Pacho O’Donnell: “Envejecer con coraje y dignidad es un acto de rebeldía”
A los 84 años, el historiador y psicoanalista Pacho O’Donnell reivindica la ancianidad como un espacio de orgullo y resistencia frente a una cultura que prioriza la juventud.

A sus 84 años, Pacho O’Donnell se presenta con una vitalidad que desafía los prejuicios de una cultura que suele ocultar la ancianidad tras el brillo de lo joven. Como historiador y psicoanalista, sostiene que “hablar de envejecer con coraje y dignidad es un acto de rebeldía, subversivo”, una postura que lo ha convertido en un referente contra el desprecio por la vejez. Con su nueva obra, El arte de envejecer, vuelve a posicionarse en el centro del debate sobre cómo habitar esta etapa con autenticidad y sin reservas.
A pesar de haber enfrentado crisis de salud graves y limitaciones físicas en los últimos años, el autor mantiene un ritmo de trabajo constante y una actitud equilibrada frente a la vida. Su propósito diario se mantiene intacto a través de la escritura y el teatro, demostrando que incluso con una “insuficiencia cardíaca diagnosticada hace tiempo”, es posible transitar el tiempo con plenitud. Para él, asumir la edad actual no es una derrota, sino una forma de seguir “bien tratado” y activo en un mundo que prefiere ignorar el paso de los años. En diálogo con La Nación, repasó distintos aspectos de su vida hasta llegar a su etapa de la vejez.
–Cuando vi la tapa de Noticias –hace tiempo ya– con usted de musculosa pensé “este hombre se acaba de separar de la mujer…”
–No, nada que ver, sigo casado y muy feliz con mi esposa, que es una gastroenteróloga infantil muy reconocida. Pero no es el tema del que más me gusta hablar porque creo que se contaminó demasiado mi imagen y hubo gente que se olvidó de que en realidad soy un escritor. Hubo una gran viralización.
–Eso lo convirtió en influencer…
Sí, lo que pasa es que eso a veces es ajeno a uno. Sin embargo, tengo que reconocer que mucha gente me dijo que le había hecho bien, porque hablé del cuerpo y se supone que el cuerpo es de los jóvenes. Que a medida que va cumpliendo años uno abandona el cuerpo. Y no es así. El cuerpo está ahí, reacciona y cambia, se transforma. Igual que el sexo, el sexo está ahí. Lo que pasa es que se cree que los viejos somos asexuados. Y de las mujeres, en función de la prescripción cultural de la reproducción, se supone que cuando ya no pueden tener más hijos, pierden el sexo. Y no es así. Tenemos el sexo hasta el último día de nuestras vidas.
–¿Cómo definiría el sexo en la vejez?–
No es el sexo de los 20 años, pero es un sexo con componentes eróticos, muy satisfactorio, como la caricia, la ternura. A medida que envejecés, vas privilegiando mucho el amor. O sea, vas sintiendo que lo más importante es lo que tiene que ver, por ejemplo, con las relaciones familiares.
–¿Qué es la vejez, Pacho?
La vejez es una edad de balance donde te das cuenta de lo importante que es el tiempo y de qué poco tiempo le has dedicado a las cosas que realmente valen para vos. Bueno, cierto es que hay muchas razones para distraerte, ¿no? De todo. El pago del colegio de los chicos, los servicios, la oficina…
–¿Qué tiene de bueno esta etapa de la vida que cada vez se prolonga más?
Lo bueno es que, al ser más larga, te da más tiempo a reparar. Uno puede decir, “bueno, no he tenido la vida que realmente hubiera debido tener, pero si quiero podría encarrilarla.” Es el tiempo también de devolver todas las cosas que recibimos de otros, de tener las charlas postergada. Yo propongo hacer una lista de la gente que uno realmente ama y preguntarte si le dijiste alguna vez lo mucho que significa para vos, más allá de las fechas convencionales, las Fiestas, los cumpleaños… Hay que vaciar la mochila de cosas sin expresar.
–¿Qué más le encuentra de bueno?
