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Argentina y Chile: la cordillera, los abrazos y una historia de paz

Hubo momentos en que estuvieron peligrosamente cerca de una guerra y otros en los que decidieron construir intereses comunes para alejar esa posibilidad. Es, sobre todo, la historia de dos pueblos que aprendieron que la cordillera puede señalar una frontera sin convertirse necesariamente en una distancia.

El Cristo Redentor, símbolo de paz y fraternidad entre Argentina y Chile, inaugurado en 1904.
El Cristo Redentor, símbolo de paz y fraternidad entre Argentina y Chile, inaugurado en 1904. Foto: Wikipedia
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Desde los antiguos refugios de piedra levantados para quienes atravesaban los Andes hasta el abrazo de Menem y Frei en el Estrecho de Magallanes, Argentina y Chile recorrieron un largo camino desde las antiguas hipótesis de conflicto hacia una relación construida sobre diplomacia, acuerdos fronterizos, inversiones, energía, infraestructura y comunicaciones. Hubo momentos en que estuvieron peligrosamente cerca de una guerra y otros en los que decidieron construir intereses comunes para alejar esa posibilidad. Es, sobre todo, la historia de dos pueblos que aprendieron que la cordillera puede señalar una frontera sin convertirse necesariamente en una distancia.

Hay fotografías cuyo verdadero significado se descubre con los años. Una de ellas muestra a Carlos Menem en la inmensidad de los Andes, durante aquellas travesías hacia Chile realizadas cuando era gobernador de La Rioja, cuando atravesar la cordillera significaba todavía internarse durante días en una geografía difícil, de grandes alturas, temperaturas extremas y caminos apenas insinuados sobre la montaña. En una de aquellas expediciones, Menem cruzó a lomo de mula y, según el relato conservado de ese viaje, pernoctó en uno de los antiguos refugios de piedra que durante generaciones habían protegido a quienes recorrían la ruta entre La Rioja y Chile.

El detalle puede parecer menor frente a los tratados, las cumbres presidenciales y los grandes acuerdos que vendrían después, pero encierra buena parte de esta historia. Aquellos refugios habían comenzado a levantarse durante la presidencia de Bartolomé Mitre y fueron completados durante la de Domingo Faustino Sarmiento, separados aproximadamente por la distancia que podían recorrer en una jornada los arrieros que llevaban ganado hacia Chile. Eran construcciones elementales frente a una naturaleza formidable: piedra, techo y abrigo contra el viento, la nieve y el frío, levantados con una finalidad que hoy llamaríamos integración física, aunque entonces consistiera simplemente en permitir que hombres, animales y mercaderías pudieran atravesar los Andes.

Hay algo especialmente evocador en imaginar a Menem pasando una noche allí, porque más de un siglo después de que otra generación de argentinos hubiera construido esos refugios para mantener abierto el tránsito hacia Chile, un gobernador riojano volvía a recorrer la misma geografía pensando también en cómo comunicar su provincia con el país vecino y encontrar a través de él una salida hacia el Pacífico. Todavía no había diplomacia presidencial, gasoductos, fibra óptica ni modernos corredores bioceánicos; había mulas, caballos, piedra, viento y frío, pero estaba presente una idea que atravesaría toda la historia posterior: la cordillera podía ser una frontera sin convertirse necesariamente en una barrera.

Para un gobernador de La Rioja, Chile no era una abstracción de la política exterior, sino una presencia geográfica inmediata detrás de los Andes y, potencialmente, un mercado, una salida al Pacífico y una oportunidad de integración para las provincias argentinas alejadas de los puertos atlánticos. Muchos años después habría otra fotografía: Menem sería presidente de la Argentina y a su lado estaría Eduardo Frei Ruiz-Tagle, presidente de Chile, en el Estrecho de Magallanes, evocando el encuentro que exactamente un siglo antes habían protagonizado Julio Argentino Roca y Federico Errázuriz Echaurren. Entre el gobernador que atravesaba la montaña a lomo de mula y el presidente que se abrazaba con su par chileno había transcurrido aproximadamente un cuarto de siglo, pero el cambio verdaderamente importante no era el paso del tiempo sino la manera de mirar la cordillera.

