¿Se puede “compartir” Malvinas? La propuesta de un veterano reabre una disputa que empezó en 1833
Un excombatiente presentó en una universidad británica una hoja de ruta que incluye soberanía compartida, provincia autónoma y EE.UU. como mediador. Para entender por qué suena disruptivo, hay que mirar dos siglos de historia, ONU y guerra.

La palabra “Malvinas” suele venir con un reflejo automático: reclamo, memoria, dolor, bandera. Pero esta semana se coló otra palabra en el debate: “compartir”. No como consigna sentimental, sino como arquitectura política. Un veterano de la guerra de 1982, Alejandro Diego, presentó en el ámbito académico británico un esquema que combina soberanía compartida, estatus de provincia autónoma para las islas y un rol mediador de Estados Unidos, con un horizonte de concreción en cinco años.
La iniciativa se expuso en abril durante una conferencia sobre el conflicto en la Universidad de Manchester y, según el propio excombatiente, nace de un diagnóstico crudo: casi dos siglos de disputa sin resolución efectiva y una desconfianza que, en la vida cotidiana de los isleños, sigue operando como si la guerra hubiera terminado ayer.
La idea en simple
El corazón del plan es político-institucional: Diego propone que las islas funcionen como una provincia autónoma dentro del esquema argentino, preservando rasgos identitarios y con representación parlamentaria (menciona incluso bancas específicas). La apuesta, dice, sería crear un marco que contemple intereses de tres actores: Argentina, Reino Unido y la comunidad isleña.
Para destrabar la falta de confianza, plantea un garante externo capaz de sentar a las partes en una mesa: Estados Unidos, no por romanticismo diplomático, sino por cálculo geopolítico y estabilidad del Atlántico Sur.
Y suma un punto sensible: que cualquier acuerdo tenga validación social amplia, incluso por referéndum, inspirándose en el plebiscito argentino de 1984 por el Beagle, donde el “Sí” superó el 82%.
Una cronología imprescindible (1764–1833)
Para dimensionar por qué una fórmula de “soberanía compartida” provoca ruido, hay que volver a la historia larga —mucho antes de 1982.
- 1764: Francia funda un establecimiento en las islas (Port Saint Louis/Fort Saint Louis), en un contexto de rivalidades imperiales en el Atlántico Sur.
- 1767: tras protestas diplomáticas, el asentamiento francés se transfiere y España consolida administración; desde allí se articulan títulos de época sobre el área.
- 1765–1774: en paralelo, Gran Bretaña realiza acciones de toma y retiro en el archipiélago, en un período de tensión con España por enclaves estratégicos.
- 1811: España abandona el asentamiento principal, dejando señales formales de soberanía, y el archipiélago queda más expuesto a incursiones de distintas banderas.
- 1820: fuerzas rioplatenses realizan un acto formal de toma de posesión en Puerto Soledad, difundido en su época por relatos y prensa internacional.
- 1833: el episodio bisagra: la expulsión de autoridades argentinas por acción británica y el inicio de una administración que Argentina considera ilegítima.

Ese 1833 funciona como fecha-faro del reclamo: desde entonces, la disputa dejó de ser solo geográfica y pasó a ser política exterior permanente.
ONU: cuando el conflicto quedó escrito en lenguaje diplomático
El siglo XX trasladó la discusión al plano internacional. En 1965, la Asamblea General aprobó la Resolución 2065 (XX): allí reconoce que existe una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido e invita a negociar, teniendo en cuenta los intereses de la población (no la fórmula automática de autodeterminación aplicada a otros casos).
En 1982, con el conflicto armado ya iniciado, el Consejo de Seguridad adoptó la Resolución 502, que exigió cese de hostilidades, retiro de fuerzas argentinas y exhortó a buscar una solución diplomática conforme a la Carta de la ONU.
1982: la guerra corta que dejó una memoria larguísima
La guerra comenzó el 2 de abril de 1982 (Operación Rosario) y culminó el 14 de junio, según cronologías institucionales y reconstrucciones documentales del período.
En cifras, los números siguen siendo un golpe: 649 argentinos muertos y 255 británicos, de acuerdo con relevamientos que citan datos oficiales y consensos históricos; además, se recuerda el peso del hundimiento del ARA General Belgrano en el total de bajas argentinas.
Esa herida explica por qué cualquier salida “creativa” queda atrapada entre dos tensiones: la emoción nacional y la ingeniería política.
Después de la guerra: acuerdos, “paraguas” y una soberanía congelada
Con la posguerra llegó una etapa de normalización bilateral. Entre 1989 y 1990 se firmaron declaraciones conjuntas (Madrid I y II) que habilitaron cooperación en varios frentes, con una fórmula explícita: nada de lo acordado alteraría las posiciones de soberanía de ninguna de las partes (la lógica del “paraguas”).
Esa estructura permitió diálogo práctico, pero también consolidó un problema: la soberanía quedó, en la práctica, fuera de la conversación. Y ahí es donde Diego intenta meter una cuña: propone una “forma” institucional que, según él, vuelva negociable lo que hoy parece imposible.
¿Por qué esta propuesta pega justo ahora?
El propio excombatiente sostiene que hay una ventana por cambios en el tablero internacional y por el costo de sostener un statu quo militar y político que no resuelve el conflicto. Pero, más allá de si el plan prospera, su efecto inmediato es otro: obliga a una pregunta incómoda y necesaria.
La pregunta que queda abierta
Si durante décadas la historia se contó como “todo o nada”, ¿qué pasa si el camino real exige discutir formas intermedias, garantías y cronogramas verificables?
La historia de Malvinas enseña algo con una consistencia brutal: cuando se deja de hablar, el conflicto se endurece; cuando se habla sin herramientas, se empantana. Entre esos dos extremos aparece la propuesta de un veterano, con una idea que puede ser rechazada, discutida o reformulada, pero difícilmente ignorada.

















