La increíble historia del último país de Sudamérica en independizarse: conviven distintas tribus nativas y se hablan al menos 15 idiomas
La nación más pequeña del subcontinente, tanto en superficie como en población, encuentra en el neerlandés su único idioma oficial. Sin embargo, la lengua franca utilizada en conversaciones menos formales es el sranantongo.

Un país que suele ser olvidado cuando se piensa en los distintos territorios que conforman Sudamérica, es dueño de una historia sumamente interesante que lo distingue del resto de naciones en la región. No solo cuenta con récords como tener la mayor cobertura forestal del mundo (más del 93% de su territorio es selva), sino que también destaca por un recorrido histórico tan particular como poco conocido.
Se trata de Surinam, el país más pequeño de Sudamérica y que menor cantidad de habitantes alberga. Aunque suele pasar desapercibido en el mapa regional, ocupa un lugar singular en la historia de América del Sur: fue el último país del continente en lograr su independencia, en 1975, tras casi tres siglos de dominio colonial neerlandés. Ubicado en la costa norte, entre Guyana y la Guayana Francesa, concentra una diversidad cultural y lingüística única en la región.

La herencia colonial y los distintos procesos migratorios dieron lugar a una sociedad profundamente multicultural. En Surinam conviven pueblos indígenas, descendientes de esclavos africanos que escaparon de las plantaciones y formaron comunidades autónomas en el interior -conocidos como maroons-, además de poblaciones de origen indio, chino y europeo. Esta convivencia convirtió al país en uno de los más diversos étnicamente de Sudamérica.
Esa riqueza también se expresa en el idioma. Aunque el neerlandés es la lengua oficial, en la vida cotidiana se hablan al menos 15 idiomas, entre ellos el sranan tongo, varias lenguas indígenas, el hindi surinamés y diferentes criollos. Para muchos habitantes, el multilingüismo es parte natural de la vida diaria y un rasgo central de su identidad.

La vida en Surinam, marcada por un antiguo golpe de Estado y la actual lucha contra la desigualdad
Tras la independencia, Surinam atravesó períodos de inestabilidad política, incluyendo golpes de Estado y crisis económicas. Sin embargo, en las últimas décadas buscó consolidar sus instituciones democráticas y aprovechar sus recursos naturales, como el oro, el petróleo y la madera, aunque con el desafío permanente de equilibrar desarrollo económico y preservación ambiental.
La historia reciente de Surinam está atravesada por un hecho que aún hoy deja huellas profundas en su vida política y social: el golpe de Estado de 1980, encabezado por el entonces sargento Dési Bouterse, que interrumpió el frágil proceso democrático iniciado tras la independencia de los Países Bajos en 1975. A más de cuatro décadas de aquel episodio, el país continúa lidiando con las consecuencias de ese período de inestabilidad, mientras enfrenta nuevos desafíos vinculados a la desigualdad y el desarrollo económico.

El golpe dio inicio a una etapa de gobiernos militares y autoritarios que marcaron a fuego a la sociedad surinamesa. Uno de los episodios más traumáticos fueron los llamados “asesinatos de diciembre” de 1982, cuando 15 opositores fueron ejecutados por el régimen, un hecho que sigue siendo un símbolo de las violaciones a los derechos humanos en el país.
El dictador fue detenido años después y, en 1991, se convocaron nuevamente elecciones libres, que marcaron el regreso pleno al sistema democrático. Ese proceso permitió la llegada al poder, por voto popular, de Ronald Venetiaan. Su liderazgo y capacidad de acción se tradujeron en una serie de reformas que lograron estabilizar parcialmente al país y fortalecer sus instituciones. Venetiaan se convirtió así en uno de los presidentes más valorados por la población, al punto de ejercer tres mandatos.
Uno de los hitos de su política exterior y de pacificación interna fue la firma de un tratado de paz con el grupo guerrillero cimarrón Comando de la Jungla, lo que contribuyó a reducir los conflictos armados en el interior del país y a mejorar la imagen internacional de Surinam.

En el plano social, sin embargo, Surinam continúa enfrentando fuertes desigualdades, tanto entre grupos étnicos como entre regiones. Mientras la capital, Paramaribo, concentra servicios, empleo y oportunidades, amplias zonas del interior -habitadas en gran parte por comunidades indígenas y maroons- padecen mayores niveles de pobreza, dificultades de acceso a salud, educación e infraestructura básica.
La economía, basada en la explotación de recursos naturales como el oro y, más recientemente, el petróleo, genera ingresos clave para el Estado, pero también profundiza tensiones. Organizaciones sociales y ambientales advierten que los beneficios no siempre se distribuyen de manera equitativa, y que muchas comunidades locales quedan al margen de las ganancias, mientras soportan los costos ambientales de la actividad extractiva.

En este contexto, el desafío central para Surinam es romper con el legado de inestabilidad política y avanzar hacia un modelo de desarrollo más inclusivo, capaz de reducir brechas sociales y garantizar derechos básicos en todo el territorio.














