Miembros de la Primera Junta
Miembros de la Primera Junta Foto: Archivo

A días de un nuevo 25 de Mayo, la pregunta vuelve con fuerza: ¿dónde están los restos de aquellos hombres que inauguraron el primer gobierno patrio? La mayoría tiene sepultura conocida. Pero dos casos siguen abriendo un agujero negro en la memoria: uno se perdió en el mar; el otro, bajo la ciudad.

La Primera Junta se formó el 25 de mayo de 1810 y estuvo integrada por nueve miembros (presidente, vocales y secretarios). Fue el inicio formal del nuevo poder local tras la Revolución de Mayo, y duró hasta su transformación en otro cuerpo de gobierno ese mismo año. Sin embargo, 216 años después, el mapa funerario de aquellos nombres ilustres no está completo. No por falta de homenajes, monumentos o calles, sino por algo más inquietante: en dos historias, el cuerpo nunca “apareció” para la posteridad.

El secretario que quedó en el Atlántico: Mariano Moreno

El caso de Mariano Moreno es, quizás, el más cinematográfico de todos. Tras su renuncia y su alejamiento del centro del poder, partió en misión diplomática a Europa. En enero de 1811 se embarcó rumbo a la fragata inglesa La Fama y su estado de salud se deterioró durante la navegación. La reconstrucción más citada de sus últimas horas proviene del relato de su hermano Manuel: un cuadro de agravamiento, falta de medicinas y la administración de un emético por parte del capitán, que habría precipitado convulsiones y el desenlace.

Mariano Moreno
Mariano Moreno

Murió el 4 de marzo de 1811. Y acá aparece el punto central del enigma: su cuerpo fue arrojado al mar, envuelto en una bandera británica, como marcaban prácticas de navegación de la época. No hubo tumba, ni exhumación, ni traslado posible. El océano se volvió sepultura definitiva. Por eso, cuando se habla de “restos que nunca aparecieron”, el de Moreno es literal: no hay lugar físico donde buscarlos. Lo que queda son coordenadas, testimonios y un mito político que, con los años, creció alrededor de su muerte.

El vocal enterrado donde hoy late Buenos Aires: Manuel Alberti

El segundo caso es distinto, pero igual de perturbador: no está en el mar, sino bajo el cemento. Manuel Alberti, único sacerdote de la Junta, murió pocos meses después de Mayo y fue enterrado en su parroquia, San Nicolás de Bari, que estaba en la zona donde hoy se levanta el Obelisco.

Manuel Alberti, Revolución de Mayo de 1810
Manuel Alberti, Revolución de Mayo de 1810

Lo que convierte esta historia en un thriller urbano es lo que vino después. La antigua San Nicolás de Bari, fundada como parroquia en el siglo XVIII, fue demolida en 1931 en el marco de las grandes obras de modernización (ensanche y apertura de arterias clave) y la tumba atribuida a Alberti quedó envuelta en dudas. La Nación señala que sus restos habrían estado en una cripta y que, pese a excavaciones y cambios posteriores, la tumba jamás se halló.Durante obras vinculadas a la zona, se detectaron restos humanos, pero no hay registro oficial concluyente que permita afirmar qué ocurrió con la sepultura del vocal.

Y el detalle que termina de cerrar el círculo simbólico: el Obelisco se levantó en 1936, convirtiendo la Plaza de la República en un ícono moderno encima de un pasado que, literalmente, podría seguir ahí abajo.

¿Por qué se “pierden” restos en Buenos Aires? Una clave histórica

Para entender por qué estos enigmas existen, hay que mirar cómo se enterraba en la ciudad. Durante el período colonial y hasta bien entrado el siglo XIX, era habitual que muchos difuntos fueran sepultados dentro de iglesias o en sus camposantos. Investigaciones citadas en entrevistas y trabajos sobre cultura mortuoria señalan que hasta 1822 era común enterrar “adentro de las iglesias” y que la creación de cementerios públicos marcó un quiebre sanitario y urbano. Ese mismo año, la ciudad inauguró el Cementerio de la Recoleta como primer cementerio público, una transformación ligada a reformas y nuevas ideas higienistas.

25 de mayo de 1810, Cabildo Abierto, Semana de Mayo, Google
25 de mayo de 1810, Cabildo Abierto, Semana de Mayo, Google

En otras palabras: cuando una iglesia se demolía, se mudaba o se reformaba (como pasó con San Nicolás de Bari), las criptas podían quedar sin trazabilidad documental. Y cuando el entierro era en altamar, como el de Moreno, la desaparición era irreversible.

El contraste: los que sí tienen sepultura y el vacío que resalta

El contraste refuerza el misterio: hay miembros de la Junta con descansos conocidos en Recoleta, en templos históricos o en mausoleos identificados. Incluso cuando una tumba específica es difícil de ubicar con precisión, existe un marco documental que orienta. En cambio, Moreno y Alberti quedan fuera de ese orden: uno sin tierra; el otro, sin registro final confiable.

216 años después, la pregunta que incomoda

Cada aniversario patrio reactiva el rito de mirar hacia 1810. Pero estos dos casos obligan a mirar también hacia otra dimensión de la historia: la materialidad del recuerdo. Porque los próceres no solo viven en fechas y discursos; también viven en archivos, criptas, demoliciones, mareas y silencios administrativos.

Y tal vez ahí está lo más potente de este enigma: no es solo “dónde están”, sino qué dice de nosotros que Buenos Aires pueda levantar un símbolo como el Obelisco sin poder responder con certeza qué quedó debajo… o que un nombre clave de Mayo tenga como tumba el mar.