Santa Catalina, la joya colonial de Buenos Aires que resistió cañones ingleses y hoy podría quedar a oscuras
Una joya colonial de 1745 en pleno Microcentro porteño vuelve a quedar en el centro de la historia: grietas, sombras y un megatemplo que reabre un debate urgente sobre patrimonio, suelo y memoria.

En la esquina donde el Microcentro acelera, San Martín y Viamonte, existe una puerta que no parece de esta época. Cruza el umbral y cambia el sonido: el tránsito queda afuera, y adentro aparece un patio con galerías, adoquines, paredes antiguas y un aire de clausura que todavía se siente. Ese “oasis” es el Monasterio de Santa Catalina de Siena, fundado en 1745, uno de los últimos testimonios vivos de la Buenos Aires colonial.
De una promesa de 1715 a la inauguración de 1745: cómo nació el primer monasterio femenino porteño
La historia no empieza en 1745, sino antes. A comienzos del siglo XVIII, el proyecto de crear un convento de monjas dominicas en Buenos Aires creció al ritmo de una ciudad que buscaba consolidar vida religiosa e instituciones estables. Dionisio de Torres Briceño obtuvo autorizaciones y empujó la iniciativa, pero el primer emplazamiento propuesto se discutió: era una zona baja, con problemas para una obra de esa escala. Finalmente, la construcción se reubicó y avanzó desde 1738, hasta inaugurarse en 1745.

Santa Catalina fue, además, el primer monasterio destinado a mujeres en la ciudad. Durante más de dos siglos alojó a monjas de clausura, las “Catalinas” dominicas, y funcionó como un mundo cerrado, con reglas estrictas, trabajos cotidianos y una vida espiritual organizada alrededor del silencio, la oración y la liturgia. Las religiosas permanecieron allí hasta 1974, cuando la comunidad se trasladó a otra sede; desde entonces, el mantenimiento del conjunto quedó a cargo del Arzobispado de Buenos Aires.
Arquitectura colonial: por qué Santa Catalina no es “una iglesia más”
El conjunto fue construido con técnicas de época: ladrillo y cal, galerías abovedadas, claustros alto y bajo, celdas y pasillos diseñados para la clausura. Su interior responde a una planta de cruz latina, con bóveda y retablos históricos; parte de su fisonomía original se transformó con reformas posteriores (como intervenciones en la fachada a inicios del siglo XX). En otras palabras: Santa Catalina es un documento arquitectónico, una pieza que cuenta cómo se construía, se creía y se vivía en el Río de la Plata colonial.
Esa singularidad explica sus protecciones patrimoniales: la iglesia fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1942 y el monasterio en 1975, un reconocimiento que obliga a mirarlo como bien público cultural, más allá de su propiedad privada o uso religioso.
1807: Santa Catalina en las Invasiones Inglesas, ocupación, rehenes y un “hospital de sangre”
Santa Catalina no solo sobrevivió al paso del tiempo: sobrevivió a la guerra. Durante la Segunda Invasión Inglesa, el 5 de julio de 1807, tropas británicas ocuparon el convento en su avance por Buenos Aires y lo utilizaron como punto estratégico. Las crónicas y registros reconstruyen horas dramáticas: puertas forzadas, saqueos, profanación del templo y una comunidad religiosa reducida a la incertidumbre.
La escena quedó fijada en relatos de época: se mencionan destrozos materiales y el uso del edificio para heridos, en un contexto donde la ciudad se defendía calle a calle. Tras la retirada británica, el lugar llegó a funcionar como hospital improvisado (“hospital de sangre”) para asistir a combatientes de ambos bandos, un rol que lo ata a la memoria concreta de la defensa porteña.

Para entender el peso de ese episodio, hay que mirar el cuadro general: las invasiones de 1806 y 1807 fueron parte del conflicto anglo-español, con Buenos Aires como puerto codiciado. La defensa local reorganizó milicias y reforzó un clima que, con los años, alimentaría tensiones políticas decisivas. Santa Catalina estuvo ahí, como edificio ocupado, herido y reutilizado por la historia.
Del claustro al Microcentro: excavaciones, hallazgos y el valor arqueológico bajo el asfalto
En el siglo XXI, Santa Catalina volvió a “hablar” por lo que guarda bajo tierra. Excavaciones y tareas vinculadas a puestas en valor permitieron hallar objetos de distintas épocas, y se reactivó una certeza incómoda: el predio lindero funcionó históricamente como huerta y camposanto, con registros de cementerios coloniales (religiosas y población afrodescendiente/esclavizada). Esa condición arqueológica es clave cuando se discute cualquier excavación profunda alrededor.
El punto no es menor: intervenir el suelo en una manzana con restos funerarios y capas históricas implica estudios, controles y costos. Y en Santa Catalina, esa discusión aparece pegada a otro problema igual de concreto: la humedad y el equilibrio ambiental que necesitan muros antiguos para conservarse.
Por qué hoy corre riesgo: grietas, vibraciones, sombras y un megatemplo en la parcela de al lado
El riesgo actual se lee en dos planos: físico y urbano-político. En lo físico, el conjunto denunció grietas y un posible “riesgo estructural” asociado a obras cercanas, como la peatonalización en Viamonte. El propio arzobispo Jorge García Cuerva advirtió que estos edificios coloniales requieren cuidados especiales y señaló un dato técnico sensible: son construcciones antiguas que no toleran vibraciones y demandan preservación extrema.
En lo urbano, la discusión se encendió porque la Justicia habilitó el avance administrativo de un proyecto de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en el estacionamiento lindero: un complejo con dos edificios, alturas informadas en torno a 36,5 metros, áreas verdes internas y obras subterráneas. La cercanía es el problema: excavaciones, subsuelos y volumen nuevo al lado de un conjunto del siglo XVIII.

A eso se suma un factor silencioso pero devastador: el “cono de sombra”. Especialistas y organizaciones patrimoniales alertan que, si el monasterio queda más tiempo sin asoleamiento directo, puede aumentar la humedad en muros históricos y acelerar deterioros. La idea aparece repetida en el debate público de esta manzana: no es solo estética, es conservación material.
La tensión escaló también por el plano institucional. En mayo de 2026, la polémica derivó en renuncias dentro de la Comisión Nacional de Monumentos, en desacuerdo con cómo avanzaba el tema y con advertencias formales sobre el “riesgo estructural” que implicaría el proyecto en un entorno patrimonial sensible.
7 claves históricas para entender por qué Santa Catalina importa
- Es de 1745: cuando Buenos Aires todavía era una ciudad colonial.
- Fue el primer monasterio femenino porteño, un hito social además de religioso.
- Vivió allí una comunidad hasta 1974; luego quedó bajo el Arzobispado.
- Fue ocupado en 1807 durante la Segunda Invasión Inglesa.
- Funcionó como hospital de campaña/improvisado tras los combates.
- Tiene valor arqueológico (camposanto y hallazgos), lo que complejiza excavaciones linderas.
- Hoy enfrenta grietas y el impacto potencial de una megaobra vecina, con debate legal y patrimonial abierto.

















