Cómo era el Barrio Chino antes de ser Barrio Chino: el pasado desconocido de Belgrano
Antes de los faroles rojos, los templos y los aromas orientales, la zona del actual Barrio Chino era un rincón residencial de Belgrano, con comercios tradicionales y un ritmo barrial que nada tenía que ver con el enclave asiático que hoy conocemos. Esta es la historia de cómo un sector común del norte porteño se transformó en uno de los polos culturales más vibrantes de Buenos Aires.

Antes de los faroles rojos, los aromas exóticos y el emblemático arco que hoy recibe a miles de visitantes cada fin de semana, la zona del actual Barrio Chino en Belgrano era un rincón tranquilo, casi inadvertido, dentro de un barrio residencial de clase media. Muy lejos del bullicio multicultural que define hoy al enclave asiático, este sector era un espacio cotidiano para los vecinos de Belgrano, donde la vida transcurría sin los colores, símbolos y sabores que actualmente lo caracterizan.
Según registros históricos, la zona que ocupa hoy el Barrio Chino era esencialmente residencial, con casas bajas, comercios de barrio y una identidad tradicional porteña. La única calle con actividad comercial destacada era Juramento, mucho antes de que Arribeños —hoy la arteria más simbólica— adquiriera su perfil característico.

Belgrano antes del Barrio Chino
Durante buena parte del siglo XX, las calles Arribeños, Mendoza y Montañeses convivían con las vías del Ferrocarril Mitre como un paisaje barrial común, donde las familias residentes se acercaban a la estación Belgrano C para ir a trabajar o hacer compras en otros sectores de la ciudad. No había templos budistas, ni supermercados asiáticos, ni restaurantes temáticos: solo almacenes tradicionales, casas particulares y algunos comercios pequeños que atendían la vida cotidiana de los habitantes locales.
El gran cambio comenzaría recién hacia las últimas décadas del siglo XX, cuando los primeros inmigrantes taiwaneses eligieron Belgrano para asentarse. Pero antes de esa llegada, el área no tenía ningún signo de identidad oriental. De hecho, no era un enclave cultural ni turístico, sino un sector más de un barrio porteño de estructura clásica, con calles arboladas, construcciones familiares y un ritmo apacible, muy distinto al movimiento constante que hoy define al Barrio Chino.

Este paisaje barrial previo a la transformación también estaba atravesado por una dinámica más local que metropolitana. La zona no recibía el flujo de visitantes que hoy llegan desde distintos puntos de la ciudad y del conurbano atraídos por productos importados, gastronomía étnica y festividades culturales. Incluso la calle Arribeños era, hasta fines de los 80, un corredor prácticamente inadvertido: sin peatonalización, sin arcos ornamentales y sin la explosión comercial que caracteriza la experiencia actual.
El auge del Barrio Chino
Recién con la llegada progresiva de comercios taiwaneses entre los años 80 y 90 comenzó la transformación, pero antes de eso Belgrano ofrecía un paisaje profundamente distinto. No existían templos, asociaciones culturales ni supermercados orientales: la identidad asiática simplemente no estaba presente. El barrio convivía con su estilo tradicional hasta que la inmigración fue tejiendo, de forma orgánica, un nuevo entramado social y comercial que cambiaría para siempre la imagen de la zona.

Hoy cuesta imaginar este sector sin su arco inaugurado en 2009, sin los faroles que iluminan las noches porteñas o sin la mezcla de idiomas y sabores que definen su atractivo contemporáneo. Pero antes de esa metamorfosis, el futuro Barrio Chino no era más que un típico rincón de Belgrano, lejos de convertirse en el fenómeno cultural y turístico que hoy enamora a miles.


















