El “gigante” olvidado del 25 de Mayo: se llamaba Buenaventura Arzac, superaba los 2 metros de altura y fue clave para la revolución
El gigante olvidado de Mayo: Buenaventura Arzac, “chispero”, militar e impresor. Su rol en la Plaza fue clave para la Revolución de 1810.

En la Semana de Mayo no todo pasó dentro del Cabildo: también se jugó en la Plaza. Y allí aparece un nombre que la historia “grande” dejó en penumbras: Buenaventura Arzac, militar, “chispero”, periodista e impresor, recordado por su estatura descomunal y por empujar el pulso popular que terminó de inclinar la balanza el 25 de mayo de 1810.
¿Quién fue Buenaventura Arzac? El hombre detrás del mito
Buenaventura de Arzac fue político, militar, escritor e impresor en el Buenos Aires de las primeras décadas del siglo XIX, y participó activamente de los sucesos de 1810. Nació en Buenos Aires en febrero de 1783 (con fecha consignada como 1 de febrero en registros citados por fuentes biográficas) y su nombre completo aparece en documentos como Buenaventura Mariano José Joaquín de Jesús Arzac. Sus contemporáneos y algunos historiadores lo retratan como un “gigante”, con descripciones que van de “más de dos metros” a la hipérbole de “ocho pies”, una medida que en los relatos funciona más como símbolo de presencia física que como cinta métrica.
La clave, sin embargo, no es sólo su tamaño: Arzac encarna a esos actores de segunda línea que, sin firmar actas célebres, movieron gente, presionaron, sostuvieron la calle y terminaron haciendo posible el cambio político.
Qué pasó antes de la Semana de Mayo: de las Invasiones Inglesas al oficio de “estar donde arde”
Arzac peleó en las Invasiones Inglesas y, según reconstrucciones, se incorporó como sargento en 1806 en el escuadrón de Húsares comandado por Juan Martín de Pueyrredón, y volvió a combatir en 1807. Esa experiencia fue decisiva para muchos criollos: las invasiones fortalecieron milicias locales y aceleraron una conciencia política nueva, que después se expresaría en 1810. En el caso de Arzac, lo que queda es un perfil de acción: un hombre habituado a la calle, al choque, al cuerpo a cuerpo y a los climas donde la autoridad se discute en público.

Semana de Mayo: qué hizo el “gigante” entre los chisperos y la Plaza
En 1810, Arzac aparece asociado a Domingo French y al núcleo más decidido de los llamados “chisperos”, el grupo que empujó la movilización y sostuvo la presión popular frente al Cabildo. La propia documentación citada por biografías recuerda que, en esos días, una carta menciona a “French, Beruti… y un Arzac” en la Plaza, incluso con tono despectivo (“que no es nada”), lo que paradójicamente confirma su presencia en el centro del hervidero. También se registra su participación en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, donde votó en el mismo sentido que French, un dato clave para ubicarlo dentro del dispositivo revolucionario.

Hay además un costado casi cinematográfico que ayuda a entender por qué su figura quedó como leyenda oral: notas de divulgación lo describen como uno de los hombres que más temor inspiraban, “casi dos metros” de altura y fuerza suficiente para dominar a un rival levantándolo del suelo. En la política de 1810, ese detalle no es decorativo: la Plaza era un actor, y el control del espacio público era parte del ajedrez de poder.
Qué sucedió después del 25 de Mayo: milicia, prensa, imprenta y un apodo que muerde
Tras la formación de la Primera Junta, Arzac volvió a alistarse y figura con funciones militares (por ejemplo, como ayudante mayor en regimientos de infantería, según registros biográficos). Pero su huella más singular aparece cuando la revolución se muda al papel: Arzac trabajó como impresor y periodista, y se vinculó a imprentas que editaron publicaciones centrales del período. En el debate público, sus adversarios lo apodaron “Ciento Patas” (también “Ciempiés”), un sobrenombre que revela tanto el barro político del momento como la intensidad de la guerra de plumas. Algunas reconstrucciones lo muestran cercano a French en los años posteriores, atravesando disputas facciosas (morenistas, directoriales y más), y luego involucrado en tareas de prensa e imprenta junto a familiares.

Incluso su final queda envuelto en niebla: hay fuentes que señalan fallecimiento en año desconocido o “pocos años después”, y otras que directamente admiten que no se conoce con precisión la fecha.
¿Por qué fue borrado? El mecanismo del olvido
Una pista fuerte está en cómo se construyó el “panteón” de Mayo: ciertas tradiciones historiográficas privilegiaron a los grandes nombres institucionales y dejaron afuera a los operadores de calle. También se sugiere que su vinculación posterior con imprentas y polémicas políticas —incluidas lecturas sobre su ubicación en disputas del período rosista— pudo volverlo incómodo para relatos más lineales. En otras palabras: Arzac no encaja fácil en bronce, pero sí en una verdad histórica más realista, donde la revolución fue una combinación de ideas, cabildos, presión social, milicias y propaganda.
Cuál es la importancia de Buenaventura Arzac en la historia argentina: 6 datos para entenderlo
- Fue militar e impresor, dos oficios clave en una época donde la política se disputaba con armas y con tinta.
- Integró el clima de movilización popular de la Semana de Mayo, asociado a French y al activismo en la Plaza.
- Participó del Cabildo Abierto del 22 de mayo, votando en línea con French.
- Su figura quedó marcada por la estatura y la fuerza, registradas en relatos y notas históricas.
- Su apodo “Ciento Patas” habla del barro de la época: la prensa era un campo de batalla.
- Su muerte es imprecisa en los registros más difundidos, un síntoma perfecto de cómo funciona el olvido histórico.
Cada 25 de Mayo repetimos nombres indispensables, pero la historia completa se vuelve más nítida cuando miramos a los costados del cuadro. Buenaventura Arzac fue una de esas figuras: mezcla de miliciano y organizador, de presencia callejera y constructor de sentido desde la imprenta. Y quizá por eso incomoda y fascina: porque recuerda que la Revolución no fue sólo un acto institucional, sino un pulso colectivo donde la Plaza tuvo voz, cuerpo y empuje.


















