Barcos militares sobre el continente americano
Barcos militares sobre el continente americano Foto: Freepik / Imagen creada con IA

No podemos reducir la cuestión venezolana a la defensa de ideas democráticas ni a la persecución judicial contra el narcotráfico. Lo que está en juego es una profunda reconfiguración geopolítica y de seguridad en todo el Hemisferio Occidental derivada de la cesión de activos críticos e infraestructura sensible a potencias extracontinentales.

En Venezuela, la combinación de acuerdos militares, tecnológicos y financieros con China, Rusia e Irán, sumada al control externo de recursos energéticos, redes digitales, puertos y nodos estratégicos, mostró hasta qué punto las decisiones de un solo Estado pueden afectar la paz regional al introducir en América los vectores de conflictos ajenos.​

La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y la caída de Nicolás Maduro transformaron al país en un caso testigo de la nueva arquitectura de seguridad hemisférica bajo la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 y el llamado “Trump Corollary” a la Doctrina Monroe.

El problema central ya no es solo la transición política venezolana, sino la forma en que se ordenan la primacía estadounidense, la presencia de potencias extracontinentales y la defensa de la paz en todo el continente americano.​

El presidente venezolano capturado, Nicolás Maduro, llega al helipuerto del centro de Manhattan, mientras se dirige al juzgado estadounidense Daniel Patrick Moynihan en Manhattan. Foto: REUTERS

La nueva doctrina hemisférica estadounidense

La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 recoloca al Hemisferio Occidental, es decir el continente americano, en el centro de la agenda de Washington y anuncia la voluntad de “reafirmar y hacer valer la Doctrina Monroe” para negar a competidores extrahemisféricos el control de activos estratégicos en la región. El llamado “Trump Corollary” explicita que EE.UU. utilizará su superioridad militar y sus alianzas para asegurar acceso a recursos energéticos, minerales críticos y rutas clave, desplegando una lógica de “enlist and expand” (reclutar y expandir) con socios regionales.​

En esta visión, la primacía norteamericana no implica ocupación territorial clásica, sino la configuración de una arquitectura de seguridad, comercio y control de recursos que mantiene al hemisferio cerrado a incursiones militares y comerciales de potencias extracontinentales. La intervención en Venezuela actúa como mensaje estratégico sobre los límites que Estados Unidos impondrá al tipo de alianzas y cesión de activos que considera amenazantes para su seguridad.​

Cesión de activos críticos y riesgo sistémico

El proceso de transición en Venezuela abre una disputa por la reconfiguración de activos, es decir, el control de campos petroleros, redes eléctricas, puertos, satélites, infraestructura digital y nodos financieros que estuvieron bajo influencia de empresas o bancos vinculados a potencias extracontinentales, lo que se ha vuelto un tema de seguridad colectiva y no solo de política doméstica.​

En consecuencia, la política de “no ceder activos estratégicos ni brindar capacidades de defensa o seguridad” a potencias extracontinentales aparece como una condición de prudencia estructural para preservar la paz y la estabilidad de América.​

La oportunidad argentina en la nueva matriz de alianzas

El alineamiento de Argentina con Estados Unidos bajo la administración Milei —ya visible en gestos diplomáticos, económicos y de seguridad— la coloca como candidata a aliado preferente dentro de la estrategia de “enlist and expand”.

Washington necesita socios que ayuden a controlar migración, drogas y crimen transnacional, cierren el paso a infraestructura estratégica extracontinental y acompañen el rediseño de la arquitectura energética, alimentaria y de minerales críticos. ​

Javier Milei y Donald Trump.
Javier Milei y Donald Trump. Foto: REUTERS

Ahora bien, a lo expuesto hay que agregar otra cuestión que representa una amenaza tanto o más grave que la de los enemigos externos. Nos referimos a la conservación de una identidad cultural civilizacional que se encuentra bajo ataque.

La primera advertencia se reveló en la Conferencia de Munich de febrero de 2025, cuando el Vicepresidente de los EE.UU. J.D. Vance expresó sus alarmas criticando la actual postura europea.

Luego, en un documento titulado “La necesidad de aliados civilizacionales en Europa”, de la Secretaría de Estado norteamericana, se señala la importancia del factor cultural o civilizacional en la política exterior de EE.UU.

Nuestro continente ha ido desarrollando a los largo de estos últimos 500 años, desde la Conquista y Evangelización de América, una verdadera identidad cultural americana, que nos une bajo una misma visión humanista.

Y allí es donde Argentina también puede jugar un rol clave, a través del liderazgo cultural que ejerce en todo el mundo hispanoparlante.

Tanto Estados Unidos como el resto del continente mantenemos un compromiso con la preservación de los valores de nuestra cultura común, garantizando que la civilización occidental siga siendo una fuente de virtud, libertad y desarrollo humano para las generaciones venideras.

Vemos entonces que Argentina puede proyectarse como socio político, estratégico y cultural colaborando en la conformación de una verdadera alianza continental.

Esta alianza no debería asumirse como subordinación incondicional, sino como convergencia racional de intereses: preservar el carácter intracontinental de las capacidades críticas de defensa y seguridad, cooperar en una alianza civilizacional y evitar que América se convierta en teatro de rivalidades globales.

Malvinas, Atlántico Sur y presencia extracontinental

La cuestión de la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur constituye un caso paradigmático de presencia militar extracontinental en un espacio marítimo clave para la seguridad sudamericana.

Las Malvinas son argentinas. Foto: UnTER

La base de Mount Pleasant y el despliegue militar británico permiten a Reino Unido proyectar poder en el Atlántico Sur, controlar rutas hacia el Cabo de Hornos y la Antártida, y operar como plataforma de inteligencia y logística de alcance ampliado, otorgándole además una posición privilegiada sobre recursos pesqueros, hidrocarburíferos, minerales y corredores marítimos vitales para América del Sur. Esto, con el agravante de que Gran Bretaña puede brindar cooperación a otras potencias europeas o asiáticas autorizando a flotas pesqueras extracontinentales para que depreden los recursos ictícolas, poniendo en riesgo la paz, la seguridad y el desarrollo en nuestro continente.

En este sentido, desde la lógica de seguridad hemisférica que rechaza la cesión de activos estratégicos a actores extracontinentales, la situación de Malvinas muestra que el Atlántico Sur no puede quedar bajo tutela militar de una potencia europea sin afectar la paz y la estabilidad regional. La militarización británica contradice el principio según el cual la defensa de recursos y la seguridad marítima deben residir en los Estados de la región y no en actores externos con agendas globales propias.

La reivindicación argentina de la soberanía sobre Malvinas y las islas del Atlántico Sur deja de ser solo una causa histórica o identitaria para integrarse en una doctrina de seguridad continental que, en sintonía con la retórica estadounidense, rechaza la implantación de capacidades militares extracontinentales en territorios y mares estratégicos.

Asimismo, la cuestión Malvinas debe leerse con la misma clave que las de Groenlandia y Canadá, donde EE.UU. ya señaló que son asuntos que involucran a la seguridad hemisférica o continental. Esto nos indica que estamos frente a una visión de seguridad continental desde el ártico hasta el antártico.

Por ello, incorporar Malvinas al debate sobre seguridad regional refuerza el argumento de que la paz de América exige limitar la implantación extracontinental en todo el hemisferio, protegiendo nuestros activos y territorios estratégicos en una misma visión de seguridad cooperativa continental.