El pasaje porteño con forma de cruz que esconde una plaza secreta y la historia olvidada de Parque Chacabuco
En el corazón de Parque Chacabuco existe un rincón porteño que pocos conocen: el Pasaje Butteler, un trazado único con forma de cruz que desemboca en una plaza secreta y conserva intacta su esencia desde 1910. Un tesoro urbano que mezcla arquitectura histórica, raíces obreras y memorias de tango.

En Buenos Aires, una ciudad que parece haber sido contada y recorrida mil veces, todavía existen rincones capaces de sorprender hasta al porteño más curioso. Uno de ellos es el Pasaje Butteler, un pequeño laberinto urbano que desafía la cuadrícula tradicional con una estructura tan llamativa como inolvidable: una forma de cruz que desemboca en una plaza escondida, preservada casi intacta desde principios del siglo XX.
Este rincón pintoresco, ubicado en pleno Parque Chacabuco, se ha transformado en uno de los secretos mejor guardados de la ciudad. Aunque muchos lo descubren por casualidad, quienes lo visitan por primera vez sienten que acaban de entrar en una Buenos Aires detenida en el tiempo.

Un diseño urbano único: la cruz perfecta del Pasaje Butteler
El Pasaje Butteler fue construido en 1910, en un momento en que Buenos Aires experimentaba un fuerte crecimiento poblacional y urbano. Lo que lo distingue del resto de los pasajes porteños es su diseño: cuatro diagonales que convergen en una pequeña plaza central, formando una cruz perfectamente simétrica.
Rodeado por las avenidas Cobo y La Plata y las calles Zelarrayán y Senillosa, este trazado singular se volvió un atractivo turístico espontáneo, aunque no masivo. La ciudad no tiene otro espacio igual: es el único pasaje con esta geometría.
Con su calzada de apenas 3 metros y veredas angostas, las calles del pasaje obligan a que los autos estacionen con dos ruedas sobre la acera. Ese detalle, lejos de deslucirlo, potencia su atmósfera barrial y su estética centenaria.

Un legado social nacido de la generosidad de Azucena Butteler
La historia del lugar se remonta a 1907, cuando Azucena Butteler, propietaria de la gran quinta que ocupaba esa manzana, decidió donar el terreno a la ciudad con una condición muy clara: debía destinarse a viviendas dignas para obreros de bajos recursos.
El proyecto avanzó rápidamente y en 1910 se levantaron entre 64 y 67 casas idénticas, construidas para ser el primer barrio obrero de la zona. Todas compartían un diseño sencillo y funcional: dos ambientes, un patio interior y fachadas de tono crema.
Este gesto de la donante no solo transformó un terreno en un barrio, sino que cimentó la identidad comunitaria que aún persiste. Con el tiempo, el pasaje fue preservado con dedicación: tanto vecinos como autoridades colaboraron para conservarlo fiel a su espíritu original.
Una plaza escondida con ecos de tango, cine y mística barrial
El punto central del pasaje es su pequeña plaza, renombrada Plazoleta Enrique Santos Discépolo en 1972. Allí, según cuentan los lugareños, se reunían en la década del ’30 Discépolo y Carlos Gardel, dos figuras inmortales del tango.
Su encanto no pasó inadvertido para la industria audiovisual: el pasaje fue escenario de películas como “Culpable” (1959) y “Valentín” (2002), además de innumerables publicidades y videoclips.
Otro capítulo esencial de su historia cultural está ligado al club San Lorenzo de Almagro. La hinchada azulgrana usaba esta plaza como punto de encuentro, a pocas cuadras del viejo Gasómetro, y terminó adoptando el nombre que hoy la identifica: La Gloriosa Butteler.

Un patrimonio protegido que no puede modificarse
A lo largo de más de cien años, el Pasaje Butteler se mantuvo casi inalterado. Esta conservación ejemplar se debe, en gran parte, a que fue declarado Área de Protección Histórica por el Gobierno de la Ciudad, garantizando que ninguna construcción pueda demolerse o modificarse en su apariencia original.
Gracias a esta normativa, el barrio sigue siendo un oasis del pasado en medio de una ciudad que cambia constantemente.
Un rincón que merece ser descubierto
El Pasaje Butteler no es solo un atractivo arquitectónico: es un pedazo vivo de la historia porteña. Es la prueba de que todavía existen lugares donde la memoria se mantiene intacta y donde la ciudad parece recuperar su escala humana. Quienes caminan por allí sienten que, aunque Buenos Aires avance, este refugio de Parque Chacabuco seguirá resistiendo el paso del tiempo.


















