Los pasos de Cortázar en Buenos Aires: de un barrio a un café, los rincones donde su huella sigue viva
Seguirlo es abrir una puerta a lo invisible: cafés donde aún parece sonar su voz, barrios que guardan silencios de otra época y esquinas que vibran como si un cuento estuviera por empezar. La ciudad respira su ritmo, mezcla de nostalgia y hallazgo, y nos invita a descubrir los lugares donde el autor de Rayuela dejó una huella que todavía late.

En Buenos Aires, donde las calles funcionan como capítulos abiertos y las esquinas como notas al margen, la figura de Julio Cortázar sigue habitando la ciudad de un modo casi secreto. Aunque el autor de Rayuela pasó su infancia en Banfield y luego desarrolló gran parte de su vida en París, la capital porteña conserva una serie de lugares que permiten reconstruir su relación afectiva y literaria con la capital.
El recorrido comienza en el Colegio Mariano Acosta, en Balvanera, donde Cortázar cursó la escuela normal. Ese edificio de pasillos serios y aulas luminosas marcó su formación docente y su temprano vínculo con la literatura. Allí, entre la disciplina académica y la lectura voraz, se forjó un escritor que más tarde daría un giro radical en la narrativa latinoamericana.
A pocas estaciones de subte de allí, sobre la emblemática Avenida de Mayo, se encuentra London City, quizás el café más ligado a su proceso creativo. En una de sus mesas, con vista al ritmo incesante del centro porteño, Cortázar escribió parte de Los premios, su primera novela publicada. El local conserva la estética tradicional de los bares notables, con iluminación cálida y el murmullo constante que acompañó a tantas generaciones de escritores. En su interior, las fotos del autor recuerdan ese momento decisivo en el que la literatura y la ciudad convergieron.

El recorrido continúa hacia un rincón menos transitado pero profundamente significativo en su biografía: el Barrio Rawson, una pequeña zona residencial ubicada entre Villa del Parque y Agronomía. Cortázar vivió allí entre 1934 y 1951, una etapa crucial en su vida argentina. Sus casas bajas, su calma suburbana y sus calles arboladas fueron el escenario de años de lectura, escritura inicial y reflexión silenciosa. Hoy, caminar por Rawson es recuperar la dimensión cotidiana del escritor, lejos del mito y cerca del hombre real que buscaba su voz entre libretas y cuadernos.
Aunque Cortázar no vivió en Flores, el barrio aparece destacado en su obra, especialmente en el cuento “Cartas de mamá”. Allí menciona el “caserón de Flores”, una imagen cargada de nostalgia, sombras y resonancias familiares. Ese lugar literario, más imaginado que físico, se integra al mapa emocional de Buenos Aires que Cortázar construyó y transformó en territorio narrativo.

Para cerrar este recorrido, ya en el presente porteño, surge un espacio que no formó parte de su historia personal pero sí rinde homenaje a su legado: el Café Cortázar, ubicado en Cabrera y Medrano, en pleno Palermo. Con murales, imágenes, citas y objetos inspirados en su universo, este bar temático conecta el espíritu porteño con la estética parisina tan asociada al autor. Es un punto de encuentro para lectores, turistas y curiosos que buscan acercarse a Cortázar desde la experiencia sensorial: leer, tomar un café y sentir que el escritor aún podría entrar por la puerta con un libro bajo el brazo.

Buenos Aires en Rayuela y en Cortázar: una ciudad que también escribe
Más allá de los lugares precisos, Buenos Aires ocupa un rol fundamental en la mitología personal y literaria de Cortázar. En Rayuela, no es solo un escenario: es una forma de pensar el mundo, un contrapunto vital frente a París, un espacio donde la búsqueda existencial y el juego encuentran raíces afectivas.
Las calles porteñas —sus bares, sus avenidas, sus barrios intermedios— representan para Cortázar la memoria, el origen y la posibilidad de reinventarse. En su obra, Buenos Aires es una ciudad que no se limita a ser transitada: es una ciudad que escribe, que dialoga con sus personajes y que vuelve, una y otra vez, como un puente emocional entre lo real y lo imaginado. Seguir sus huellas es comprender que, para Cortázar, Buenos Aires nunca fue un simple punto de partida, sino una brújula literaria que siguió orientando su vida entera.

















