San Antonio de los Cobres, en Salta.
San Antonio de los Cobres, en Salta. Foto: Estudia en Argentina.

En la pequeña localidad de San Antonio de los Cobres, en la Puna salteña, la vida transcurre a más de 3.700 metros de altitud bajo una condición que en cualquier otro lugar, sería letal: durante siglos, sus habitantes consumieron agua con niveles de arsénico hasta 20 veces superiores a los permitidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Sin embargo, lejos de sucumbir a este veneno natural, la población desarrolló una resistencia biológica única en el mundo.

El arsénico crónico suele provocar cáncer y malformaciones, pero un estudio liderado por la Universidad de Uppsala en 2015 reveló que los habitantes de esta zona poseen un metabolismo inusualmente eficiente y la clave reside en el gen AS3MT. Según la investigación, los pobladores de San Antonio de los Cobres presentan variantes genéticas que les permiten transformar el arsénico en una forma menos tóxica (DMA) para eliminarlo rápidamente por la orina.

Este fenómeno, descrito como un “barrido selectivo”, es la huella de la selección natural: a lo largo de 7.000 años, quienes poseían estas variantes tuvieron mayor éxito reproductivo, transmitiendo la protección a sus descendientes. Este hallazgo no es un caso aislado: estudios posteriores en comunidades aimara, quechua y uru de Bolivia detectaron señales evolutivas similares.

Contaminación por arsénico en el agua. Foto: Unsplash.

“La adaptación para tolerar el arsénico como factor de estrés ambiental probablemente ha impulsado un aumento en la frecuencia de variantes protectoras de AS3MT”, señaló el equipo científico, calificando el hecho como la primera evidencia de adaptación humana a una sustancia química tóxica. Además del arsénico, la vida en las alturas impone el desafío de la hipoxia (escasez de oxígeno). La ciencia descubrió que la evolución humana ha tomado caminos distintos dependiendo de la geografía:

  • Los Andes (Epigenética): a diferencia de otros grupos, los pueblos andinos no muestran un cambio masivo en su ADN para la altura, sino en su epigenética. Investigadores de la Universidad de Emory detectaron que el entorno modifica cómo se “encienden” los genes vinculados al sistema vascular, provocando paredes arteriales más gruesas para compensar la falta de oxígeno.
  • El Tíbet (Herencia antigua): en la meseta tibetana, la solución fue genética. Las mujeres con mayor éxito reproductivo poseen niveles de hemoglobina normales pero con alta saturación de oxígeno, evitando que la sangre se espese. Curiosamente, esta variante del gen EPAS1 fue heredada de los denisovanos, una especie humana extinta.

Estos descubrimientos desafiaron la idea de que la evolución humana es un proceso estático o finalizado. Por el contrario: demostraron que nuestra especie continúa “negociando” con su entorno, ya sea mediante la herencia de especies extintas o modificando su metabolismo para convertir un veneno milenario en una condición cotidiana de existencia.