El “desencanto” de Buckingham: los secretos del palacio más famoso del mundo que la realeza británica nunca quiso habitar

Desde Jorge III hasta Carlos III, la residencia más emblemática de Londres arrastra una historia de rechazo, incomodidades y críticas que, al día de hoy, reabre el debate sobre su futuro como sede de la monarquía.

El Palacio de Buckingham, antes y después. Foto: Imagen generada con Gemini IA para Canal26.com.

Por fuera, el palacio de Buckingham sigue siendo una postal incuestionable del poder británico. Sus rejas negras, su fachada imponente y su balcón histórico representan la continuidad de una institución que supo sobrevivir a guerras, crisis políticas y grandes transformaciones sociales.

Sin embargo, puertas adentro, la historia es mucho menos glamorosa. Buckingham fue, durante generaciones, un lugar definido por incomodidad, resignación y, en muchos casos, enorme rechazo por parte de quienes estaban destinados a habitarlo.

Palacio de Buckingham. Foto: Reuters.

La raíz del problema se remonta a su origen. En 1703, John Sheffield, duque de Buckingham, construyó Buckingham House como una residencia privada, lejos de imaginar que siglos después se convertiría en el epicentro del poder real.

Cuando Jorge III la adquirió en 1762 para su esposa, la reina Carlota, lo hizo con una intención clara. Según la historiadora Janice Hadlow, autora de A Royal Experiment: The Private Life of King George III, el monarca fue explícito al definirla como “‘Buck House’ no está hecha para ser un palacio, sino un lugar de retiro”.

Ese espíritu íntimo se perdió definitivamente con las reformas impulsadas por Jorge IV, cuyo gusto extravagante transformó la casa en un edificio monumental, tan ostentoso como poco funcional. Paradójicamente, el propio rey jamás quiso vivir allí. Su hermano y sucesor, Guillermo IV, fue aún más tajante: detestó tanto el palacio que intentó cederlo al Parlamento tras el incendio de Westminster en 1834 y eligió permanecer en Clarence House.

Palacio de Buckingham. Foto: Pinterest.

La llegada de la reina Victoria en 1837 selló el destino institucional de Buckingham, pero no mejoró su reputación. Aunque al principio se mostró entusiasmada, pronto comenzó a detestarlo. La historiadora Sally Bedell Smith, biógrafa de Isabel II, describe en Elizabeth the Queen cómo Victoria “llegaría a odiar el palacio de Buckingham, con el humo de sus chimeneas, pobre ventilación y olor a comida podrida”. El palacio, lejos de ser un refugio, se convirtió para ella en una carga.

Esa percepción se repitió generación tras generación. Eduardo VII lo definió sin rodeos como “un sepulcro”, mientras que su nieto, Eduardo VIII escribió, según la historiadora Edna Healey, “nunca fui feliz allí”.

Los empleados compartían el malestar. Tom Quinn, autor de Yes, Ma’am: The Secret Life of Royal Servants, recopiló testimonios que describen al palacio como frío, desorientador y deshumanizante. “Hacía frío y el palacio era tan gigantesco que me tomó semanas (…) el conseguir enterarme de cómo volver a mi habitación cada noche”, recordaba la empleada Grace Williams.

El Palacio de Buckingham por dentro. Foto: Pinterest.

Isabel II mantuvo con Buckingham una relación ambigua. Allí dio a luz a tres de sus cuatro hijos y protagonizó escenas familiares memorables, desde las travesuras del príncipe Andrés hasta paseos nocturnos con sus corgis. Pero nunca fue su lugar preferido. El ex chef real Darren McGrady lo resumió con claridad: “No es ninguna sorpresa que la reina se haya mudado a Windsor, en realidad nunca le ha gustado el palacio, siempre ha sido la oficina de la reina”.

Con Carlos III, esa lógica se profundiza. Su desinterés por el edificio, sumado a los costos económicos y ambientales de su mantenimiento, refuerza la idea de que Buckingham ya no encaja en la monarquía del siglo XXI. La decisión del príncipe Guillermo y Kate Middleton de establecerse definitivamente en Windsor termina de consolidar una tendencia: el palacio pierde habitantes y gana funciones administrativas.

Palacio de Buckingham. Foto: Pinterest.

Así, Buckingham parece encaminarse a su destino final: ser un símbolo, un escenario ceremonial y un centro de poder, pero no un hogar. Tal vez por eso, las leyendas sobre fantasmas resultan tan persistentes. En un edificio donde casi nadie quiso vivir, no sorprende que los únicos residentes permanentes terminen siendo los recuerdos… y las sombras del pasado.