Cuando la paz todavía no estaba asegurada

La aproximación entre Argentina y Chile no fue obra de un presidente ni de un gobierno, sino una construcción acumulativa de ambos Estados que atravesó generaciones, gobiernos de distintas orientaciones y también momentos extraordinariamente difíciles, ninguno más dramático que el de 1978, cuando los dos países estuvieron al borde de una guerra por el diferendo austral y dos sociedades unidas por innumerables vínculos familiares, culturales y económicos estuvieron peligrosamente cerca de una confrontación cuyas consecuencias humanas y materiales habrían sido incalculables.

En aquel momento apareció una figura sin la cual resulta imposible comprender la historia posterior de la relación bilateral: Juan Pablo II. Karol Wojtyła sabía personalmente lo que significaban la guerra, la persecución y la ausencia de libertad, porque su juventud había transcurrido en una Polonia ocupada por el nazismo, su vocación sacerdotal había madurado en la clandestinidad y, terminada la guerra, había desarrollado buena parte de su ministerio bajo el régimen comunista. Apenas dos meses después de haber sido elegido Papa, esa experiencia vital encontró en el extremo austral de América una de sus primeras grandes pruebas internacionales.

Juan Pablo II decidió intervenir y envió como representante personal al cardenal Antonio Samoré, uno de los diplomáticos más experimentados de la Santa Sede, cuando todavía existía un riesgo concreto de confrontación. No fue una misión protocolar, sino diplomacia en su sentido más profundo: hablar cuando otros se preparaban para combatir, buscar una salida cuando las posiciones parecían irreconciliables y ganar tiempo cuando cada hora podía resultar decisiva. El propio Juan Pablo II recordaría posteriormente que Argentina y Chile habían estado «al borde de una guerra» y que Samoré había dado los primeros pasos para impedirla.

La mediación abrió un camino que continuó durante años. Samoré murió en 1983 y no alcanzó a contemplar su culminación, pero con la recuperación de la democracia argentina y la presidencia de Raúl Alfonsín las negociaciones recibieron un nuevo impulso, hasta desembocar en el Tratado de Paz y Amistad de 1984. Juan Pablo II explicaría entonces que el futuro de «paz y amistad» de argentinos y chilenos había sido el motivo de su participación personal en la mediación, una definición que permite comprender por qué aquel sacerdote polaco que había conocido la guerra y los totalitarismos se reveló, en una de las primeras grandes pruebas internacionales de su pontificado, como un custodio de la paz entre las naciones.

No tenía divisiones militares para interponer entre los dos países, sino autoridad moral, diplomacia, perseverancia y la convicción de que, aun cuando todo parece conducir hacia el enfrentamiento, todavía existe un espacio para la negociación. Esa intervención, continuada pacientemente por la diplomacia vaticana y aceptada finalmente por los dos Estados, hizo posible que la relación argentino-chilena pudiera abandonar la lógica de la confrontación y comenzar a construir algo mucho más ambicioso que la simple ausencia de guerra.

De la paz a la integración

El Tratado de 1984 dio una arquitectura jurídica a la paz, pero todavía quedaban asuntos fronterizos pendientes y, quizá más difícil de remover que las líneas sobre los mapas, una larga cultura de desconfianza recíproca. Con el retorno de la democracia chilena, Patricio Aylwin en La Moneda y Menem en la Casa Rosada, apareció una oportunidad histórica para transformar aquella paz jurídica en una política activa de integración.

El 2 de agosto de 1991, ambos presidentes decidieron afrontar las 24 cuestiones limítrofes identificadas como pendientes: veintidós pudieron solucionarse directamente, Laguna del Desierto siguió el camino arbitral y Campo de Hielo Sur requirió un proceso específico de negociación. La importancia de aquella decisión excedía ampliamente la cartografía, porque durante generaciones cada problema fronterizo había alimentado sospechas sobre el vecino y ahora Aylwin y Menem proponían la lógica inversa: cerrar progresivamente la agenda territorial para liberar las energías políticas, económicas y humanas de la integración.

La frontera comenzaba así a dejar de ser pensada exclusivamente como una línea de defensa para convertirse también en un lugar de encuentro, y esa transformación pronto adquiriría expresiones económicas muy concretas.

Una madrugada en Buenos Aires

Conservo una experiencia personal de aquellos primeros años que permite comprender ese cambio de clima quizá mejor que muchas declaraciones oficiales. Me desempeñaba entonces en la Secretaría de Comunicaciones cuando una madrugada recibí una llamada de Bruno Philippi y Juan Antonio Guzmán, dos importantes figuras del sector eléctrico chileno vinculadas a Chilgener, quienes estaban en Buenos Aires y me pidieron que nos reuniéramos muy temprano porque querían conversar sobre una cuestión que consideraban particularmente delicada.

