Las recomendaciones turísticas del argentino que recorrió el mundo: terminó comiendo cerebro de mono y enamorándose de Irán

Durante más de ocho años, Nicolás Pasquali recorrió los 193 países reconocidos del mundo y se sumergió por completo en cada cultura. Vivió con tribus, probó la comida local sin preguntar demasiado y, sobre todo, rompió prejuicios. Entre paisajes remotos y rituales impensados, fue acumulando experiencias inolvidables que le cambiaron para siempre la forma de mirar el mundo.
De cada rincón del planeta se llevó una historia. Algunas fueron conmovedoras, otras extremas o insólitas, pero todas lo enfrentaron con lo desconocido. Como aquella vez en China, donde una simple invitación a almorzar se convirtió en una de las experiencias más impactantes de su viaje.

“En China me pasó algo que no me voy a olvidar más”, cuenta. “Fui a visitar a un amigo, Wang Xi Yu. Me dijo que me iba a llevar a comer a un bodegón. Yo pensé en una milanesa con fritas como en San Telmo. Pero allá el concepto de bodegón es otro: te sentás, elegís al animal vivo y te lo cocinan”.
Él, reacio a tomar esa decisión, le dijo a su amigo que eligiera por él. Minutos después, le trajeron unas albóndigas exquisitas, acompañadas por un jugo de frutos rojos. “Estaba todo riquísimo. Cuando salimos a caminar, dos horas después, le pregunté qué habíamos comido. Me dijo: ‘Jugo de ojo de oveja y cerebro de mono’. Vomité todo en la calle. Y ahí me dijo: ‘¿Ves? Si no te lo decía, ni te dabas cuenta. Todo está en la cabeza’”.
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Más allá de las comidas extremas, lo que más valora Pasquali de su experiencia como viajero es la capacidad de romper con prejuicios. Y si hay un país que lo obligó a repensarlo todo, ese fue Irán. “Mucha gente habla de Irán como si fuera una peste. Pero una cosa es la política y otra muy distinta es la gente. Los iraníes son de lo mejor que conocí en el mundo. Amables, hospitalarios, generosos”, asegura.

“La mejor gente está en Medio Oriente, justamente donde peor fama tienen. Muchos dicen ‘terroristas’, ‘fundamentalistas’… y no tienen idea. Si hubiera ido con prejuicios, me lo perdía. Por eso siempre digo que hay que viajar con los ojos abiertos y el juicio suspendido”, reflexiona.
Mauritania: de un secuestro a un viaje en el tren más peligroso del mundo
Mauritania fue otro de esos destinos que, pese a tener una cultura muy distinta, terminaron regalándole a Pasquali algunas de las vivencias más intensas e inolvidables de su recorrido.
Cinco años después de haber sido secuestrado por un grupo terrorista en Mauritania, Nicolás Pasquali decidió regresar al país que más lo había marcado. En 2019 lo retuvieron durante tres días en un campamento improvisado, tras interceptarlo en pleno cruce del desierto. Lo trasladaron por un terreno minado, le quitaron el vehículo y lo amenazaron. “Podría no haber salido de ahí”, admite. Pero no se quedó con ese recuerdo. “Siempre que viví una experiencia traumática, traté de volver para resignificarla”, cuenta.
La revancha llegó en 2024, cuando decidió subir al famoso tren del mineral de hierro, considerado uno de los más largos y peligrosos del mundo dado que atraviesa el Sahara en condiciones extremas y porque, debido al material que traslada, corre el riesgo de ser asaltado. Nicolás tuvo que buscarlo preguntando por los callejones, entre vendedores ambulantes, con su rostro cubierto por un turbante y hablando un árabe rudimentario, ya que el tren no tiene horarios fijos.

Cuando logró subirse, supo que no habría vuelta atrás. “Si me pasaba algo, ¿quién iba a venir a buscarme al medio del desierto?”, pensó. El trayecto duró casi 24 horas, a la intemperie, sin posibilidad de bajar ni de comunicarse con nadie. El viento y el polvo lo obligaron a protegerse dentro de una bolsa de dormir, escondido entre la carga. De noche, con temperaturas bajo cero, un grupo de policías subió a inspeccionar el tren. Nicolás se enterró aún más entre los minerales, inmóvil, conteniendo la respiración. “Era ilegal estar ahí. Si me encontraban, me bajaban en cualquier lado”.
Al día siguiente, llegó al puerto de Nuadibú, en la costa atlántica de Mauritania, cubierto de polvo, con la ropa arruinada y el cuerpo al límite, pero con una energía difícil de describir. “Fue como estar en una montaña rusa de un día entero”, dice. Durante días no pudo dormir, envuelto en una mezcla de adrenalina, alivio y emoción. Mauritania seguía siendo un lugar extremo, pero esta vez, el recuerdo fue otro.

Destinos ocultos: lo que no está en los folletos
Además de anécdotas, Pasquali trae bajo el brazo una serie de recomendaciones para quienes buscan lugares fuera del radar turístico. Y no duda al momento de elegir:
“Todo el mundo va al Coliseo Romano. Es hermoso, sí, pero si podés viajar un poco más allá, Leptis Magna, en Libia, le gana por goleada. Es una ciudad romana en el norte de África, muchísimo más grande y mejor conservada. Y lo mejor: no hay turistas. Estás solo, en ruinas milenarias, caminando por donde peleaban los gladiadores de verdad”.

Otra joya escondida: las pirámides de Meroe, en Sudán. “Son más antiguas que las de Egipto y mucho más vírgenes. Como Sudán está fuera del circuito turístico, casi nadie las visita. Pero si se animan, la experiencia es única”.
También rescata Babilonia, en Irak. “Es una de las primeras civilizaciones de la humanidad. Hoy está olvidada porque queda en una zona de conflicto. Pero si uno logra ir, pisa historia pura”.
Redes sociales del entrevistado: Instagram @nicopasqualiok