Migrantes cruzando una de las fronteras más peligrosas del mundo. Foto: EFE

Una vasta franja de selva densa, húmeda y agresiva funciona como el único enlace terrestre entre Sudamérica y el resto del continente, pero al mismo tiempo se erige como una barrera natural casi imposible de atravesar. Ríos caudalosos, pantanos interminables, fauna salvaje y un clima extremo dominan el paisaje, donde cada paso supone un riesgo permanente: un mínimo error puede ser fatal y la presencia del Estado es, en los hechos, casi nula.

Ese lugar es el Tapón del Darién, una franja selvática ubicada entre el sur de Panamá y el norte de Colombia. Con unos 150 kilómetros de longitud y un ancho que conecta el océano Atlántico con el Pacífico, se consolidó con el tiempo como una de las fronteras terrestres más peligrosas del mundo.

Migrantes cruzan la selva del Darién, en la frontera Panamá-Colombia. Foto: Reuters

Más allá de su geografía implacable, en los últimos años se transformó en un corredor migratorio atravesado por miles de personas que buscan llegar a América del Norte, enfrentándose no solo a las amenazas naturales, sino también a la violencia de grupos criminales, traficantes y redes de explotación que operan en la zona.

El agravamiento de las crisis económicas en distintos países de la región -con Venezuela como caso más emblemático- empujó a miles de personas a intentar cada año el cruce de la selva. Para quienes buscan llegar al norte del continente, el Darién se transforma en un paso obligado: allí se produce la única interrupción de la ruta Panamericana, el sistema vial que conecta América desde Alaska hasta Tierra del Fuego y que, en ese tramo, se corta de manera abrupta.

Así, para miles de migrantes, la opción es enfrentar la selva o abandonar el trayecto, una decisión que transforma al Darién en un paso obligatorio y en uno de los tramos más extremos de toda la ruta continental.

Los principales desafíos de cruzar el “Tapón del Darién”

Atravesar el Tapón del Darién implica enfrentarse a una combinación extrema de obstáculos naturales, sanitarios y sociales que convierten a esta selva en uno de los trayectos más riesgosos del mundo. La dificultad comienza con el propio terreno: se trata de una región húmeda, con lluvias frecuentes y vegetación tan densa que avanzar resulta lento y extenuante. El recorrido, que puede superar los 90 kilómetros, obliga a atravesar montañas empinadas y ríos caudalosos, en un entorno donde no existen caminos ni señalización. En las zonas más elevadas, con picos que superan los 2.500 metros, el desgaste físico se intensifica, y los descensos suelen desembocar en arroyos o ríos que complican aún más la marcha.

A estas condiciones se suma una biodiversidad tan rica como peligrosa. En la selva conviven grandes mamíferos y una enorme variedad de aves, reptiles y anfibios, entre ellos animales venenosos que representan una amenaza constante para quienes no conocen el territorio.

Migrantes caminan en la selva del Darién. Foto: EFE

El tiempo es otro factor clave: atravesar la selva puede llevar más de una semana, lo que provoca cuadros severos de deshidratación, agotamiento y enfermedades como malaria o dengue. A estos riesgos se agregan amenazas humanas, como la presencia de grupos armados que controlan sectores del recorrido y exigen pagos para permitir el paso.

En conjunto, el Darién se presenta como un territorio donde la naturaleza extrema y la ausencia de protección estatal exponen a miles de personas a un peligro permanente.

Miles de migrantes atraviesan el Darién en una travesía que transforma vidas y deja huella en la selva

La llegada constante de miles de personas a esta región selvática dejó de ser solo un fenómeno humano para convertirse también en un problema ambiental. El paso ininterrumpido por zonas vírgenes, la acumulación de basura y la falta de sistemas de gestión de residuos alteraron el equilibrio natural de un ecosistema extremadamente frágil, poniendo en mayor riesgo a especies que ya se encuentran amenazadas.

Crisis ambiental en la selva del Darién por la llegada de migrantes. Foto: EFE

El flujo migratorio también afecta de manera directa a las comunidades indígenas que habitan la región, como los embera y los wounaan, especialmente del lado panameño. Muchas de estas poblaciones viven en aldeas dispersas y dependen de cultivos básicos para subsistir, que en algunos casos fueron dañados por el paso constante de migrantes. Todo esto ocurre en un área que incluye parques nacionales protegidos tanto en Panamá como en Colombia, lo que profundiza la tensión entre conservación ambiental y crisis humanitaria.