La Argentina estaba iniciando una profunda transformación de su sector eléctrico y las compañías chilenas estudiaban las posibilidades que comenzaban a abrirse. Cuando nos encontramos, Philippi y Guzmán me explicaron que, según les habían manifestado personas que se presentaban como conocedoras del funcionamiento de los mercados regulados argentinos, debían incorporar socios locales aunque las condiciones de la licitación no se lo exigieran, porque —les aseguraban— Menem nunca permitiría que importantes activos eléctricos argentinos quedaran en manos de una compañía chilena.

Me pidieron mi opinión. Les expliqué que aquello no pertenecía a mi área de responsabilidad y que cualquier intervención de mi parte podía interpretarse como una intromisión, pero también les manifesté que mi conocimiento del Presidente y del ministro Domingo Cavallo me llevaba a una conclusión exactamente opuesta. Chile había desarrollado empresas eléctricas de reconocido nivel técnico y empresarial y no veía por qué su nacionalidad debía constituir un obstáculo; por el contrario, que una compañía chilena estuviera dispuesta a realizar una inversión importante en Argentina podía convertirse en una señal de confianza entre dos países que intentaban dejar atrás décadas de recelos. Mi consejo fue, por eso, muy sencillo: si cumplían las condiciones, que se presentaran y compitieran.

Lo hicieron, y el 16 de marzo de 1992 Chilgener y Chilectra V Región presentaron la mejor oferta por el 60 por ciento de Central Puerto; pocos días después se firmó el contrato y posteriormente se formalizó la adjudicación. Una compañía chilena había competido por uno de los grandes activos eléctricos argentinos y había ganado conforme a las reglas del proceso. Aquello tenía una dimensión que excedía ampliamente a Central Puerto: la integración comenzaba a tener capital, empresas, inversiones y trabajadores a ambos lados de los Andes.

Muchos años después, cuando Menem ya había dejado la Presidencia, tuve oportunidad de contarle en Anillaco aquella reunión de madrugada. Se rió al escucharla y recordó que también se habían acercado a él personas preocupadas por la posibilidad de que compañías chilenas adquirieran activos importantes en la Argentina. Su razonamiento, según recuerdo de aquella conversación, había sido exactamente el contrario: aludió a la participación del ahorro previsional chileno en grandes empresas de aquel país y, con su particular manera de transformar una cuestión compleja en una imagen sencilla, me dijo aproximadamente que no imaginaba «a los militares chilenos atacando el dinero de sus propios jubilados».

No presento aquella frase como una transcripción documental, sino como mi recuerdo de una conversación privada mantenida muchos años después, pero la idea que contenía era significativa: la interdependencia económica podía convertirse también en una arquitectura de paz y cada inversión cruzada podía ser, en cierto sentido, un pequeño tratado de paz.

Cuando la paz comenzó a tener infraestructura

Durante los años siguientes, aquella integración adquirió una dimensión física. Se impulsaron pasos fronterizos y corredores comerciales; Pircas Negras recuperó aquella vieja aspiración riojana de comunicarse con Atacama, mientras Jama, Sico, San Francisco, Agua Negra, Cristo Redentor, Pino Hachado, Cardenal Samoré e Integración Austral comenzaron a ser concebidos no solamente como puntos de control sino como piezas de corredores capaces de comunicar las economías regionales argentinas con los puertos del Pacífico y proyectar a Chile hacia el Atlántico.

No todo avanzó con la velocidad imaginada, porque la cordillera es formidable también en sus dificultades y la altura, la nieve, las distancias, los costos de las obras, las restricciones presupuestarias y los diferentes tiempos administrativos demoraron proyectos durante años y, en algunos casos, décadas. Pero la dirección política había cambiado y pronto llegaron también los gasoductos, con GasAndes conectando la Argentina con la zona central de Chile y otras interconexiones atravesando la cordillera hacia el norte y el sur.