Por ejemplo, que uno puede hacer aquello que no hizo antes, estudiar lo que te hubiera gustado estudiar y no estudiaste, conocer lo que te hubiera gustado conocer y no conociste. Bartolomé Mitre, por ejemplo, vivió 84 años, mucho tiempo en el siglo XIX, y dijo en ese momento que él en realidad era un poeta. Y publica un poema de juventud y traduce La Divina Comedia del italiano antiguo a lo español antiguo, absolutamente épico. El Quijote es otro ejemplo. Es un viejo de 50 años, como dice Cervantes, que ha pasado toda la vida leyendo novelas de caballería. Cuando llega a viejo, decide que él va a ser el caballero andante. Y se lanza a los caminos de La Mancha a cumplir con su verdadera vocación. Cada vez vemos más gente que termina una carrera universitaria de viejo.
–¿Fue necesaria una insuficiencia cardíaca para llegar a esta síntesis?
Yo creo que todo se junta…y es cierto que te vuelves un poco más sabio en la vejez. Te das cuenta que llegó el tiempo de decir gracias. Hay gente que ha sido muy importante en la vida de uno, porque te dio un buen consejo, te abrió una puerta. Pero después te das cuenta de que nunca se lo dijiste realmente. Yo he llamado a gente, por ejemplo, el doctor Sisto, que me atendió gratuitamente en mi adolescencia, en mi juventud, digamos, cuando yo estaba realmente muy mal, muy neurótico. Lo llamé después de 30 o 40 años para decirle: “Muchas gracias, su participación fue muy importante en mi vida”.
–¿Qué le había pasado en aquel momento?
Crisis de angustia. Era muy joven, un chico muy solitario, muy angustiado. Bueno, el que me salvó fue el doctor Sisto. Yo había empezado a estudiar Medicina y él nos dio una clase. Me gustó y entonces me acerqué con mucho pudor. Me atendió durante un tiempo gratuitamente y después ya pasé al psicoanálisis más formal. Bueno, este hombre me ayudó en ese momento y sentí que debía agradecerle. Otra cosa que hay que hacer es decir “te quiero” y pedir perdón. Hay que echar abajo los prejuicios del amor propio y decir “disculpame”, aunque uno tenga la razón o la tenga el otro, no importa.
–¿Cuándo nos convertimos en viejos? ¿A partir de nuestra mirada o de la mirada externa?
Hay una convención de que la vejez empieza a los 65, ¿no? La llamada tercera edad. Pero después, si hacés estudios biológicos, hay gente que tiene más rápidamente un deterioro de sus aspectos vitales que otros. O sea que es muy difícil medirla. Lo que sí es verdad es que empezamos a envejecer desde que tenemos 20 años, ahí comienza el deterioro, y va avanzando hasta llegar a la muerte.
–¿Cuál diría que es la mejor edad de la vida?
Mire, hay una edad entre los 65 y los 75, diríamos, cuando las enfermedades no han avanzado tanto sobre tu cuerpo, que es posiblemente la mejor edad de la vida, si llegás bien hasta ahí. No tenés que dedicarte a sobrevivir como, lamentablemente, le ocurre a la enorme cantidad de ancianos en nuestro país en estos tiempos de gran crisis económica que vivimos. Pero a partir de los 75, 80, el cuerpo empieza a ceder, la cosa se complica. Yo te diría que los 80 es la edad ya de la vejez declarada.
–¿Pero no hay algo de actitud personal? Clint Eastwood, con más de 90, sigue filmando, y dice que se ocupa cada día de no dejar entrar “al viejo”.
¡Ve! ¡Ahí está el prejuicio! Implica que lo viejo es malo y hay que impedirlo. Lo viejo no es lo malo, lo viejo es una etapa de la vida que uno tiene que vivirla lo mejor posible. Lo que pasa es que nos acerca a la muerte y entonces se fundan todos los prejuicios sobre la vejez. En una sociedad como la que vivimos, centrada sobre la juventud, sobre lo rápido, sobre lo fugaz, los viejos tenemos poco que hacer. Hay un gran prejuicio con la vejez. Parecés un viejo, te vestís como un viejo. Está todo el rechazo a la vejez con el soporte, digamos, de empresas muy importantes que se dedican a operaciones plásticas, bótox, tratamientos rejuvenecedores, que son funcionales a ese prejuicio. Son una trampa para hacer de cuenta que el tiempo no pasa. Y aquí aparece la inaceptabilidad del morir, que es algo profundamente humano. Uno tiene que asumirse como viejo, o como anciano, y organizar su vida de acuerdo a esas circunstancias. Yo digo que hay que dejar entrar al viejo y vivirlo lo más satisfactoriamente posible.
