Rosas en su segunda gobernación
Rosas en su segunda gobernación Foto: Foto generada con IA Canal 26

El 13 de abril de 1835, Juan Manuel de Rosas regresó al poder en Buenos Aires. Lo que comenzó como una celebración popular terminó convirtiéndose en uno de los períodos más intensos, polémicos y discutidos de la historia argentina. Su segunda gobernación no solo consolidó su figura política, sino que desplegó un complejo sistema de control basado en el miedo, la propaganda y el uso estratégico de los símbolos.

Juan Manuel de Rosas
Juan Manuel de Rosas

Un regreso con poder absoluto

Cuando Rosas asumió por segunda vez como gobernador, lo hizo en un contexto muy distinto al de su primer mandato. Esta vez, obtuvo facultades extraordinarias, lo que en la práctica le permitió concentrar atribuciones que excedían las de un gobernador común. Con el respaldo de distintos acuerdos interprovinciales, pasó a manejar las relaciones exteriores, el control militar y la intervención en otras provincias, convirtiéndose en una suerte de autoridad nacional de hecho.

Aunque formalmente debía consultar con otros gobernadores, tras la muerte de Estanislao López en 1838, su margen de acción se amplió aún más. Desde Buenos Aires, Rosas ejercía un poder centralizado que marcó el rumbo político del país durante años.

Los mensajes que se difundían en la época de Rosas Foto: Museo Histórico Nacional

El terror como herramienta de gobierno

Uno de los rasgos más recordados de su segunda gobernación fue el uso sistemático del terror. La Sociedad Popular Restauradora y su brazo armado, la temida Mazorca, cumplieron un rol clave en la identificación, persecución y eliminación de opositores. El objetivo era claro: disciplinar a la sociedad y eliminar cualquier foco de disidencia.

Durante los años de mayor temor, especialmente entre 1839 y 1842, se registraron allanamientos nocturnos, degollamientos públicos y castigos ejemplificadores. No solo los hombres eran víctimas: las mujeres también sufrían violencia y humillaciones, mientras los bienes de los señalados eran saqueados o destruidos.

El adoctrinamiento y la “Argentina punzó”

Pero el poder de Rosas no se sostuvo solo con violencia. También se construyó a partir de un intenso adoctrinamiento simbólico. El color rojo, asociado al federalismo, inundó la vida cotidiana: ropa, decoraciones, objetos personales e incluso los templos religiosos adoptaron la tonalidad punzó como señal de lealtad.

Llevar la divisa roja “junto al corazón” no era una elección: se convirtió en una obligación política. La imagen de Rosas se multiplicó en documentos oficiales, espacios públicos e incluso en objetos domésticos, reforzando una presencia constante que confundía la adhesión política con la identidad nacional.

Rosas, gobernador de Buenos Aires Foto: Foto generada con IA Canal 26

La Iglesia y la propaganda

En una época sin medios masivos, Rosas entendió el valor estratégico de la Iglesia católica. Muchos sacerdotes incorporaron consignas federales en los sermones y misas, transformando los templos en espacios de propaganda política. Así, el mensaje del régimen llegaba incluso a quienes no tenían acceso directo a la esfera pública.

El uso político de los muertos

Otra herramienta clave fue el uso simbólico de figuras históricas fallecidas. Rosas promovió la recuperación de restos y homenajes a dirigentes federales, presentándose como su heredero natural. El caso más emblemático fue el de Manuel Dorrego, cuyo fusilamiento había conmocionado a la sociedad. Al reivindicarlo, Rosas se apropió de su prestigio y reforzó su imagen como defensor del federalismo.

Con el tiempo, esta estrategia se extendió a otros protagonistas de la Revolución y la independencia, consolidando una narrativa donde el pasado legitimaba el poder presente.

La quinta de Rosas en Palermo, clave en su gobernación Foto: Foto generada con IA Canal 26

Una figura que aún divide

La segunda gobernación de Juan Manuel de Rosas dejó una huella profunda. Para algunos, fue un líder que defendió la soberanía y el orden; para otros, el responsable de un sistema autoritario basado en el miedo. Lo cierto es que su forma de ejercer el poder —combinando terror, símbolos y control social— convirtió su mandato en un caso paradigmático de la historia política argentina, cuyos ecos todavía resuenan en los debates actuales.