Las telecomunicaciones agregaron otra dimensión, menos visible que una carretera o un gasoducto pero igualmente decisiva, a ese proceso de integración. Un ejemplo especialmente significativo es la infraestructura desarrollada por Grupo Datco a través de Silica Networks, que construyó cinco cruces estratégicos de fibra óptica entre Argentina y Chile: Cajón del Maipo, entre Santiago y Mendoza y lindante con el Gasoducto GasAndes; Cardenal Samoré, entre Osorno y San Carlos de Bariloche; Mamuil Malal, entre Temuco y Junín de los Andes; y, más al sur, los pasos Huemules y Coyhaique–Aldea Beleiro, que vinculan Río Mayo y Coyhaique por trazas diferentes, una de ellas a través de Lago Blanco y Balmaceda. En 2018, la inauguración del cruce de Mamuil Malal fue destacada por la Subsecretaría de Telecomunicaciones de Chile por su aporte a la robustez, resiliencia y competencia de las comunicaciones internacionales. La red de Silica Networks supera hoy los 16.500 kilómetros de fibra óptica y conecta los océanos Atlántico y Pacífico mediante rutas diversas y redundantes. Así, junto con las conexiones construidas por otros operadores, la inversión privada fue formando una verdadera arquitectura digital binacional: la montaña ya no era atravesada solamente por personas, mercaderías o energía, sino también por información, servicios digitales y comunicaciones de alta capacidad. Un camino transportaba personas y productos, un gasoducto transportaba energía y una fibra óptica transportaba datos, pero todos contribuían, de diferentes maneras, a multiplicar los vínculos y a construir interdependencia entre ambos países.

Durante generaciones, los estrategas militares habían estudiado los pasos cordilleranos preguntándose por dónde podía atravesar un ejército; ahora gobiernos, ingenieros y empresarios estudiaban esas mismas montañas preguntándose por dónde podían pasar una carretera, un gasoducto, una línea eléctrica o un cable de fibra óptica. La geografía no había cambiado; había cambiado la imaginación política.

El segundo abrazo del Estrecho

Con Eduardo Frei Ruiz-Tagle, aquella política de acercamiento continuó y las negociaciones sobre Campo de Hielo Sur permitieron nuevos avances, aunque una sección quedó sujeta a trabajos posteriores de demarcación. El contraste con 1978 era extraordinario: apenas dos décadas después de haber estado al borde de la guerra, Argentina y Chile discutían inversiones, comercio, pasos fronterizos, gasoductos, telecomunicaciones y mecanismos de confianza mutua.

Faltaba una imagen capaz de expresar aquella transformación y, para encontrarla, Menem y Frei recurrieron a la historia. En febrero de 1899, Julio Argentino Roca y Federico Errázuriz Echaurren se habían encontrado en el Estrecho de Magallanes en medio de fuertes tensiones entre ambos países, en un episodio que quedaría incorporado a la memoria binacional como el Abrazo del Estrecho. Cien años después, Menem y Frei regresaron al mismo escenario.

La diferencia entre aquellas dos fotografías permite medir cuánto había cambiado la relación. Roca y Errázuriz se habían abrazado cuando era necesario contribuir a alejar la posibilidad de una confrontación; Menem y Frei podían hacerlo después de que sus países hubieran avanzado en la resolución de antiguas controversias y construido una trama mucho más densa de inversiones, comercio, energía, infraestructura, comunicaciones y cooperación. La paz había comenzado a tener contenido y, sobre todo, había empezado a tener infraestructura.

Cuando la confianza fue puesta a prueba

Pero ninguna relación entre naciones avanza en línea recta y la historia posterior demostraría que la confianza, incluso cuando parece sólidamente construida, puede ser dañada con rapidez. En 2004, frente a una crisis de abastecimiento interno, el gobierno argentino comenzó a restringir las exportaciones de gas natural hacia Chile. Desde Buenos Aires se invocaba la prioridad del abastecimiento doméstico, mientras que en Chile, donde se habían realizado importantes inversiones industriales y eléctricas contando con el suministro argentino, las restricciones provocaron dificultades económicas y una seria crisis de confianza.

Aquel episodio dejó una enseñanza incómoda pero necesaria, porque mostró que la integración requiere mucho más que infraestructura: necesita previsibilidad, consulta, coordinación, cumplimiento de los compromisos y consideración por las consecuencias que las decisiones nacionales producen sobre el vecino. Un gasoducto puede construirse con acero, ingeniería y capital; la confianza que permite utilizarlo durante décadas necesita tiempo y puede deteriorarse mucho más rápidamente.

Sin embargo, tampoco aquella crisis devolvió a ambos países a las antiguas hipótesis de enemistad. La relación bilateral continuó desarrollándose y en 2009 las presidentas Michelle Bachelet y Cristina Fernández de Kirchner firmaron el Tratado de Maipú, complementario del Tratado de Paz y Amistad de 1984, reafirmando institucionalmente una integración que había demostrado ser capaz de atravesar también momentos adversos.

