De Isócrates a Marco Rubio: la “empresa común” de occidente y el gran desafío de la unidad americana
Desde la Grecia clásica hasta el panamericanismo contemporáneo, la historia muestra que las civilizaciones sobreviven cuando encuentran una causa común capaz de superar sus divisiones internas.

En el siglo IV antes de Cristo, las ciudades-estado griegas emergían extenuadas de décadas de guerras fratricidas. Atenas y Esparta, Tebas y Corinto se habían desangrado mutuamente en conflictos que solo beneficiaban al Imperio persa, siempre dispuesto a explotar las divisiones helenas. Fue entonces cuando un anciano retórico, Isócrates, lanzó una advertencia que resonaría a lo largo de los siglos: o los griegos se unían bajo un liderazgo común, o desaparecerían como civilización.
Isócrates propuso algo que escandalizaba a los atenienses más ortodoxos: que aceptaran el liderazgo de Filipo de Macedonia, un rey al que muchos consideraban semibárbaro. En su famoso discurso A Filipo, argumentó que solo una "empresa común" –la guerra contra Persia– podría salvar a la Hélade de la autodestrucción. Enfrente estaba Demóstenes, el gran orador que veía en los macedonios una amenaza mayor que los persas, y que prefería una alianza con estos antes que someterse a Filipo.
La historia sentenció el debate. Filipo unificó Grecia por las armas, y su hijo Alejandro, a partir de aquella unidad, conquistó Egipto y Persia, extendiendo la cultura helénica hasta los confines del mundo conocido. La unidad, incluso impuesta, demostró ser más fecunda que la división amparada en alianzas extrañas.
El espejo americano
Este drama antiguo encuentra un eco en la historia de América. Durante el siglo XIX, mientras Estados Unidos consolidaba su expansión y las repúblicas hispanoamericanas nacían a la vida independiente, las potencias europeas –especialmente Gran Bretaña– alentaron las divisiones internas del continente. La diplomacia británica supo explotar los recelos hacia Washington, fomentando en países como Argentina una dependencia comercial y cultural que alejaba cualquier proyecto de unidad hemisférica. Era el "divide y vencerás" aplicado a escala continental.

En el siglo XX, Juan Domingo Perón retomó la idea de la unidad americana desde una perspectiva original. Para él, el "continentalismo" no era una aspiración romántica sino una etapa necesaria en la evolución histórica: así como el siglo XIX había sido el de la integración nacional, el XX debía ser el de la integración regional. En 1954 sostenía que "la unidad económica de los pueblos es la base de la unidad política futura“, y entendía que esa unidad pasaba por una alianza estratégica con Estados Unidos. No se trataba de sumisión, sino de complementariedad.
La voz de Edmund Walsh
Pero quizás quien mejor articuló la necesidad del panamericanismo como defensa de la civilización fue el padre Edmund Walsh, jesuita y geopolítico, fundador de la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown. En su libro Total Empire, escrito en los años de la Guerra Fría, Walsh advertía: “La solidaridad del Hemisferio Occidental es una de las condiciones básicas para la defensa del mundo atlántico. Y la continua libertad del mundo atlántico es el cimiento de la confianza para la libertad de todo el mundo. La debilidad o desunión del Hemisferio Occidental significará debilitar la causa de la libertad en todas partes”.
Walsh fue mucho más allá de la retórica estratégica. Denunció los prejuicios culturales que durante décadas habían envenenado las relaciones entre las Américas: la “leyenda negra” que presentaba a Hispanoamérica como un continente atrasado, la arrogancia de los agentes comerciales estadounidenses, la ignorancia sobre las universidades fundadas en la América hispana del siglo XVI, anteriores a Harvard. Y recuperó la advertencia del uruguayo José Enrique Rodó en su Ariel: Estados Unidos no puede comprar la amistad, solo merecerla; su liderazgo será auténtico cuando ofrezca al mundo, además de poder material, un ideal espiritual.
El momento actual: la síntesis de Marco Rubio
Hoy, aquellas reflexiones adquieren una vigencia asombrosa. El mundo enfrenta amenazas que ningún país puede conjugar por sí solo: la expansión de potencias extrahemisféricas en nuestro continente y en nuestros océanos, el narcotráfico que corroe las instituciones, la voracidad sobre nuestros recursos y un globalismo que desdibuja las identidades nacionales sin ofrecer nada a cambio.
En este contexto, la administración Trump ha revitalizado el panamericanismo como eje de su política exterior. Pero quien ha dado a esta visión una profundidad cultural inesperada es Marco Rubio, secretario de Estado y primer hispano en ocupar el cargo. En su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Rubio trazó un puente entre las dos orillas de la civilización occidental: "Formamos parte de una sola civilización: la civilización occidental. Nos unen los lazos más profundos que cualquier nación podría compartir, forjados por siglos de historia compartida, fe cristiana, cultura, herencia, idioma, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos“.
Rubio no se dirigía solo a Europa. Su mensaje interpelaba directamente a Hispanoamérica: "Queremos aliados orgullosos de su cultura y su herencia, que comprendan que somos herederos de la misma gran y noble civilización“. Al reivindicar su propio origen hispano, el secretario de Estado encarna una síntesis que Walsh y Perón solo pudieron imaginar: la posibilidad de que Estados Unidos lidere no desde la imposición, sino desde el reconocimiento de una matriz cultural compartida.
Una empresa común para nuestro tiempo
Así como Isócrates convenció a los griegos de que la unidad bajo Macedonia era preferible a la disolución, hoy los países hispanoamericanos enfrentan una disyuntiva similar. Las potencias extracontinentales ofrecen inversiones y acuerdos, pero también dependencia y erosión de la soberanía. La alternativa no es la sumisión a Washington, sino una alianza estratégica que preserve las identidades locales mientras garantiza la seguridad colectiva.
La "empresa común" del siglo XXI tiene nombres concretos: defensa del Atlántico Sur y la Antártida, desarrollo conjunto del litio y Vaca Muerta, protección de la biodiversidad amazónica, y –sobre todo– una paideia panamericana que forme dirigentes con arraigo cultural y visión de futuro. Como escribió Walsh, "vivir con los vecinos, ya sean parroquiales o continentales, es un arte, no una ciencia“. Ese arte consiste en armonizar el liderazgo necesario con el respeto debido.
Cuando Marco Rubio, descendiente de españoles e italianos, habla en Múnich en nombre de Estados Unidos, está demostrando que el sueño de Rodó puede cumplirse: que Norteamérica ofrezca al mundo, además de su poder, un liderazgo espiritual que encienda, al decir de Walsh, "la chispa que electrificará al mundo“. Que esa chispa ilumine también a Hispanoamérica, y que juntos, como los griegos de Alejandro, escribamos un nuevo capítulo de nuestra historia común.












