Semana Santa en Buenos Aires
Semana Santa en Buenos Aires Foto: Foto generada con IA

En la Buenos Aires colonial, la Pascua no era una celebración más del calendario: era el momento del año en que la ciudad entera cambiaba de ritmo. Mucho antes de los feriados largos, del turismo o de los huevos de chocolate, la Semana Santa marcaba un quiebre profundo en la vida cotidiana de una aldea pequeña, atravesada por la religión, el control social y una fe que se manifestaba tanto en el silencio como en el cuerpo.

Buenos Aires, todavía lejos de ser una gran ciudad, se transformaba durante esos días. Así lo observaba el cronista Concolorcorvo en el siglo XVIII:

“En estas ciudades, los días santos se guardan con tal rigor que la población parece recogida como si el tiempo se hubiese detenido”.

El comienzo del recogimiento

Desde el Domingo de Ramos, el clima cambiaba de manera visible. Las campanas dejaban de sonar y eran reemplazadas por matracas de madera. Las calles de tierra, normalmente llenas de movimiento, se volvían más quietas. En los hogares se cubrían los espejos, se evitaban los colores vivos en la vestimenta y todo indicio de alegría quedaba suspendido.

El Viernes Santo era el punto más solemne. No se trabajaba, no se comerciaba y tampoco se cocinaba. El ayuno era obligatorio y el consumo de carne estaba prohibido. Reír en público o mostrarse despreocupado podía ser mal visto.

El templo a mediados del siglo XIX, por Charles Pellegrini.
El templo a mediados del siglo XIX, por Charles Pellegrini.

El sacerdote jesuita Pedro Lozano dejó constancia de esta austeridad al escribir:

“En el día del Señor muerto, ningún cristiano honesto osa entregarse a labores ni recreaciones, guardándose un silencio que mueve a la reflexión”.

Procesiones y penitencia: la fe puesta en el cuerpo

Las procesiones constituían el momento más impactante de la Semana Santa. Partían desde la Catedral hacia las calles apenas iluminadas por velas y faroles. Participaban clérigos, autoridades coloniales y vecinos comunes.

El viajero francés Acarette du Biscay, de paso por el Río de la Plata, describió una escena que sorprendía a los europeos:

“He visto hombres caminar descalzos, cubiertos, y otros azotarse la espalda como testimonio público de su penitencia”.

Estas prácticas, heredadas de la tradición española, formaban parte de una religiosidad intensa, donde el sufrimiento era entendido como un camino hacia la redención.

Pascua, vida doméstica y el rol de las mujeres

Durante esos días, el hogar se convertía en un espacio central de devoción. Las mujeres eran las encargadas de organizar los rezos familiares y garantizar el cumplimiento del ayuno. La comida era simple: legumbres, pan, tortillas sin grasa y, con suerte, pescado, un alimento caro y escaso en Buenos Aires.

El Domingo de Pascua, en cambio, marcaba una ruptura. Volvía la carne a la mesa y se preparaban dulces especiales con miel o azúcar importada, reservados solo para esa ocasión.

La mirada íntima de Mariquita Sánchez

Ese clima de recogimiento también quedó reflejado en los testimonios de quienes vivieron la ciudad desde adentro. Mariquita Sánchez de Thompson, figura central de la sociedad porteña, evocó en sus escritos el peso que tenían estas fechas.

“Los días santos se guardaban con tal seriedad que la ciudad parecía otra; no era tiempo de risas ni de visitas, sino de recogimiento y oración”.

En otro pasaje, recordaba cómo incluso quienes solían mostrarse más despreocupados adoptaban un tono distinto durante la Semana Santa:

“En Semana Santa todo se ordenaba alrededor de la religión; aun los más descuidados parecían someterse al silencio general”.

Su testimonio permite entender hasta qué punto la Pascua funcionaba como una norma social compartida, más allá de las convicciones individuales.

Mariquita Sánchez de Thompson
Mariquita Sánchez de Thompson

Religión y control social

La Pascua también era una herramienta de orden. La Iglesia y el Cabildo vigilaban las conductas públicas, y romper el ayuno o faltar a misa podía acarrear sanciones. Las personas esclavizadas participaban de los rituales, aunque muchas veces combinaban la liturgia católica con creencias propias, que sobrevivían de manera silenciosa.

El historiador Gregorio Funes lo resumió con claridad:

“La religión era el freno y el orden de estas tierras, y sus fiestas ocasión de obediencia tanto como de devoción”.

Las calles porteñas se poblaban durante la Semana Santa
Las calles porteñas se poblaban durante la Semana Santa

El regreso de la vida

Con el Domingo de Resurrección, Buenos Aires volvía a respirar. Las campanas sonaban otra vez, los colores reaparecían y la ciudad recuperaba su movimiento habitual. La Pascua no solo celebraba la resurrección de Cristo, sino también el retorno a la vida cotidiana.

Aunque hoy la Pascua se viva de otra manera, muchas de sus tradiciones tienen raíces profundas en aquella Buenos Aires colonial, donde la fe organizaba el tiempo, los cuerpos y hasta el silencio. Comprender ese pasado es, también, una forma de entender quiénes somos.