El lugar donde empezó Buenos Aires: el parque porteño más antiguo esconde una historia trágica y de fantasmas
Algunos historiadores creen que en este lugar se realizó la primera fundación de la ciudad. Dentro de él se encuentra uno de los museos más importantes, en una zona que guarda algunos de los secretos más tenebrosos de la capital porteña.

El Parque Lezama es uno de los tradicionales paseos de la Ciudad de Buenos Aires. Delimitado por las calles Defensa y Brasil y las avenidas Martín García y Paseo Colón, se ubica en el barrio de San Telmo, aunque limita con La Boca y Barracas.
Se trata del parque más antiguo de la ciudad. Entre leyendas oscuras y el inexorable paso del tiempo, conserva algunos de los episodios más significativos de la historia nacional. Así fue como se convirtió en un emblema del barrio y de la capital argentina.

Parque Lezama
Algunos historiadores sostienen que el parque se sitúa en el lugar —entonces llamado Puntas de Buenos Aires— donde Pedro de Mendoza realizó la primera fundación de la ciudad en 1536. Este primer asentamiento sería abandonado al año siguiente, tras el asedio de los pueblos originarios.
Años después, los terrenos fueron repartidos por Juan de Garay en 1580 a Alonso de Vera, quedando fuera del trazado urbano y permaneciendo deshabitados hasta 1739, cuando fueron comprados por María Bazurco, quien luego los loteó.

A finales del siglo XVIII, parte del actual parque fue utilizado por la Compañía de las Filipinas, dedicada al tráfico de personas esclavizadas. En 1802, el predio pasó a manos de Manuel Gallego y Valcárcel. Tras su muerte, en 1808, fue adquirido en un remate público por Daniel Mackinlay, en 1812, quien inició la forestación del sitio.
En esa época, el lugar se conocía como La Residencia y fue escenario de duelos, como el ocurrido entre Juan Mackenna y Luis Carrera en 1814. Más tarde, la propiedad fue vendida por los herederos de Mackinlay al inglés Charles Ridgley Horne, en 1846.
Se decidió ampliar el predio y construir una mansión sobre la actual calle Defensa. Sin embargo, tras la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, su propietario debió exiliarse en Montevideo. Como dato curioso, al ser propiedad de británicos, flameó allí la bandera inglesa, motivo por el cual la casona fue apodada “La Quinta de los Ingleses”, mencionada en El Matadero de Esteban Echeverría.
En 1857, el predio fue adquirido por el terrateniente salteño José Gregorio de Lezama, quien anexó terrenos hasta la actual calle Brasil, remodeló la mansión y transformó el espacio en un parque privado diseñado por el paisajista belga Charles Vereecke.
Tras su muerte en 1889, su viuda, Ángela de Álzaga, vendió el terreno en 1894 a la Municipalidad de Buenos Aires con la condición de que se convirtiera en un parque público que llevara el nombre de su esposo. En 1897, la lujosa mansión de Defensa se transformó en la sede del Museo Histórico Nacional.

De quinta a parque público
El diseño del nuevo parque público fue realizado en 1896 por el paisajista francés Charles Thays. La Municipalidad compró las casas ubicadas sobre Defensa y Brasil para ampliar el predio mediante su demolición.
Hacia 1900, el parque contaba con un tren con estación para niños, un teatro al aire libre construido en 1908, un lago con góndolas sobre Brasil, un kiosco, un lactario y tambo, una pérgola y un rosedal sobre Martín García, una pista de patinaje, un enorme palco-tribuna para celebraciones, un circo, un picadero y varios monumentos.
En 1914, el lago fue reemplazado por un anfiteatro a cielo abierto que primero tuvo tribunas de madera y luego instalaciones de cemento revestidas en adoquines.
En junio de 2013, la Comisión de Cultura del Congreso aprobó un proyecto para declarar al Parque Lezama como Monumento Histórico Nacional, quedando todos sus bienes —muebles e inmuebles— bajo custodia de la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos.

La leyenda del fantasma que ronda la zona
A la carga histórica del lugar se suma una leyenda tenebrosa. A pocas cuadras del parque se encuentra la Iglesia Santa Felicitas, construida por los padres de Felicitas Guerrero de Álzaga, considerada una de las mujeres más bellas y adineradas del siglo XIX, asesinada trágicamente por un acosador.
La historia popular cuenta que el fantasma de Felicitas se aparece en la iglesia dedicada en su memoria. Además, se dice que si alguna vez las rejas del templo se humedecen sin que llueva, se trata de las lágrimas de Felicitas, que aún llora por su destino trágico.


