–Para dejar entrar al viejo, ¿cree que es necesario tener un trabajo personal, haber hecho terapia o algún tipo de evolución espiritual?
Uno prepara la vejez, es una consecuencia de lo que ha vivido antes en gran medida. Pero hay ciertas claves que son importantes. Primero, todos vamos a ser viejos. Aunque nos ocupemos en negarlo, no hay caso. Todos llegamos ahí. Y hay que saber que también se pagan en la vejez los pecados de juventud. Si has tenido exceso de peso, seguramente las rodillas en tu vejez te lo van a recordar. O si fumás, seguramente las escaleras en tu vejez te lo van a recordar. Yo fijo tres pilares que pueden ayudarte a una vejez satisfactoria.
–Más allá de los problemas socioeconómicos, que en la Argentina no son menores, ¿cuáles serían los tres pilares?
Uno es estar en buen estado físico. Llegar en buen estado físico y continuar haciendo actividad física adecuada a la edad. Eso te activa el sistema respiratorio, el sistema circulatorio, te mejora el aparato inmunológico, te eleva la autoestima. Te hace amigo de los espejos. Y tiene que ver con hacer ejercicio, comer bien, o sea, comer la mayor cantidad de fruta, de pescado, o huevos, o sea lo que sea puede ser considerado una buena dieta. Otro elemento clave: socializar. Una de las grandes amenazas de la vejez es la depresión, y la soledad es una invitación a la depresión. O sea, uno tiene que hacer un esfuerzo para incluirse en grupos, para tener una vida para importarle a otros, que otros se preocupen porque un día faltás. En la Argentina hay muchas parroquias, muchos templos, muchas municipalidades que tienen grupos, generalmente gratuitos, grupos de ajedrez, de cocina, de cultura, etcétera. Ahí hay que obligarse a estar. Y el tercer elemento clave es tener un propósito. Los viejos tenemos que tener cosas que hacer. Levantarnos a la mañana y pensar qué haremos en el día. No es un tiempo para sentarse frente a un televisor y esperar al final.
–¿Qué pasa con el coraje de envejecer cuando la economía no da margen para hacerlo con dignidad?
Soy muy consciente de que hay una situación de maltrato. El maltrato principal es la jubilación miserable. Otro es el maltrato estructural. Por ejemplo, el mal estado de las veredas. A las personas mayores no nos es fácil caminar y mucho menos en lugares tan irregulares y tan complicados como suelen ser las veredas. Otra cosa: el poco tiempo que nos dan para cruzar las avenidas. El tiempo de los semáforos está calculado para jóvenes de paso vivo, pero no para para personas lentas, digamos, como somos los viejos. Debo admitir que todo está dedicado a la supervivencia. Además, la crisis tiene efectos colaterales. Las familias pierden la capacidad de proteger a sus viejos. Los viejos nos volvemos en muchísimos casos una carga. En la Argentina lo público termina con la jubilación, mal termina con la jubilación. Pero no hay ningún proyecto para todo el tiempo que viene después de la jubilación. Faltan políticas públicas.
–¿Cuándo nos convertimos en viejos? ¿A partir de nuestra mirada o de la mirada externa?
Hay una convención de que la vejez empieza a los 65, ¿no? La llamada tercera edad. Pero después, si hacés estudios biológicos, hay gente que tiene más rápidamente un deterioro de sus aspectos vitales que otros. O sea que es muy difícil medirla. Lo que sí es verdad es que empezamos a envejecer desde que tenemos 20 años, ahí comienza el deterioro, y va avanzando hasta llegar a la muerte.
–¿Cuál diría que es la mejor edad de la vida?
Mire, hay una edad entre los 65 y los 75, diríamos, cuando las enfermedades no han avanzado tanto sobre tu cuerpo, que es posiblemente la mejor edad de la vida, si llegás bien hasta ahí. No tenés que dedicarte a sobrevivir como, lamentablemente, le ocurre a la enorme cantidad de ancianos en nuestro país en estos tiempos de gran crisis económica que vivimos. Pero a partir de los 75, 80, el cuerpo empieza a ceder, la cosa se complica. Yo te diría que los 80 es la edad ya de la vejez declarada.
–¿Pero no hay algo de actitud personal? Clint Eastwood, con más de 90, sigue filmando, y dice que se ocupa cada día de no dejar entrar “al viejo”.
