Niños, autismo. Foto: Unsplash.

El incremento en los diagnósticos de trastorno del espectro autista (TEA) en las últimas décadas es atribuible a distintos factores: una definición más amplia del trastorno, una mayor conciencia social y una detección más temprana y precisa.

Expertos enfatizan que, para brindar un apoyo adecuado, es crucial entender la diversidad del espectro, que abarca desde síntomas leves hasta discapacidades intelectuales profundas. Nuevos estudios genéticos sugieren que, aunque la carga hereditaria es importante, el entorno juega un papel clave en su desarrollo, y la búsqueda de tratamientos farmacológicos efectivos sigue siendo un desafío pendiente.

Más que una sola patología

El autismo no es una condición única. La definición actual del trastorno del espectro autista abarca una gama muy amplia de síntomas. En un extremo, se encuentran personas con manifestaciones relativamente leves que pueden llevar una vida independiente. En el otro, individuos con discapacidades intelectuales profundas que requieren apoyo y atención a tiempo completo. Por ello, los especialistas insisten en que “hay que dejar de considerar el trastorno como una única patología” para poder observar y atender sus diferentes formas de manera efectiva.

El peso de la genética y el entorno

La ciencia reconoce un componente genético fuerte en el autismo. Se estima que la mayoría de los casos se derivan de variantes genéticas comunes en la población, donde cada una aumenta solo ligeramente el riesgo. El problema surge cuando un niño hereda muchas de estas variantes de ambos padres; se cree que cientos de miles de genes podrían estar implicados.

Sin embargo, investigaciones recientes, como las publicadas en la revista Nature por la Universidad de Princeton, aseguran que “la genética nunca será suficiente para explicar por qué el autismo se desarrolla como lo hace”. El entorno de una persona también es importante. Un ejemplo citado es que la mayor edad parental se vincula con una mayor probabilidad de autismo en el hijo, aunque el mecanismo último pueda ser genético.

Kennedy afirma que el autismo lo causa una "toxina ambiental" y que se puede prevenir. Foto: Unsplash.

La búsqueda de tratamientos efectivos

Actualmente, ningún medicamento aprobado modifica los síntomas centrales del autismo, como los deterioros en la comunicación o los pensamientos repetitivos. Los científicos siguen buscando fármacos que aborden estos núcleos del trastorno.

Mientras tanto, algunos tratamientos, como la risperidona (un antipsicótico), pueden ayudar a manejar síntomas conductuales asociados como la irritabilidad, la agresividad y las autolesiones. Esta distinción es crucial: existen apoyos para aspectos específicos, pero no una cura o tratamiento integral para el núcleo del TEA.

El camino para mejorar las intervenciones pasa por una comprensión más profunda de la biología de la enfermedad, lo que implica avanzar tanto en las causas genéticas como en las ambientales. Por eso, resulta fundamental realizar relevamientos más amplios y abarcativos de las personas que lo padecen para lograr un seguimiento detallado que vaya más allá de lo puramente genético y capture la compleja interacción con el entorno en el que viven.