Fiebre amarilla
Fiebre amarilla Foto: AGN

En el verano de 1871, Buenos Aires vivió una escena que hoy cuesta imaginar: cuerpos envueltos en sábanas, apilados en veredas y esquinas, esperando durante horas un traslado que ya no daba abasto. En una ciudad que rondaba los 200 mil habitantes, la epidemia de fiebre amarilla avanzó con tal velocidad que rompió el ritmo normal de la muerte: de un promedio de menos de 20 fallecimientos diarios se pasó a jornadas con más de 500.

“Muertos en la calle”: cómo se llegó a apilar cuerpos en pleno barrio

La epidemia se reconoció oficialmente a fines de enero, con casos iniciales en el sur porteño (San Telmo), pero la reacción institucional fue lenta y, en muchos momentos, negadora del problema. Cuando el brote se aceleró, el primer colapso no fue solo hospitalario: fue logístico y funerario.

La ciudad contaba con un número limitado de coches fúnebres, y el sistema de entierros dependía de caminos de tierra y de un circuito que asumía una mortalidad “normal”. En cuestión de semanas, ese circuito se quebró: los ataúdes comenzaron a acumularse a la intemperie, y cuando empezaron a faltar féretros, muchos cuerpos fueron envueltos en telas (sábanas o lonas) y depositados en puntos de recolección improvisados.

Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, Juan Manuel Blanes, 1871
Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, Juan Manuel Blanes, 1871

A la desesperación se sumó un dato clave: se desconocía el rol del mosquito Aedes aegypti en la transmisión, por lo que circularon explicaciones basadas en “miasmas” (malos aires) y se aplicaron medidas erráticas como fogatas, quemas de pertenencias o aislamientos desordenados. Esa confusión alimentó el pánico, el éxodo y la ruptura del tejido social, dejando barrios semivacíos y una ciudad que, literalmente, veía la muerte amontonarse.

El pico: 501 muertes en un día y la sensación de que Buenos Aires se apagaba

Los registros históricos ubican el mayor número de defunciones diarias el 13 de abril, con 501 muertes en 24 horas. A esa altura, la mortalidad total se estima en torno al 8% de la población, con un saldo aproximado de 14.000 fallecidos, golpeando con fuerza a sectores populares e inmigrantes.

El trasfondo urbano explica parte de la tragedia: agua potable insuficiente, pozos y napas contaminadas, hacinamiento en conventillos y áreas bajas rellenadas con residuos, en un verano caluroso y húmedo. En ese escenario, el drama de los muertos apilados fue el síntoma más visible de un Estado y una infraestructura sanitaria que no estaban preparados para una catástrofe de esa escala.

Cementerios desbordados: del “Cementerio del Sud” a la urgencia de Chacarita

El principal destino de los entierros fue el Cementerio del Sud (zona del actual Parque Ameghino), creado pocos años antes y que terminó desbordado por la magnitud del brote. La saturación fue tan rápida que se habilitó de emergencia un nuevo espacio: el Cementerio de la Chacarita (conocido al inicio como “cementerio viejo”), activo desde abril de 1871.

La locomotora La Porteña se usó para trasladar cadáveres al cementerio de la Chacarita
La locomotora La Porteña se usó para trasladar cadáveres al cementerio de la Chacarita

En paralelo, se consolidó una respuesta social notable: la formación de la Comisión Popular de Salubridad Pública, que reunió vecinos y figuras públicas para asistir a enfermos, organizar auxilios y presionar por medidas sanitarias. En testimonios y reconstrucciones históricas, esa comisión aparece como símbolo de heroísmo civil en medio del derrumbe institucional.

El “tren fúnebre”: cuando La Porteña llevó cuerpos bajo una lona negra

La solución más impactante fue ferroviaria: ante la imposibilidad de trasladar tantos cuerpos por calles intransitables, se tendió un ramal de aprox. 5,5 km por la traza de Corrientes hacia la Chacarita, construido con cuadrillas de cientos de obreros en tiempo récord bajo la dirección del ingeniero Augusto Ringuelet.

Monumento erigido en 1873 a los caídos por la fiebre amarilla
Monumento erigido en 1873 a los caídos por la fiebre amarilla

Esa línea tuvo incluso una estación asociada al traslado de féretros (mencionada en fuentes históricas como “estación de los muertos”), y el servicio se organizó con ataúdes cubiertos por lonas y un coche para familiares. La locomotora protagonista fue La Porteña, que arrastraba vagones cargados de muerte silenciosa, marcando una postal dura: el progreso técnico convertido en herramienta de emergencia funeraria.

Una imagen que quedó para siempre: el arte como documento del espanto

El impacto social fue tan grande que quedó cristalizado en obras como “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”, del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, conservada en el Museo Nacional de Artes Visuales (Montevideo). El museo detalla que la escena se inspira en un caso real: una mujer italiana (identificada como Ana Brisitiani) hallada muerta en un conventillo en marzo de 1871, con su bebé junto al cuerpo, mientras miembros de la comisión la auxilian. Ese cuadro funciona como una síntesis visual del período: abandono, urgencia, solidaridad y muerte cotidiana.

Qué cambió después: la ciudad aprendió la lección sanitaria

Las epidemias de fiebre amarilla ya habían golpeado Buenos Aires antes (1852, 1858, 1870), pero la de 1871 fue la que dejó un “antes y después” más claro en políticas urbanas. Entre los legados que señalan los estudios históricos aparecen la toma de conciencia sobre agua potable, cloacas, higiene urbana y organización sanitaria, precisamente porque la tragedia mostró el costo de no tener infraestructura.