¡Ve! ¡Ahí está el prejuicio! Implica que lo viejo es malo y hay que impedirlo. Lo viejo no es lo malo, lo viejo es una etapa de la vida que uno tiene que vivirla lo mejor posible. Lo que pasa es que nos acerca a la muerte y entonces se fundan todos los prejuicios sobre la vejez. En una sociedad como la que vivimos, centrada sobre la juventud, sobre lo rápido, sobre lo fugaz, los viejos tenemos poco que hacer. Hay un gran prejuicio con la vejez. Parecés un viejo, te vestís como un viejo. Está todo el rechazo a la vejez con el soporte, digamos, de empresas muy importantes que se dedican a operaciones plásticas, bótox, tratamientos rejuvenecedores, que son funcionales a ese prejuicio. Son una trampa para hacer de cuenta que el tiempo no pasa. Y aquí aparece la inaceptabilidad del morir, que es algo profundamente humano. Uno tiene que asumirse como viejo, o como anciano, y organizar su vida de acuerdo a esas circunstancias. Yo digo que hay que dejar entrar al viejo y vivirlo lo más satisfactoriamente posible.
–Para dejar entrar al viejo, ¿cree que es necesario tener un trabajo personal, haber hecho terapia o algún tipo de evolución espiritual?
Uno prepara la vejez, es una consecuencia de lo que ha vivido antes en gran medida. Pero hay ciertas claves que son importantes. Primero, todos vamos a ser viejos. Aunque nos ocupemos en negarlo, no hay caso. Todos llegamos ahí. Y hay que saber que también se pagan en la vejez los pecados de juventud. Si has tenido exceso de peso, seguramente las rodillas en tu vejez te lo van a recordar. O si fumás, seguramente las escaleras en tu vejez te lo van a recordar. Yo fijo tres pilares que pueden ayudarte a una vejez satisfactoria.
–Más allá de los problemas socioeconómicos, que en la Argentina no son menores, ¿cuáles serían los tres pilares?
Uno es estar en buen estado físico. Llegar en buen estado físico y continuar haciendo actividad física adecuada a la edad. Eso te activa el sistema respiratorio, el sistema circulatorio, te mejora el aparato inmunológico, te eleva la autoestima. Te hace amigo de los espejos. Y tiene que ver con hacer ejercicio, comer bien, o sea, comer la mayor cantidad de fruta, de pescado, o huevos, o sea lo que sea puede ser considerado una buena dieta. Otro elemento clave: socializar. Una de las grandes amenazas de la vejez es la depresión, y la soledad es una invitación a la depresión. O sea, uno tiene que hacer un esfuerzo para incluirse en grupos, para tener una vida para importarle a otros, que otros se preocupen porque un día faltás. En la Argentina hay muchas parroquias, muchos templos, muchas municipalidades que tienen grupos, generalmente gratuitos, grupos de ajedrez, de cocina, de cultura, etcétera. Ahí hay que obligarse a estar. Y el tercer elemento clave es tener un propósito. Los viejos tenemos que tener cosas que hacer. Levantarnos a la mañana y pensar qué haremos en el día. No es un tiempo para sentarse frente a un televisor y esperar al final.
–¿Qué pasa con el coraje de envejecer cuando la economía no da margen para hacerlo con dignidad?
Soy muy consciente de que hay una situación de maltrato. El maltrato principal es la jubilación miserable. Otro es el maltrato estructural. Por ejemplo, el mal estado de las veredas. A las personas mayores no nos es fácil caminar y mucho menos en lugares tan irregulares y tan complicados como suelen ser las veredas. Otra cosa: el poco tiempo que nos dan para cruzar las avenidas. El tiempo de los semáforos está calculado para jóvenes de paso vivo, pero no para para personas lentas, digamos, como somos los viejos. Debo admitir que todo está dedicado a la supervivencia. Además, la crisis tiene efectos colaterales. Las familias pierden la capacidad de proteger a sus viejos. Los viejos nos volvemos en muchísimos casos una carga. En la Argentina lo público termina con la jubilación, mal termina con la jubilación. Pero no hay ningún proyecto para todo el tiempo que viene después de la jubilación. Faltan políticas públicas.
–¿Cómo es un día en su vida actual?
