El sable corvo de San Martín y el rol inesperado de Manuelita Rosas en su llegada al Museo Histórico Nacional
Recorrió un largo camino antes de convertirse en una de las piezas más emblemáticas del Museo Histórico. Detrás de esa historia hubo una figura inesperada: la hija del Restaurador, cuya intervención resultó clave para que el símbolo máximo del Libertador terminara bajo resguardo nacional.

Pocos objetos concentran tanto simbolismo en la historia argentina como el sable corvo de José de San Martín, el arma que acompañó al Libertador en el combate de San Lorenzo, en la campaña de los Andes y en la liberación de Chile y Perú. Pero detrás de este ícono patrio hay una historia menos conocida: su entrada al Museo Histórico Nacional no fue obra de un gobierno ni de un prócer, sino de Manuelita Rosas, la hija del caudillo que lo recibió como parte del legado que San Martín dejó a Juan Manuel de Rosas.
Lo que hoy se exhibe como una de las piezas más importantes del patrimonio nacional es también el resultado de un largo peregrinaje de viajes, exilios y decisiones familiares que cruzaron a dos figuras centrales del siglo XIX: San Martín y Rosas.
Un arma nacida en Londres y forjada en las guerras de independencia
El sable corvo fue adquirido por San Martín en 1811 en un local de Londres, antes de partir hacia América para sumarse a la causa libertadora. Fabricado con acero de Damasco y una empuñadura de ébano, era un tipo de arma apreciado por su maniobrabilidad y eficacia en combate.
Desde entonces, el sable lo acompañó en todas las campañas en el continente. Tras retirarse a Europa en 1824, permaneció con él hasta su muerte, ocupando un lugar destacado en su casa de París.
El legado que unió a San Martín y Rosas
En su testamento del 23 de enero de 1844, San Martín dejó claro el destino de su arma más preciada: debía ser entregada a Juan Manuel de Rosas, en reconocimiento por la firmeza con la que había defendido el honor de la República frente a potencias extranjeras.
El sable llegó efectivamente a manos del gobernador, quien lo conservó como una reliquia dentro de un cofre con una placa donde mandó grabar la cláusula testamentaria del Libertador. Incluso se lo llevó al exilio en Southampton, Inglaterra, cuando cayó su gobierno en 1852.
Allí, Rosas decidió que tras su muerte el sable quedaría bajo custodia de su hija Manuelita Rosas y de su yerno, Máximo Terrero.

Manuelita Rosas: la guardiana inesperada del sable
Cuando Rosas murió en 1877 en Inglaterra, el sable quedó en manos de Manuelita, quien lo conservó con extremo cuidado durante casi veinte años. Ella entendía perfectamente el valor simbólico del arma, no solo como recuerdo familiar, sino como documento central de la historia argentina.
Y fue ella quien tomó una decisión clave: donarlo al Museo Histórico Nacional, institución inaugurada en 1896. Tras gestiones del primer director, Adolfo Carranza, Manuelita entregó el sable como un “monumento de gloria para la Argentina”.
En marzo de 1897, el sable corvo ingresó formalmente a la colección del museo, donde pasó a estar accesible al público y se convirtió en una pieza fundamental del acervo nacional.
Robos, disputas políticas y custodias cambiantes
La historia del sable no terminó allí. Durante la proscripción del peronismo, fue robado en dos ocasiones por integrantes de la Resistencia Peronista y recuperado ambas veces.
Más tarde, durante la dictadura de Onganía, el sable pasó durante 48 años a la custodia del Regimiento de Granaderos a Caballo, hasta que en 2015 volvió al Museo Histórico Nacional.
Incluso en 2026 volvió al centro de la escena por un decreto presidencial que ordenó su traslado nuevamente a los Granaderos, generando reclamos judiciales por parte de descendientes de Manuelita Rosas, quienes remarcaron que la voluntad original de su antepasada fue donarlo específicamente al museo.
Un legado que une memorias y tensiones del país
Hoy, el sable corvo sigue siendo mucho más que un objeto histórico: es un símbolo cargado de sentido, que condensa la vida del Libertador, el reconocimiento a Rosas y la sorprendente decisión de Manuelita Rosas, cuya intervención permitió que el arma pasara de la intimidad familiar al patrimonio público.

Su viaje —desde Londres, pasando por las guerras de independencia, el exilio rosista, los robos políticos y los debates actuales— revela algo más profundo: cada generación vuelve a discutir qué significan sus símbolos.
Y el sable de San Martín, con su hoja curva y su historia sinuosa, sigue recordándonos que el pasado no es una pieza estática detrás de una vitrina, sino un relato en disputa que continúa escribiéndose.

















