Secretos bajo Buenos Aires: historia y curiosidades sobre el túnel que conecta Once y Puerto Madero
Bajo la Ciudad de Buenos Aires existe un túnel ferroviario centenario que une Once con Puerto Madero, pasa cerca de la Casa Rosada y hoy sigue activo, aunque casi nadie lo ve: se usa principalmente para tareas logísticas del sistema ferroviario.

Bajo el ruido de la Avenida Rivadavia y el pulso del microcentro, existe un “otro subte” que casi nadie ve. A más de un siglo de su inauguración, un túnel ferroviario oculto une la zona de Once con Puerto Madero y cruza, en silencio, el corazón de la Ciudad: pasa cerca de la Casa Rosada, atraviesa el entorno del Congreso y corre incluso paralelo a la Línea A del subte.
No es una leyenda urbana: es una obra real, de vía única y traza estrecha, pensada para resolver un problema concreto de comienzos del siglo XX: conectar el puerto con el sistema ferroviario sin interferir con el tránsito en superficie.
Y como toda infraestructura escondida, carga con mitos como contrabando, ratas, trenes fantasmas, pero también con datos duros que la vuelven fascinante: se empezó a construir en 1912, se terminó en 1916, y tiene alrededor de cinco kilómetros de extensión.
El recorrido del túnel oculto: de Puerto Madero a Once por debajo de la ciudad
El “portal” más reconocible aparece en Puerto Madero, detrás de la Casa de Gobierno, con una boca de acceso que desde afuera parece la entrada a otro tiempo. Desde allí, el túnel se interna bajo la Ciudad y sigue un recorrido subterráneo que lo lleva bordeando zonas emblemáticas, en paralelo al subte A, hasta reaparecer hacia la zona de Once.

En algunos tramos, la profundidad impresiona: se mencionan sectores que alcanzan entre 20 y 24 metros bajo el nivel de la calle, una cota que ayuda a entender por qué se lo compara con una pieza de ingeniería “invisible” del Buenos Aires moderno.
Del lado de Once, hay quienes lo identifican por una abertura que asoma cerca de la traza ferroviaria: un detalle que muchos pasajeros del Sarmiento ven sin saber qué es, hasta que alguien les revela el secreto.
Curiosidad para mirar distinto la Ciudad: buena parte del recorrido se diseñó para “cruzar” Buenos Aires sin barreras ni pasos a nivel, evitando el cuello de botella que implicaba mover cargas hacia el puerto en plena zona urbana.
Historia y origen del pasadizo que atraviesa la Ciudad de Buenos Aires
La historia arranca con una necesidad logística: el entonces Ferrocarril Oeste buscaba una conexión eficiente con el puerto. El proyecto se asocia al ingeniero británico David Simpson, quien lo planteó como un enlace subterráneo que uniera el área ferroviaria con la zona portuaria.
El plan obtuvo aval formal a comienzos del siglo XX: se menciona la Ley 6.700 (1909) como parte del marco que habilitó la obra, que finalmente se ejecutó con trabajos iniciados en 1912. La construcción, además, tuvo el sello épico de época: excavación “como mina”, con mano de obra inmigrante y tareas simultáneas desde distintos frentes, un método que permitía avanzar por ambos extremos.

La inauguración llegó en 1916, y con el tiempo el túnel acumuló “segundas vidas”: si bien nació para cargas, hubo intentos de aprovecharlo para pasajeros. Se registran experiencias a fines de los años 40 (con un servicio breve) y más adelante, ya en tiempos recientes, un esquema que conectó Castelar con Puerto Madero en la etapa de concesión de la línea.
¿El límite estructural? El mismo que lo hace tan misterioso: es angosto y de vía única, lo que condiciona frecuencias, ventilación y operación.
Qué tipo de servicio ofrece hoy y para qué se usa
Hoy, el túnel no funciona como “metro alternativo” ni como paseo turístico: su rol es logístico. Se lo utiliza para movimientos ferroviarios internos, especialmente para vincular material rodante y locomotoras con la red del área de Once y el corredor del Sarmiento.

Una postal de este presente silencioso aparece en crónicas que describen el traslado de locomotoras desde el puerto hacia el entramado ferroviario, aprovechando la traza subterránea como un “atajo” operativo que evita interferir con la superficie.
En pocas palabras: no es un túnel abandonado, sino una pieza que sigue “respirando” en el sistema, aunque de forma esporádica y lejos del ojo público.

















