La insólita ley anti hombre lobo: está hace más de 50 años en vigencia y solo rige en la Argentina
Aunque parezca difícil creer, esta tradición comenzó a principios del siglo XX y se extiende hasta nuestros días: orígenes y curiosidades de un padrinazgo casi sobrenatural.

Esta historia es real y aún sigue vigente en la Argentina: existe una ley que impide que el séptimo hijo varón no se transforme en hombre lobo. ¿Cómo es esto? Se trata de una tradición de casi 120 años que se inició en estas tierras, pero cuyo origen está en Rusia; lo que parece una simple creencia popular tomó fuerzas para llegar al Congreso y sancionarse para involucrar al mismísimo presidente.
La norma estableció el derecho de todo séptimo hijo varón a solicitar el apadrinamiento del Presidente de la Nación y recibir ciertos beneficios como una beca de estudios. Posteriormente, se sumaron decretos y reglamentaciones que definieron en detalle los requisitos y procedimientos para acceder al padrinazgo presidencial.

¿De dónde vienen las creencias que lo justificaron?
La tradición del séptimo hijo siendo ahijado presidencial combina distintas raíces culturales. Primero, influencias europeas, del imperio ruso, donde el padrinazgo imperial se otorgaba a los séptimos nacidos, y este antecedente llegó a la Argentina con la inmigración.
Por otro lado, las culturas indígenas y rurales del norte y litoral difundieron la figura del Luisón o lobizón, que se basa en un mito guaraní que asociaba al séptimo hijo con una maldición. La combinación de estas narrativas, entre la superstición europea y las leyendas locales, dio legitimidad social a una práctica que luego el Estado transformó en norma.
De la tradición a una ley
Todo se inició en 1907 cuando el matrimonio ruso, compuesto por Enrique Brost y Apolonia Holmann, tuvieron a José Brost, su séptimo hijo varón, en Coronel Pringles (Provincia de Buenos Aires). En su país de origen era costumbre que el zar o emperador fuera el padrino del séptimo descendiente varón y por ello le enviaron una carta al entonces presidente de Argentina, José Figueroa Alcorta, para que cumpliera ese rol.

El mandatario aceptó la solicitud de los rusos y, así, se convirtió en el primero de una larga lista. Pero no fue hasta los gobiernos de Juan Domingo Perón e “Isabel” Martínez que este gesto tuvo un marco legal; años después, en diciembre de 1973, el Poder Ejecutivo de Perón sancionó un decreto que habilitó a que los cónyuges que tuvieran siete hijos a solicitar el padrinazgo presidencial.
Para cumplir con ello, se debía requerir una serie de requisitos: todos los hijos debían ser de igual sexo y concebidos en el mismo matrimonio. Además, los padres debían acreditar “buena conducta y buen concepto moral”. Vale aclarar que el padrinazgo se concedería al séptimo hijo varón y/o a la séptima hija mujer, por orden cronológico de nacimiento. Es decir, una familia podía estar conformada por esa cantidad de hijos o por una superior, pero solo tendría el beneficio cuando tuviera siete hijos de igual sexo.
Incluso el bebé, una vez finalizada la ceremonia, recibiría una medalla de oro que acreditaría que era ahijado o ahijada del presidente. Al año de aquel decreto, durante el gobierno de “Isabelita”, el padrinazgo presidencial dio un paso más. Sus beneficiarios tendrían el derecho a que el Estado nacional les asegure la realización gratuita de los estudios, desde el nivel primario hasta el universitario, inclusive.

Desde hace 50 años, Argentina es el primer y único país en el mundo en tener el padrinazgo presidencial establecido por ley. Gobernantes de otros Estados, como los reyes de España, son padrinos de ciudadanos con los que no tienen vínculos, pero no por una norma que lo aliente; es por decisión propia.
Desde la vuelta de la democracia, Carlos Menem, con 1.116 ahijados, lidera el ranking.

















