Ejecuciones en la Plaza de Mayo: fusilamientos, ahorcamientos y los que podían elegir una muerte "sin dolor"

Ladrones y asesinos recibían la pena máxima a la vista de todos los habitantes. El chileno que "pudo" elegir y el hombre ilustre que vio morir a su papá.

Por Yasmin Ali

Viernes 3 de Febrero de 2023 - 07:01

Exhibición de los cadáveres de los hermanos Reinafé y de Pérez tras el fusilamientoExhibición de los cadáveres de los hermanos Reinafé y de Pérez tras el fusilamiento.

Hablar de la importancia de la Plaza de Mayo para la historia argentina a esta altura es, por lo menos, una obviedad. Lugar mítico de festejos, reclamos y manifestaciones se convirtió desde un primer momento en uno de los símbolos de Buenos Aires. Además de ser lugar de reunión, lo fue también para muerte.

Cuando aún no se llamaba Plaza de Mayo, Plaza Grande o Mayor primero, y después de las invasiones inglesas “Plaza de la Victoria”, fue epicentro de ejecuciones a la vista del público de condenados por robo y asesinato. Una práctica muy común en la época del Virreinato cuyo objetivo era lograr demostrar lo que podría pasarte si infringías la ley.

25 de Mayo de 1810

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Muerte, exhibición y el destino de los cuerpos

Para tener una idea, las primeras ejecuciones públicas datan del 1580. Se instaló una horca en la actual esquina frente a la Catedral donde ladrones y asesinos eran condenados por Jueces Real.

Había tres opciones: morir ahorcado, garrote vil o fusilado. Todas las ejecuciones eran públicas y los cuerpos exhibidos durante horas.

Litografía de César Bacle de la Recova y la Plaza de la Victoria. 1835. Litografía de César Bacle de la Recova y la Plaza de la Victoria. 1835.

Una vez que dejaban de ser mostrados, los cuerpos eran llevados a su lugar de entierro. Algunos eran hasta arrastrados por caballos y como no había cementerios públicos aún, los de clase alta eran inhumados en iglesias y los pobres en baldíos. Uno de ellos era llamado Rincón de Ánimas y es donde actualmente está el solar del Banco Nación frente a la Plaza.

Bosnia y Herzegovina tiene tres presidentes en ejercicio. Foto: Reuters

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Derecho a una muerte "más digna"

El primer robo de boqueteros registrado en este territorio data del 16 de septiembre de 1631. Fue en donde hoy está la Casa Rosada, el fuerte de Buenos Aires en ese entonces. Una mañana descubrieron que se llevaron un cofre de cedro con los caudales del fuerte.

La búsqueda de los culpables duró poco, al poco tiempo se detectó la ausencia del vecino Pedro Cajal, un chileno de 22 años que vivía cerca del convento de Santo Domingo. Días después fue detenido, estaba escondido entre fardos en una carreta con parte del botín. Fue trasladado a Buenos Aires donde se lo condenó a la horca.

Cajal protestó y pidió cambiar su pena: o morir de un garrotazo en la nuca y luego ser decapitado. Podía pedirlo ya que era hijo natural de funcionario en Chile y su reclamo fue aceptado.

El 30 de septiembre lo llevaron junto a su criado engrillados a la zona del muro del Fuerte para que los vecinos vean su delito. Cajal murió de un garrotazo y Juan Puma, su criado, ahorcado. Luego le cortaron las cabezas y las exhibieron en picas en uno de los muros.

Huellas en el Parque Nacional White Sands, Estados Unidos. Foto: X

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Otras "celebridades"

El 25 de octubre de 1837 fueron ejecutadas quince personas, acusadas del asesinato del caudillo Facundo Quiroga. Los cuerpos de los hermanos Reynafé y José Santos Pérez fueron exhibidos colgados durante seis horas, frente al Cabildo.

Fusilamiento de los hermanos Reinafé y de Pérez Fusilamiento de los hermanos Reinafé y de Pérez.

El 29 de diciembre de 1853 fue ejecutado Leando Alén, miembro del temible grupo La Mazorca que respondía a Juan Manuel de Rosas. Tras su caída en la batalla de Caseros, varios de sus aliados fueron condenados a muerte o condenados al exilio.

Fusilamiento de Alén, historiaFusilamiento de Alén.

Su cuerpo fue colgado y exhibido por 4 horas. Su hijo Leandro observó todo, tenía 11 años y el recuerdo de su padre siendo asesinado lo perseguió por el resto de su vida y decidió cambiar la última letra de su apellido por vergüenza y miedo. Años después, pasaría a la historia como Leandro N. Alem, uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical.

 

 

 

 

Por Yasmin Ali

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