Batalla de Salta
Batalla de Salta Foto: Foto generada con IA

El 20 de febrero de 1813, en una ciudad que todavía olía a pólvora tras los levantamientos del norte, se libró una de las victorias más resonantes del proceso independentista: la Batalla de Salta. Allí, Manuel Belgrano no solo recuperó el territorio perdido tras la derrota de Huaqui, sino que además hizo flamear por primera vez su bandera en un campo de batalla, marcando un hito simbólico que trascendería a la historia.

Belgrano había creado la bandera un año antes, en febrero de 1812, a orillas del Paraná. Buenos Aires, sin demasiado entusiasmo por las iniciativas autónomas del general, le había ordenado no usarla. Pero en Salta, Belgrano decidió que el símbolo que representaba la libertad en marcha debía ocupar su lugar natural: al frente de las tropas patriotas. La insignia celeste y blanca se convirtió así en un estandarte de cohesión para un ejército diezmado, cansado y en plena retirada desde el Alto Perú.

Batalla de Salta Foto: Wikipedia

Una batalla decisiva

La batalla se desarrolló en las afueras de la ciudad. Belgrano enfrentó a las fuerzas realistas comandadas por Pío Tristán, a quien conocía desde sus años de estudio en España. Esa relación previa había generado un vínculo de respeto que, sin embargo, no suavizó la contundencia del enfrentamiento. La victoria patriota fue total: el ejército realista quedó prácticamente desmantelado.

Pero lo que ocurrió después de la batalla fue tan recordado como el combate en sí. Creyendo que el gesto de humanidad sería un precedente en medio de una guerra feroz, Belgrano decidió perdonar la vida de los más de 2.000 prisioneros españoles. A cambio, exigió una promesa solemne: que no volverían a tomar las armas contra las Provincias Unidas. Tristán y sus oficiales juraron cumplirla.

El combate se libró el 20 de febrero de 1813 Foto: Archivo

La promesa incumplida española

Sin embargo, poco después, ya restablecidos y reabastecidos por la corona española, aquellos hombres volvieron al combate en las campañas del Alto Perú. La promesa quedó incumplida y el gesto magnánimo de Belgrano —hoy considerado un ejemplo ético en plena guerra— fue usado por algunos sectores porteños para cuestionar su liderazgo.

Aun así, la victoria de Salta tuvo consecuencias decisivas. Consolidó el control patriota en el noroeste, elevó la moral revolucionaria y dio a la Asamblea del Año XIII el impulso necesario para reconocer oficialmente la bandera, aunque todavía sin declararla símbolo nacional. Ese reconocimiento definitivo recién llegaría en 1816, en Tucumán.

Más de dos siglos después, la Batalla de Salta sigue viva en la memoria colectiva no solo por su impacto militar, sino por su carga simbólica: el nacimiento público de la bandera argentina y el gesto humanitario de un líder que, aun en tiempos de guerra, creyó que la palabra empeñada tenía valor. La historia demostraría que no siempre fue así, pero su convicción perduró. Como la bandera que aquel día, sobre los cerros salteños, empezó a representar definitivamente a un país en construcción.