“Podría generar problemas a largo plazo”: por qué los médicos piden incluir los tatuajes en la historia clínica de los pacientes
Una investigación analiza los posibles efectos de los tatuajes en el organismo, un campo que hasta ahora había recibido escasa atención científica. En ese sentido, consideran que este dato podría resultar relevante a largo plazo para la salud del paciente.

Especialistas en inmunología y dermatología proponen que los historiales clínicos incluyan información sobre si una persona tiene tatuajes, cuántos y de qué tamaño. Consideran que este dato podría resultar relevante a largo plazo para la salud del paciente.
“No es un detalle menor. La presencia de muchos tatuajes grandes puede ser un factor a tener en cuenta en el futuro y hoy esa información no suele registrarse”, sostiene el inmunólogo Santiago González en diálogo con El Periódico.
González, quien lidera el grupo de Infecciones e Inmunidad del Instituto de Investigación Biomédica de la Universidad de Suiza, es el director de un estudio que se desarrolló durante siete años y que acaba de publicarse en la revista científica Proceedings of the American Academy of Sciences (PNAS). La investigación analiza los posibles efectos de los tatuajes en el organismo, un campo que hasta ahora había recibido escasa atención científica.
El equipo de González estudia terapias contra el cáncer y procesos de metástasis en los ganglios linfáticos. En ese contexto, comenzaron a utilizar tatuajes como método alternativo para marcar ratones de laboratorio.

“Observamos que los animales tatuados presentaban una inflamación notable en los ganglios linfáticos”, explica el investigador. A partir de ese hallazgo, detectaron que existía muy poca bibliografía científica sobre el impacto de la tinta en el cuerpo humano, lo que dio inicio a esta línea de investigación.
Tinta que no se queda solo en la piel
Uno de los principales resultados del estudio indica que, tras realizarse un tatuaje, parte de la tinta no permanece solo en la piel, sino que se desplaza y se acumula en los ganglios linfáticos.
“Esto puede tener consecuencias, especialmente en personas con enfermedades autoinmunes”, advierte González, quien insiste en la necesidad de actuar con prudencia. Cuanto más grande es el tatuaje, mayor es la cantidad de tinta que se introduce en el organismo.
Según el inmunólogo, se han documentado casos de pacientes cuyos ganglios linfáticos seguían cargados de tinta muchos años después de haberse tatuado. “La tinta no desaparece: permanece de por vida”, afirma.

El cuerpo identifica ese material como un elemento extraño y reacciona generando inflamación crónica. Sin embargo, todavía no está claro si este proceso aumenta el riesgo de desarrollar cáncer.
Esa es precisamente la nueva etapa de la investigación. “Sabemos que la inflamación persistente está relacionada con el cáncer, pero aún no podemos afirmar que los tatuajes lo provoquen”, aclara González.
El cuerpo humano cuenta con alrededor de 600 ganglios linfáticos distribuidos en zonas clave como el cuello, las axilas o las ingles. “Si una persona tiene muchos tatuajes en distintas partes del cuerpo, podría verse afectado un mayor número de ganglios, lo que potencialmente podría generar problemas a largo plazo”, señala.
Por este motivo, el investigador considera fundamental comenzar estudios de seguimiento en personas tatuadas. “El cáncer no aparece de un día para el otro. Son investigaciones que requieren muchos años”, explica.
Aun así, cree que el sistema sanitario debería evaluar la posibilidad de incorporar esta información en la historia clínica del paciente. “Es un dato que podría ser relevante si en el futuro se desarrolla algún tipo de tumor”, afirma.

Dificultades en el diagnóstico y riesgos dermatológicos
A esta preocupación se suma la advertencia reciente de la Societat Catalana de Medicina Familiar i Comunitària, que alertó sobre cómo el aumento de tatuajes y piercings puede dificultar la detección temprana de lesiones cutáneas potencialmente malignas, como el melanoma. Las tintas pueden ocultar cambios en la piel y retrasar el diagnóstico de cánceres cutáneos.
Desde la dermatología, Anna López, especialista del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona, coincide en la necesidad de cautela. “Al tatuarse se introduce un cuerpo extraño debajo de la piel, y eso siempre genera una respuesta del sistema inmunológico”, explica. La profesional confirma que también han observado presencia de tinta en los ganglios linfáticos de muchos pacientes tatuados.
El riesgo, subraya López, es mayor en personas con enfermedades autoinmunes. “En pacientes con psoriasis, por ejemplo, puede aparecer una lesión justo en la zona donde se realiza el tatuaje”, señala.
Aunque aclara que actualmente no existe evidencia concluyente que relacione tatuajes y cáncer, considera que la información sobre tatuajes extensos debería tenerse en cuenta como un dato clínico relevante. Incluso menciona que los anestesistas lo contemplan en procedimientos como la epidural, donde existe el riesgo de introducir tinta en el canal medular.
En la misma línea, el inmunólogo Óscar de la Calle Martín, del Hospital de Sant Pau, califica el estudio de González como sólido, aunque remarca que aún falta tiempo para establecer conclusiones definitivas en humanos.

“Los resultados en modelos animales no siempre se trasladan directamente a la salud humana”, advierte. Aun así, menciona que algunos trabajos sugieren una mayor incidencia de ciertos cánceres, como los linfomas, en personas con grandes superficies del cuerpo tatuadas.
De la Calle considera necesario realizar un seguimiento específico de personas con más del 20% del cuerpo tatuado, para observar si desarrollan enfermedades inflamatorias crónicas o, eventualmente, cáncer.
Sin embargo, aclara que no hay motivos para alarmarse ni para realizar estudios médicos preventivos sin indicación. “No hay evidencia suficiente. Lo importante es que quienes se tatúan mucho sepan que puede haber riesgos”, concluye.
Finalmente, los especialistas recuerdan que incorporar este tipo de información en la historia clínica no es un proceso automático, ya que requiere siempre el consentimiento del paciente.


















