Lápidas de 200 años, pero sin cuerpos: la curiosa historia del Cementerio Británico en Buenos Aires
Durante más de dos siglos, la comunidad británica en Buenos Aires mudó sus cementerios de un punto a otro de la ciudad, dejando atrás lápidas, restos y hasta cuerpos olvidados bajo plazas. Hoy, en Chacarita, el Cementerio Británico conserva monumentos de hasta 200 años cuya historia revela un entramado de traslados, epidemias y tumbas simbólicas.

En el barrio de Chacarita, dentro de la misma manzana donde funciona el Cementerio de la Chacarita, existe un rincón que muy pocos conocen en profundidad: el Cementerio Británico, ubicado sobre Avenida Elcano. Allí descansan —o mejor dicho, se recuerdan— más de 200 años de historia a través de lápidas que en muchos casos sobrevivieron a sucesivos traslados… aunque sus cuerpos no.
A primera vista es un jardín silencioso, prolijo, verde. Pero detrás de esa calma se esconde una trama de mudanzas, epidemias, olvidos y tumbas que ya no cubren ningún resto humano.
Tres cementerios, un mismo legado
El Cementerio Británico nació en 1820-1821, cuando los protestantes y otros “disidentes” —como se llamaba legalmente a quienes no eran católicos— reclamaron un espacio propio para enterramientos, ya que los cementerios consagrados les estaban prohibidos. Su primera sede estuvo en Juncal y Suipacha, junto a la Iglesia del Socorro.

Pero el lugar quedó chico en pocos años. En 1833, el cementerio fue trasladado a un nuevo predio: el Cementerio Victoria, un terreno de una manzana delimitado por las actuales Hipólito Yrigoyen, Alsina, Pasco y Pichincha, donde hoy se encuentra la Plaza 1º de Mayo.
Ese segundo cementerio funcionó hasta 1892. Con el crecimiento urbano y las quejas vecinales, se decidió su clausura y, décadas después, la mayoría de monumentos y restos fueron trasladados al predio actual en Chacarita. No todos llegaron: muchos cuerpos quedaron bajo tierra y continúan allí, incluyendo el de Elizabeth Chitty, esposa del Almirante Guillermo Brown, cuyos restos nunca fueron removidos de Plaza 1º de Mayo.

El cementerio que terminó convertido en una plaza… pero no del todo
Hoy, quien pasea por la Plaza 1º de Mayo difícilmente imagina que bajo ese espacio verde descansan miles de personas pertenecientes a la comunidad británica, alemana y norteamericana del siglo XIX. El sitio operó como camposanto durante casi 60 años y fue clave durante las epidemias que azotaron a Buenos Aires, incluida la fiebre amarilla de 1871.
La mayoría de los restos nunca fueron identificados o reclamados. Por eso, la plaza es hoy uno de los pocos espacios públicos porteños donde aún hay cuerpos sepultados bajo el suelo urbano, entre ellos el de la mencionada Elizabeth Chitty, figura central en la historia del cementerio y de la comunidad irlandesa-argentina.

La “pared histórica”: lápidas sin cuerpos
Cuando finalmente se inauguró el Cementerio Británico en su emplazamiento actual de Chacarita —hoy con entrada sobre Av. Elcano— muchos de los monumentos del Cementerio Victoria fueron instalados a lo largo de un muro perimetral, conocido como la “pared histórica”. Allí se alinearon más de 700 monumentos funerarios transferidos entre 1894 y 1927, una suerte de memorial pétreo de vidas que transitaron por distintos puntos de la ciudad antes de llegar a ese muro definitivo.
Pero en la mayoría de los casos, los cuerpos ya no acompañan las lápidas. Algunas sepulturas fueron vaciadas sin registro; otras se perdieron durante el colapso sanitario de las epidemias; varias nunca pudieron identificarse. La pared, así, funciona como un archivo de piedra, un mosaico de memorias dispersas.

Entre el olvido y la preservación
Hoy, el Cementerio Británico no solo es un espacio de memoria, sino también un sitio patrimonial único, donde conviven estilos victorianos, cruces celtas, epitafios en inglés antiguo y una comunidad que se propuso conservar cada fragmento disponible de su historia.
Aunque muchas lápidas no cubran ningún cuerpo, siguen cumpliendo su función original: recordar vidas, viajes, tragedias y amores que ayudaron a construir la identidad de la Buenos Aires cosmopolita del siglo XIX.


















