18 de mayo, Día de la Escarapela
18 de mayo, Día de la Escarapela Foto: Imagen ilustrativa Canal 26

Rosario, febrero de 1812. Hay calor, barro, carretas y un río Paraná que funciona como autopista enemiga. En ese escenario, Manuel Belgrano llega con una obsesión práctica: que sus soldados no se confundan entre sí y terminen pagando con sangre un error de identificación.

Belgrano no aterriza en Rosario como quien visita una postal. Según reconstrucciones basadas en su Diario de Marcha, la columna salió de Buenos Aires el 24 de enero y recorrió alrededor de 350 kilómetros con bueyes, municiones, tiendas y una logística precaria: faltaba agua, sobraba polvo, y hasta se improvisaba combustible para cocinar. Llegaron el 7 de febrero con una tropa más cohesionada, endurecida por el sacrificio compartido.

Un problema simple: todos usaban “señales” parecidas

La misión era clara: acelerar y proteger un sistema de baterías costeras para frenar a los buques realistas que operaban desde Montevideo, clave naval del poder español en el Río de la Plata. Dos emplazamientos se volverían símbolos por su nombre: “Libertad” en la barranca rosarina y “Independencia” en la isla del Espinillo, del otro lado del Paraná. Pero faltaba algo elemental: una marca visible, común, inequívoca.

Manuel Belgrano, devoto de la Virgen Foto: Wikipedia

En el terreno, las banderas y distintivos podían confundirse, y encima cada cuerpo del ejército llevaba señales distintas. Belgrano detecta el riesgo y decide ir a la fuente del poder: el Primer Triunvirato.

El documento clave: 13 de febrero, Belgrano pide una escarapela nacional

El 13 de febrero de 1812, desde Rosario, Belgrano envía un oficio que hoy es oro para los archivos: solicita que el Gobierno declare una escarapela nacional para evitar confusiones con el enemigo y, también, para borrar “sombras” de división dentro del propio ejército. No es un gesto romántico: es una medida táctica.

La respuesta llega rápido para los estándares de la época: el 18 de febrero, el Triunvirato dispone que se reconozca y use la escarapela “de dos colores blanco y azul celeste” y que quede abolida la roja “con que antiguamente se distinguían”. La orden lleva firmas de Chiclana, Sarratea y Paso, y la comunicación oficial la rubrica Bernardino Rivadavia como secretario.

Cinco días más tarde, el 23 de febrero, Belgrano informa que la orden ya se cumplió y deja una frase que suena a declaración de principios: la medida “ha excitado los deseos” de nuevas definiciones que confirmen la resolución de sostener la independencia americana.

¿Por qué esos colores? La historia honesta admite lo incómodo: no hay certeza absoluta

Acá conviene separar mito de documento. La propia información oficial reconoce que los papeles sobre el origen y la razón de los colores son imprecisos, y que el dato plenamente verificable es la solicitud de Belgrano (13/2) y el decreto del Triunvirato (18/2).

Manuel Belgrano, máximo prócer argentino Foto: archivo

Aun así, investigaciones vinculadas al Instituto Nacional Belgraniano sostienen una pista concreta sobre el primer diseño: centro celeste y corona blanca. Es decir: el símbolo nació con lógica militar y rápidamente saltó a lo civil.

De la escarapela a la bandera: el paso que desató el reto

El 26 de febrero, Belgrano vuelve a escribir: advierte que las banderas usadas hasta entonces eran las mismas que las del enemigo y pide que, si ya hay una escarapela nacional, también haya banderas acordes “para distinguirlas”. Es un pedido coherente con su diagnóstico inicial: identificación o caos.

Y entonces llega el acto que lo convertiría en creador de un símbolo mayor. El 27 de febrero de 1812, Belgrano comunica que “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola”, mandó hacer una blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela. A la tarde, durante la puesta en servicio de la batería “Independencia”, arenga a sus soldados y los hace jurar “¡Viva la Patria!”.

En relatos de tradición histórica, se recuerda además un detalle que humaniza el momento: la confección atribuida a María Catalina Echevarría de Vidal y el izamiento asociado al vecino Cosme Maciel. Más allá de debates sobre el diseño exacto de aquella primera bandera, el episodio muestra algo clave: el símbolo se construyó con ejército y comunidad.

“Ocultándola disimuladamente”: la orden que explica el miedo político

La reacción del Gobierno fue fría. En una minuta interna y luego en una comunicación fechada 3 de marzo de 1812, se le indica a Belgrano que haga pasar lo ocurrido “por un rasgo de entusiasmo”, que arríe la bandera y la oculte “disimuladamente”, reemplazándola por la que se usaba en la fortaleza. El argumento de fondo: la “circunspección” exigida por la situación y las comunicaciones exteriores.

Día de la Escarapela Foto: Wikipedia

Dicho en criollo: el Triunvirato no quería un símbolo que sonara a independencia plena cuando todavía se jugaban cartas diplomáticas. Esa tensión explica por qué la bandera nació en el terreno y tardó en “legalizarse” en los escritorios.

Belgrano, además, ni siquiera se entera a tiempo: ya marchaba a tomar el mando del Ejército del Norte. Y aun así, el símbolo no retrocede. El 25 de mayo de 1812, en Jujuy, Belgrano relata festejos, salvas, misa y la bendición de la bandera a cargo del doctor Juan Ignacio Gorriti, en un rito público cargado de sentido político.

El cierre del ciclo: de emblema militar a símbolo de Estado

Con el tiempo, la bandera y la escarapela se integran al repertorio simbólico nacional. En cuanto a la bandera, distintas compilaciones consignan que el Congreso la adoptó oficialmente en julio de 1816: algunas fuentes oficiales ubican el hito el 20 de julio, mientras otras compilaciones documentales lo sitúan el 25 de julio; lo importante es el consenso: fue después de la Declaración de la Independencia y como distintivo de las Provincias Unidas.

Más tarde, el Congreso aprobaría la incorporación del Sol para la bandera de guerra en febrero de 1818, reforzando una iconografía estatal que ya no se ocultaba: se mostraba.

Y la escarapela, aquella “solución urgente” de Belgrano para evitar errores en combate, terminaría convertida en un gesto cotidiano: en la solapa, en el pecho, en la escuela, en el acto patrio. Tanto que el calendario argentino fijó el 18 de mayo como Día de la Escarapela Nacional.