurs comenzó en abril de 1918, cuando el buque ARA Vicente Fidel López inició un relevamiento para definir dónde instalar una señal luminosa clave para Ushuaia, que dependía por completo de los barcos que llegaban con provisiones. La Marina determinó que el lugar ideal era un grupo de islotes bautizados “Les Eclaireurs” —los exploradores— y allí, el 19 de diciembre de 1918, comenzaron las obras.

La torre quedó lista el 30 de enero de 1919: 11 metros de piedra, pintada en franjas rojas y blancas, con una luz ubicada a 22,5 metros sobre el nivel del mar. Sin embargo, el clima extremo y la falta de materiales retrasaron su puesta en funcionamiento hasta el 23 de diciembre de 1920.
Desde entonces, el faro operó de forma ininterrumpida durante décadas. Hoy funciona de manera remota y su luz se alimenta con paneles solares. Su popularidad es tal que muchos lo confunden con el mítico faro de Verne, aunque cada uno tiene su propia historia y su propio territorio.
A 100 años de su inauguración, Les Eclaireurs simboliza más que nunca la luz que guía a los navegantes, y a los visitantes, entre las olas y las tormentas.
Monumento Nacional
Su aislamiento, el clima feroz y el deterioro natural obligaron a una restauración cuidadosa y a su declaración como Monumento Nacional. No cumple funciones de señalización activa, pero mantiene un enorme valor patrimonial.

Llegar hasta él requiere permisos, buen clima y una logística compleja, y quizá sea esa dificultad lo que le da buena parte de su magnetismo.
En el extremo del país, donde el viento nunca se detiene, el Faro del Fin del Mundo continúa en pie. Es más que una estructura: es un testigo de naufragios, esfuerzos humanos y siglos de navegación. Un símbolo que recuerda lo que significa resistir en el borde del mundo.

















