La Gran Muralla Verde de China, una reforestación masiva.
La Gran Muralla Verde de China, una reforestación masiva. Foto: Instagram @ecoinventos

Los bosques de China no están creciendo porque sí. Detrás de ese avance verde hay una política de Estado sostenida durante décadas, diseñada para frenar el avance de los desiertos y recuperar tierras degradadas mediante la plantación de miles de millones de árboles.

Sin embargo, esta ambiciosa reforestación masiva empieza a mostrar efectos colaterales que van mucho más allá del paisaje: dos estudios recientes advierten sobre alteraciones profundas en el ciclo del agua a escala continental.

La Gran Muralla Verde

Aunque el desierto del Gobi suele acaparar la atención, el Taklamakan representa uno de los mayores desafíos ambientales del país. Con una superficie de más de 337.000 kilómetros cuadrados, de los cuales el 85% está compuesto por dunas, este desierto genera intensas tormentas de arena que afectan a poblaciones rurales, destruyen cultivos y, en determinadas épocas del año, incluso impactan en países vecinos como Corea del Sur, Corea del Norte y Japón.

China construye una “Gran Muralla Verde” con 4.500 kilómetros de árboles.

Ante el avance constante de estas zonas áridas, en 1978 China lanzó el Programa Forestal de Refugio de los Tres Nortes, una estrategia conocida popularmente como la “Gran Muralla Verde”. El plan consiste en crear extensos cinturones forestales para contener la expansión de los desiertos y aumentar la cobertura vegetal del país, que pasó de poco más del 5% a fines del siglo XX a cerca del 15% en la actualidad. El objetivo final es completar, hacia 2050, una barrera verde de unos 4.500 kilómetros.

Hoy, el Taklamakan ya se encuentra rodeado por un cinturón forestal de aproximadamente 3.000 kilómetros, y los registros muestran una reducción significativa en la frecuencia e intensidad de las tormentas de arena.

El impacto sobre el agua

La reforestación no se limita a una sola región. En desiertos como Ulanbuh, Korqin, Hunshandake, Maowusu y Kubuqi se han creado decenas de miles de kilómetros cuadrados de bosques y pastizales. Pero mientras los beneficios sobre la erosión y la calidad del aire son evidentes, los científicos comenzaron a detectar un efecto secundario inesperado: una modificación del ciclo hidrológico.

¿De qué se trata el proyecto Gran Muralla Verde?. Foto Unsplash.
La Gran Muralla Verde, una ambiciosa reforestación en China.

Un estudio publicado en la revista Earth’s Future señala que la expansión de la vegetación incrementó de manera notable la evapotranspiración. En términos simples, los nuevos bosques extraen más agua del suelo y la liberan a la atmósfera, desde donde es transportada por los vientos hacia otras regiones.

Como consecuencia, zonas como la meseta tibetana reciben mayores precipitaciones, mientras que áreas del noroeste chino y regiones influenciadas por el monzón registran una reducción en su disponibilidad hídrica neta.

Una redistribución desigual

Los investigadores explican que los bosques y pastizales restaurados transpiran considerablemente más agua que los suelos desnudos o los cultivos tradicionales. Esa humedad adicional se desplaza en la atmósfera y cae en forma de lluvia en otros territorios, generando un reparto desigual del recurso.

A escala nacional, los datos muestran que la evapotranspiración aumentó en promedio 1,71 milímetros por año, la precipitación creció 1,24 milímetros anuales y, paradójicamente, la disponibilidad de agua subterránea y superficial disminuyó en 0,46 milímetros por año.

La Gran Muralla Verde alteró el clima. Foto: Unsplash.

Reverdecer o preservar el agua

Estos resultados coinciden con otro estudio publicado recientemente, basado en el análisis de más de mil estaciones hidrológicas durante seis décadas, que reveló una caída superior al 70% en el caudal de muchos ríos. Según los autores, este fenómeno no responde principalmente al cambio climático, sino a las transformaciones del paisaje impulsadas por la intervención humana.

Los árboles necesitan grandes cantidades de agua para crecer, y la magnitud del proyecto hace que funcionen, en conjunto, como una enorme bomba biológica que reduce el volumen de agua disponible para ríos y acuíferos.

Así, China enfrenta una tensión creciente entre dos objetivos ambientales: expandir sus áreas verdes y preservar sus recursos hídricos, sabiendo que el agua evaporada no siempre regresa a las mismas regiones donde fue absorbida.

Un desafío de largo plazo

Los científicos advierten que será necesario replantear la gestión del agua incorporando no solo las cuencas terrestres tradicionales, sino también lo que llaman la “cuenca atmosférica”, es decir, el recorrido que sigue el vapor de agua una vez liberado por la vegetación.

La Gran Muralla Verde alteró el clima. Foto: Unsplash.

El desafío es urgente: al programa de reforestación aún le quedan más de dos décadas por delante y ha implicado una inversión enorme, tanto en plantaciones directas como en políticas de protección forestal y estímulos para reconvertir tierras agrícolas en pastizales.

Además, los impactos no se limitan al plano ambiental. La prohibición de la tala en bosques primarios dentro de China derivó en un aumento de la explotación maderera en países vecinos, como Myanmar, lo que sumó tensiones geopolíticas a una estrategia pensada originalmente para proteger el ecosistema.