Volodimir Zelenski y Donald Trump en Florida.
Volodimir Zelenski y Donald Trump en Florida. Foto: REUTERS

A cuatro años del inicio de la guerra en Ucrania, el conflicto revela su realidad geopolítica: una disputa por el orden europeo en la que Rusia buscó evitar quedar desplazada por la convergencia entre la expansión europea y la penetración china, mientras Estados Unidos emergió como beneficiario.

La importancia de Ucrania

Ucrania no es solo un territorio en disputa, sino un pivote geopolítico. Como advirtió Zbigniew Brzezinski, la existencia de Ucrania como Estado independiente condiciona la naturaleza del poder ruso: sin Ucrania, Rusia pierde su condición de imperio euroasiático; con Ucrania bajo su influencia, recupera masa estratégica, profundidad territorial y acceso decisivo al Mar Negro. Este dato explica por qué el conflicto excede la lógica militar inmediata y se inscribe en una competencia de largo plazo.

Sin embargo, la decisión rusa de intervenir no puede comprenderse únicamente como reacción frente a la OTAN. También debe leerse como un intento de impedir la emergencia de un orden europeo en el cual Ucrania se transformará en el espacio de convergencia de dos dinámicas que Moscú percibía como estratégicamente desfavorables: la proyección alemana hacia el Este y la penetración económica china.

Viejas ambiciones alemanas

Durante la última década, Ucrania comenzó a integrarse progresivamente en el espacio económico europeo, un proceso en el cual Alemania emergió como el actor central. La expansión de la influencia germana hacia el este sugería la consolidación de Ucrania dentro de una órbita económica liderada por Berlín. Esta dinámica guarda paralelismos históricos con los objetivos alemanes de la Primera y Segunda Guerra Mundial: el control de los recursos agrícolas ucranianos, tradicionalmente considerados el ‘granero de Europa.

Para Moscú, este escenario implicaba no solo la pérdida definitiva de Ucrania, sino también la consolidación de Alemania como núcleo estratégico del continente, reduciendo el margen de maniobra ruso en Europa.

China y Ucrania

A esta dinámica se sumaba una segunda variable, menos discutida pero igualmente relevante: China. Antes del conflicto, Pekín había incrementado significativamente su presencia económica en Ucrania, especialmente en el sector agrícola, donde se estima que obtuvo el control de aproximadamente el 5% de las tierras cultivables. Todo indicaba que el país eslavo podría consolidarse como un nodo estratégico para la proyección china hacia Europa. De hecho, algunos medios, incluyendo RT, advirtieron que tales acuerdos podrían sentar las bases para una eventual adquisición a gran escala de la superficie agrícola ucraniana por parte de Beijing.

La guerra, sin embargo, también alteró la proyección china. La inestabilidad y la destrucción de infraestructura retrasaron las iniciativas asociadas a corredores comerciales y redujeron la previsibilidad necesaria para las inversiones a largo plazo. En particular, el conflicto restringió el desarrollo terrestre de la Iniciativa de la Franja y la Ruta hacia Europa a través de territorio ucraniano.

A ello se sumó el impacto sobre el mercado global de granos: Ucrania, como uno de los principales exportadores agrícolas del mundo, es un actor central para la seguridad alimentaria internacional. La interrupción de rutas, los bloqueos en el mar Negro y la militarización del entorno logístico afectaron no solo a los mercados internacionales, sino también a los intereses de Beijing, que dependían directamente de la estabilidad del suministro ucraniano

Ante este escenario, ¿podía Rusia quedarse de brazos cruzados? Desde la perspectiva del Kremlin, este proceso entrañaba el riesgo de que Ucrania se transformara en un punto de convergencia para el capital europeo y la penetración china. Esto amenazaba con dejar a Rusia estratégicamente desplazada, comprimida entre dos polos de influencia global que avanzaban sobre su zona de seguridad histórica.

Estados Unidos, el más beneficiado

Paradójicamente, el resultado actual del conflicto ha beneficiado a un tercer actor: Estados Unidos. La ruptura de la relación energética entre Europa y Rusia reconfiguró de manera profunda la economía política del continente.

Washington se convirtió en un proveedor energético central para Europa, al tiempo que la OTAN recuperó cohesión y relevancia estratégica. La guerra limitó simultáneamente a Rusia, contuvo la autonomía estratégica europea, especialmente la alemana, y reforzó el papel estadounidense como garante del equilibrio continental.

Volodimir Zelenski y Donald Trump. Foto: REUTERS

La guerra continúa

Cuatro años después, la guerra continúa sin un ganador claro y ha evolucionado hacia un conflicto prolongado. Rusia ha evitado la consolidación de un orden europeo completamente excluyente, Europa ha profundizado su dependencia en seguridad y energía respecto de Estados Unidos, y China ha visto ralentizada su proyección geoeconómica sobre uno de los pivotes centrales del espacio euroasiático.

Desde esta perspectiva, la ausencia de un desenlace decisivo puede resultar estratégicamente funcional para Washington: Rusia permanece contenida, la autonomía estratégica europea queda condicionada y la expansión de corredores económicos alternativos vinculados a la proyección china encuentra mayores restricciones.

La guerra no ha decidido un ganador, pero sí ha delimitado el terreno donde se definirá el orden europeo y euroasiático del siglo XXI.