Juan Pablo II, custodio de la paz

Al terminar esta historia es imposible no regresar a Juan Pablo II, porque antes de las inversiones, de los gasoductos, de la fibra óptica, de los acuerdos de Aylwin y Menem y del segundo abrazo del Estrecho, hubo un Papa que comprendió que ninguna controversia territorial justificaba que argentinos y chilenos comenzaran a matarse.

Karol Wojtyła había conocido desde joven el rostro de la guerra y la opresión, había vivido la ocupación nazi de Polonia, estudiado clandestinamente para ser sacerdote y desarrollado después su ministerio bajo el régimen comunista. Cuando Argentina y Chile estuvieron al borde del enfrentamiento, aquel hombre formado en uno de los lugares más castigados de la Europa del siglo XX utilizó las herramientas de las que disponía: autoridad moral, diplomacia, perseverancia y diálogo. No envió soldados ni intentó determinar quién podía ganar una guerra; envió a Samoré para intentar que esa guerra nunca comenzara.

El propio Juan Pablo II explicaría posteriormente que el futuro de «paz y amistad» de los dos pueblos había sido el motivo de su participación personal, y por eso su recuerdo trasciende las convicciones religiosas de cada argentino o chileno y forma parte de la historia común de ambos pueblos. Aquel sacerdote polaco que había conocido la guerra, la persecución y los totalitarismos demostró, en una de las primeras grandes pruebas internacionales de su pontificado, que quería ser también un custodio de la paz entre las naciones.

Una frontera que también puede unir

Vista desde la distancia, toda la secuencia adquiere una coherencia que quizá sus protagonistas no podían advertir mientras la estaban construyendo: en el siglo XIX se levantaron refugios para permitir que los arrieros atravesaran los Andes; en 1899 Roca y Errázuriz se encontraron en el Estrecho cuando era necesario alejar el peligro de una confrontación; en 1978 Juan Pablo II envió a Samoré cuando una guerra volvía a parecer posible; en 1984 aquella mediación desembocó en un Tratado de Paz y Amistad; en 1991 Aylwin y Menem afrontaron las cuestiones limítrofes pendientes; durante los años siguientes las empresas, las inversiones, los caminos, los gasoductos y las comunicaciones comenzaron a cruzar la cordillera; y en 1999 Menem y Frei regresaron al Estrecho para abrazarse exactamente un siglo después de sus antecesores.

Son acontecimientos de épocas diferentes, protagonizados por hombres con historias, ideas y responsabilidades distintas, y su valor no reside en convertirlos en la celebración de un gobierno o de una fuerza política, sino en comprender el proceso histórico que representan. Argentina y Chile no recibieron la paz como un regalo de la geografía: tuvieron que construirla, y en esa construcción participaron diplomáticos, presidentes, religiosos, técnicos, empresarios, trabajadores y ciudadanos de ambos lados de los Andes, tanto quienes negociaron cuando la confrontación parecía inevitable como quienes aceptaron mediaciones y arbitrajes, invirtieron en el país vecino o construyeron los caminos, las redes energéticas y las comunicaciones que fueron haciendo cada vez más costoso e irracional imaginar nuevamente a ambos pueblos como enemigos.

Los abrazos de Roca y Errázuriz y de Menem y Frei pertenecen, por eso, a un patrimonio que excede ampliamente a sus protagonistas. Entre uno y otro estuvieron Juan Pablo II y Antonio Samoré, el Tratado de Paz y Amistad, la recuperación de la democracia, los acuerdos de Aylwin y Menem, la continuidad con Frei y, sobre todo, millones de argentinos y chilenos que nunca quisieron verse convertidos en enemigos y que fueron llenando aquella paz de relaciones humanas, comercio, inversiones e intereses compartidos.

Los Andes seguirán allí, imponiendo nieve, altura y distancia y obligando a ambos países a invertir, imaginar y cooperar para atravesarlos, pero quizá precisamente allí resida la imagen más cercana y perdurable de toda esta historia: en el siglo XIX se construyeron refugios de piedra para que los hombres pudieran cruzar la cordillera; más de cien años después llegaron las carreteras, los gasoductos y la fibra óptica, y aunque cambió radicalmente la tecnología, no cambió el desafío: encontrarse del otro lado.

La frontera señala dónde termina la jurisdicción de un Estado, pero la historia de Argentina y Chile demuestra que no tiene por qué señalar dónde termina la amistad entre dos pueblos.

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