Un tramo de casas “invertidas”, una esquina catalana que parece importada de Europa
Un tramo de casas “invertidas”, una esquina catalana que parece importada de Europa Foto: Instagram @pueblosbuenosaires

San Mayol está en el partido de Tres Arroyos, al sur bonaerense: un caserío rodeado de campo que, por años, muchos turistas confundieron con “pueblo fantasma”. La paradoja es que hoy ocurre lo contrario: justamente por lo singular de su trazado y su arquitectura, se convirtió en una escapada buscada por quienes coleccionan historias raras de la provincia.

Hay un dato que ordena la cronología: 1907. Esa fecha marca el nacimiento simbólico del pueblo, ligado al paso del tren y a la estación que le dio pulso a la zona. La lógica era la de tantos pueblos ferroviarios: cosechas, acopio, circulación de trabajadores y una promesa de crecimiento que parecía inevitable.

El sueño urbano de Jorge Mayol: construir “hacia arriba” en plena pampa

La historia local tiene apellido: Mayol. En especial, el ingeniero Jorge Mayol, quien diseñó un trazado ambicioso y poco común para el paisaje pampeano. En lugar de casas bajas, separadas y con patio al costado, en San Mayol muchas viviendas se levantaron pegadas entre sí y en dos plantas, como si el pueblo estuviera practicando para ser ciudad.

A pocos kilómetros de Tres Arroyos, existe un pueblo mínimo con una postal imposible Foto: Wikipedia

Ese “capricho” de ladrillo tiene una explicación cultural: los Mayol tenían raíces en Cataluña, y esa memoria arquitectónica viajó con ellos. El resultado fue una estética europea plantada en el medio de la llanura: líneas prolijas, alturas inusuales, herrería trabajada y un aire de barrio obrero que desentona con el entorno.

La “Esquina Catalana”: siete casas y un pedazo de Europa en Buenos Aires

Si hay una postal que resume el asombro, es la Esquina Catalana: un conjunto de siete casas en hilera sobre la calle principal. Sus detalles lo dicen todo: balcones con hierro forjado, portones de madera con terminaciones geométricas y un gran arco que en su momento conducía a un patio compartido.

Aquí aparece otra pareja clave en el relato: Arsinda Mayol y Francisco Masferrer, catalán, vinculados a la consolidación de ese perfil arquitectónico. Y como en toda historia bonaerense con ramificaciones europeas, hay un guiño a la vida transatlántica de época: la familia mantenía lazos con el Viejo Mundo, incluso con episodios trágicos asociados a viajes marítimos del período.

Las “casas inversas”: cuando la electricidad cambió la cara del barrio

Lo de “casas invertidas” no es metáfora: en San Mayol existe un bloque de viviendas conocidas como casas inversas porque, con el tiempo, lo que era contrafrente pasó a ser frente.

Un detalle que desconcierta a cualquier GPS: sus calles no tienen nombre Foto: Instagram @pueblosbuenosaires

El origen es tan doméstico como genial: al reorganizarse el espacio para permitir el tendido eléctrico y la apertura de una calle, parte de los patios se cedieron y la orientación se invirtió. Dicho simple: el pueblo no se mudó… se reacomodó, y en ese movimiento quedó una rareza urbanística que hoy se recorre como atracción.

Dato de color (real): en San Mayol, además, las calles no tienen nombre; por eso, históricamente, muchas direcciones se resuelven con referencias generales como “planta urbana s/n”, algo que siempre llama la atención del visitante.

La iglesia que no debería estar ahí

En el centro emocional del pueblo se levanta un edificio que descoloca por escala y presencia: la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, proyectada por Jorge Mayol e inaugurada en 1933. Es un ícono patrimonial: el Honorable Concejo Deliberante de Tres Arroyos la declaró Edificio Histórico mediante la Ordenanza 5892/08, que exige preservar su estilo original.

Lo más fascinante es la historia que la explica Foto: Wikipedia

La historia suma una tradición popular: el templo celebra su patrono cada 11 de mayo, una fecha que funciona como reencuentro para residentes y “ex residentes” que vuelven por la fiesta.

Apogeo, tren que se va y economía que se apaga

Como en tantos pueblos nacidos a la vera del riel, el punto de quiebre fue cuando el tren dejó de pasar. Fuentes periodísticas ubican esa retirada hacia la década de 1980, y con ella empezó el cierre de actividades y servicios.

Durante el auge, el entramado comercial sostenía vida cotidiana y trabajo: se destaca la firma Tavelli Hermanos, activa desde 1923, que llegó a concentrar rubros tan variados como acopio de cereales, almacén, ferretería, carnicería, bar y hasta hotel. También fue relevante la Cooperativa Agrícola local (fundada en 1932), hoy recordada incluso a través de sus edificios y relatos, parte del circuito de interés histórico.

La “resurrección” turística: cuando un pueblo chico decide dejar de ser invisible

Lo más potente de San Mayol es que su historia no quedó congelada. A partir de iniciativas comunitarias, se impulsó un plan de desarrollo turístico y se organizaron recorridos para explicar lo que el visitante ve. De esa etapa nació un espacio clave: el Museo Histórico de San Mayol, gestado como proyecto comunitario en 2012 y fundado oficialmente el 14 de noviembre de 2014 en la estación ferroviaria restaurada, con gestión asumida por el Club 1° de Octubre.

La historia real detrás del misterio Foto: Instagram @pueblosbuenosaires

Ahí aparece una anécdota que repiten quienes guían: antes, muchos llegaban, sacaban dos fotos a la “esquina europea” y se iban creyendo que no había nadie; hoy, la propuesta es quedarse, caminar, escuchar y entender por qué este lugar se animó a ser distinto.

¿Cuánta gente vive en San Mayol?

Las cifras varían según se hable de “planta urbana” o de la localidad ampliada: en notas de turismo se menciona una comunidad estable de alrededor de 50/60 personas, mientras que registros censales citados en fuentes abiertas ubican a la localidad con 477 habitantes (INDEC 2022), lo que sugiere un conteo más amplio del área.

Para ir y volver con historia

  • Imperdibles: Esquina Catalana, casas inversas, iglesia y estación/museo.
  • Mejor plan: visita guiada y recorrido a pie, como proponen iniciativas turísticas locales.

San Mayol no es solo un pueblo curioso: es un ejemplo de cómo la identidad puede sobrevivir a la pérdida del tren, al silencio y al éxodo. Y de cómo, a veces, la mejor forma de volver a existir es hacer lo que este lugar hizo desde el inicio: diseñarse distinto.