Los dulces de 1810
Los dulces de 1810 Foto: redes

Hay una escena que se repite cada 25 de Mayo en escuelas, plazas y casas argentinas: mate, escarapelas y algo frito con almíbar. Pero detrás de esa postal hay una pregunta que vale oro (o azúcar, mejor dicho): ¿qué postres se comían realmente en 1810, cuando el Cabildo era noticia y Buenos Aires todavía era una ciudad de barro, rutinas simples y desigualdades marcadas?

La respuesta no es una sola, porque en 1810 la mesa dependía de la clase social, del acceso a ingredientes y del circuito comercial que conectaba al Virreinato con Europa, África y hasta Asia.

Dulce en tiempos de Revolución: comer también era un mapa social

En 1810, la alimentación estaba condicionada por la posición económica: en los sectores populares predominaban preparaciones calóricas, rendidoras y de pocos ingredientes; en las casas acomodadas aparecían el pan de trigo, los dulces caseros, el chocolate caliente y bebidas que exigían más logística y gasto.

Y no es un detalle: en los hogares de mayor poder, la cocina se sostenía con una estructura doméstica jerárquica (criados y personas esclavizadas), mientras la “señora de la casa” organizaba el menú.

¿Cómo hablaban los porteños? Foto: Archivo

También importaba cómo se cocinaba: fogón, ollas de hierro, pailas de cobre, hornos de barro al fondo de patios y huertas. Esa tecnología artesanal marcaba texturas y tiempos: cocciones largas, almíbares espesos, y frituras donde la grasa era protagonista.

El azúcar no era “barata”: el lujo de endulzar

Hoy endulzar es un gesto automático. En 1810, no tanto. Se usaban miel de abeja y miel de caña, además de un azúcar rústica local; el azúcar de buena calidad se importaba, y eso la volvía un bien más apreciado.

Ese dato explica por qué muchos postres coloniales del Río de la Plata se apoyaban en dos estrategias:

  • endulzar con mieles y melazas, muy presentes en el norte azucarero;
  • convertir frutas en almíbar (membrillo, zapallo, batata, cayote), para conservar y “estirar” la dulzura.

Mazamorra: el postre mestizo que cruzó mundos

Si hubiera que elegir un postre-emblema del período, la mazamorra ganaría por historia y por calle. Muchos investigadores la describen como una fusión colonial: base indígena de maíz, a la que se sumaron ingredientes europeos como leche, azúcar, canela o limón.

Mazamorra Foto: Freepik

La mazamorra no solo se comía: se vendía. Las “mazamorreras” recorrían las calles ofreciendo su preparación a los transeúntes, un dato clave para entender cómo circulaban sabores, oficios y economía cotidiana.

Y acá aparece otro elemento: en una Buenos Aires donde no había refrigeración y conservar alimentos era un desafío, un postre caliente, simple y energético funcionaba como “combustible” urbano.

Pastelitos: el bocado que se volvió pregón y símbolo

Si la mazamorra es calle, los pastelitos son calle y efeméride. Su historia conecta ingredientes, migración y tradición: su masa lleva harina de trigo, un alimento desconocido en América antes de 1492 y asociado a la influencia europea en la cocina colonial.

Crónicas y relatos los ubican como protagonistas del 25 de Mayo de 1810, vendidos “al paso” y consumidos por la gente reunida frente al Cabildo.

Pastelitos criollos. Foto: Gentileza destinonea.
Pastelitos criollos. Foto: Gentileza destinonea.

El dato que termina de pintarlo todo es sonoro: el pregón “¡pastelitos calientes que queman los dientes!”, repetido como marca de época y todavía vigente en la memoria escolar argentina.

¿Y el relleno? Las versiones variaban: batata, frutas, dulces regionales. La lógica era la misma: un formato práctico, fritura rápida, y baño final que convertía un bocado humilde en celebración.

Alfeñiques y miel de caña: el norte también escribía la repostería

Cuando el mapa se corre hacia el NOA, aparecen dulces que hoy son “de nicho” pero en su tiempo fueron cotidianos: alfeñiques, chancacas, tabletas y chupetines de miel de caña.

El alfeñique es, en esencia, una confitura de base azucarada (en Hispanoamérica, muchas veces desde la caña), con raíces que llegan desde el mundo hispano-árabe y se expanden por tradiciones coloniales.

En Argentina, se asocia especialmente al noroeste por su vínculo con zonas productoras de caña, y su forma típica de tiras retorcidas o nudos remite a una técnica artesanal que exige tiempo, fuerza y oficio.

Ambrosía, leche asada, yema quemada: postres “de casa”

La repostería colonial no era solo fritura. También existían postres de huevo y leche, más cercanos a una cocina de hogar organizada: ambrosía, leche asada y yema quemada, entre otros.

Y, por supuesto, los dulces en almíbar: de cayote, membrillo, zapallo, batata y frutas de estación. En un mundo sin heladera, el almíbar era receta y método de conservación.

Un detalle histórico que cambia la mirada: comercio, puertos y circulación de ingredientes

En 1810 no todo se producía “cerca”. El Virreinato del Río de la Plata estaba atravesado por circuitos de comercio: con el Reglamento de Libre Comercio de 1778 creció la actividad portuaria; y desde 1785, la Compañía de Filipinas conectó la región con rutas hacia Asia, ampliando el universo de mercancías y contactos.

En ese mismo entramado, también creció el arribo de personas esclavizadas africanas, especialmente luego de 1791, y esa realidad impactó directamente en la vida doméstica y urbana: quién cocinaba, quién vendía en la calle, quién sostenía la economía cotidiana.