Siempre tengo, por suerte, algo que hacer. Lo del propósito. Estoy escribiendo, escribo últimamente, digamos, con el tiempo de mi vejez. He estado muy creativo. Tengo un libro prácticamente terminado y una idea para una obra de teatro que ya tengo comenzada. Es una actividad principal, o sea, una actividad de escribir y leer. En cuanto a lo físico estoy más limitado, camino con bastón, pero hago bicicleta fija, tengo vida social, me visitan amigos. Sigo haciendo pesas y aunque no me gusta mucho, trato de caminar.
–En su libro tiene unos preciosos relatos sufíes y hay referencias espirituales. ¿Qué importancia le da a la espiritualidad en esta etapa de la vida?
Mucha, mucha, mucha. Yo siento, por ejemplo, que tengo un vínculo con las personas que me han amado y que yo he amado. Yo me he sentido toda la vida protegido por las personas. Que no es un sentimiento religioso, es un sentimiento más espiritual, casi supersticioso. Pero siempre he vivido con la idea del acompañamiento. Yo los llamo los custodios. La espiritualidad es un vínculo con uno mismo muy necesario. En la vejez es un momento de mucha interioridad, de mucho recogimiento y diálogo interior.
–¿Cómo se transitan los duelos en la vejez?
Ah, muy duro, porque hay muchos. La vejez es una época de duelos. Se pierden muchas cosas. Amigos, seres queridos. Se pierde el trabajo que no es solo por la jubilación sino que es perder también un grupo de gente con la cual, bien o mal, uno ha convivido durante mucho tiempo. Se pierde la identidad también, o sea, cuando te preguntan “quién sos”... “y bueno, yo soy ingeniero, soy empleado”. Cuando dejás de trabajar, parecería que perdés la identidad también, ¿no? Perdés la imagen de vos mismo, se cambia tu cuerpo. Aquí, en este momento, son muy importantes las incorporaciones, o sea, los duelos, pero también incorporar cosas nuevas, nuevas emociones, nuevas sensaciones, nuevas vocaciones. Esto ayuda a transitar los duelos.
–¿Se pregunta sobre el sentido de la vida?
La vida tiene el sentido que le des. Tenés la obligación de darle sentido. No podés pasarte la vida pidiendo el deseo de otro. Tibiamente. Siempre recuerdo en la Biblia cuando Dios dice, “no eres ni frío ni caliente, te escupo de mi boca. Porque eres tibio”. Y Dante le da a los tibios el último lugar del infierno. En la lucha de los ángeles malos y los ángeles buenos, los tibios son los ángeles que se quedaron mirando la pelea, pero no participando. Es importante no ser tibio. Arriesgarse a tomar decisiones difíciles. Yo por momentos pienso que la vida son las decisiones que uno toma. O las que no tomás. Ahí se juega el sentido de la vida.
–¿Qué le queda por hacer, por decir, por escribir?
Creo que, si me muero hoy, la vida me va a interrumpir varias cosas que estoy haciendo o sintiendo.
–¿Quién es usted cuando apaga la luz por la noche?
Recuerdo, recuerdo escenas, figuras, personas, sentimientos… En esa cosa que generalmente tenemos las personas mayores, que nos cuesta dormirnos, ¿cierto? Y tenemos un rato largo ahí para recordar, para planear también, ¿no? Como te decía hace un rato, el propósito. Es muy importante tener propósitos en la vejez. Pensar qué hacer al día siguiente
–¿Cómo hacer para que envejecer sea un arte?
Stanislaw Lec decía que la “juventud es un regalo de la naturaleza, pero la vejez es una obra de arte”. Una obra de arte incompleta, algo deslucida por ahí y con algunas partes llenas de talento. Pero obra de arte al fin. Es el tiempo de valorar las cosas simples: una buena siesta, una conversación serena y que el analgésico no te provoque acidez. No tenemos que demostrar nada. Simplemente estamos. Y si un día salimos con una media de cada color, bueno, que se rían los demás. Claro que no todo es poesía, hay achaques, olvidos no tan graciosos, pero incluso esto si lo miramos con ironía puede ser llevadero. Un día en un consultorio alguien dijo que “la vejez no es para cobardes”, y tenía razón. Hay que tener mucho valor para levantarse cada día y decidir seguir adelante, aunque te duelan los huesos y atarte los zapatos sea cada vez más difícil.















