El costo emocional del mankeeping: el esfuerzo detrás de las mujeres por sostener relaciones desiguales
Los expertos lo plantean como el trabajo que conlleva sostener un vínculo con un hombre. ¿Cuáles son sus características?

Tener una pareja requiere mucho más que solamente amor. Para ello es necesario reorganizarse, escucharse, contenerse y sobre todo, respetarse. Sin embargo, hay tareas que no figuran “en el contrato del amor” y que rara vez se reconocen pero que con el tiempo pueden llevar a un desgaste emocional constante. El mankeeping es una práctica cada vez más común entre las mujeres que preocupa a los psicólogos.
Se trata de un término que se utiliza con fuerza en las redes sociales para nombrar el trabajo invisible que muchas mujeres realizan para sostener emocional, social y cotidianamente a los hombres de su entorno. Y aunque mayormente esta dinámica se da en la pareja, también puede aparecer en relaciones familiares, de amistad o incluso en espacios laborales. Se trata de escuchar problemas, organizar rutinas, recordar responsabilidades, traducir emociones ajenas y, muchas veces, poner el propio malestar en pausa para priorizar el del otro.

Este rol fue naturalizado y profundamente desigual durante años, ya que siempre se creyó que las mujeres son las “cuidadoras naturales”, mientras que los hombres son los que deben proveer el dinero. Esto se traduce, además, en una relación de poder en donde el hombre es el que dispone del tiempo y de las emociones femeninas.
El concepto está vinculado a la idea de emocional labor (trabajo emocional), pero pone el foco específicamente en cómo las mujeres suelen ser socializadas para cuidar los vínculos y hacerse cargo del bienestar emocional masculino.
Desde el clásico “¿ya comiste?” hasta el “hablá con tu jefe” o el “llamá a tu mamá”, hasta situaciones más complicadas que atraviesan en la pareja, el mankeeping supone “amortiguarle el dolor” al hombre para que pueda mostrarse vulnerable y fuera de todo tipo de conflictos. Sin embargo, los expertos en psicología indican que esta práctica tiene un costo muy elevado para las mujeres, ya que ese cuidado casi siempre es unilateral y esperado.

Cómo se manifiesta el mankeeping en la vida cotidiana
El mankeeping adopta muchas formas, algunas sutiles y otras abiertamente agotadoras:
- Ser la principal (o única) red emocional de un hombre.
- Recordar fechas, turnos, trámites o compromisos que no son propios.
- Ayudar a identificar qué siente el otro, por qué y cómo gestionarlo.
- Sostener conflictos no resueltos para “no generar problemas”.
- Priorizar el bienestar ajeno incluso cuando una misma está desbordada.
- No reconocer las propias emociones cuando el conflicto es creado por un tercero.
- Perdonar infidelidades, engaños, maltratos o conflictos mayores para no angustiar a la pareja.
- Sostener el vínculo incluso cuando éste está roto.
Muchas veces este rol se vive como amor, paciencia o empatía. Pero cuando es constante y no recíproco, deja de ser elección y se convierte en una carga invisible.
Cómo romper con el mankeeping
El mankeeping no surge de la nada. Está profundamente ligado a los mandatos de género. A las mujeres se les enseña desde temprana edad a cuidar, escuchar, anticiparse a las necesidades emocionales y actuar como puente afectivo. A los varones, en cambio, muchas veces se los socializa para reprimir emociones, evitar conversaciones incómodas o delegar ese trabajo.

El resultado es un desequilibrio afectivo que persiste incluso en vínculos que se perciben como modernos o igualitarios en otros aspectos, como la distribución de tareas domésticas o los aportes económicos.
Además, cuando una mujer deja de cumplir ese rol, puede ser etiquetada como fría, egoísta o poco comprensiva. El costo social de correrse del mandato no es menor.
Para muchos psicólogos, comenzar a priorizarse y correrse del lugar de cuidadora no significa abandonar o dejar de sostener al hombre, sino de redefinir lo que significa la responsabilidad afectiva para que ellos construyan su propia red y cuiden las relaciones interpersonales sin necesidad de un tercero sosteniendo el vínculo.


















