
Podría decirse que uno de los primeros comienzos de Argentina fue lejos del Río de la Plata, curiosamente en Lisboa, el 10 de mayo de 1601.
Ese día, el clérigo y cronista Martín del Barco Centenera firma una dedicatoria-carta dirigida al marqués de Castel Rodrigo, a quien trata como Virrey, Gobernador y Capitán General de Portugal. Y en esa misma página deja una frase que hoy vibra como una revelación: dice que escribió un libro “a quien intitulo y nombro Argentina”, “tomando el nombre del sujeto principal, que es el Río de la Plata”.
El dato que cambia la perspectiva: “Argentina” nació como título y como idea
Centenera no estaba redactando un acta ni fundando un Estado. Estaba haciendo algo distinto: bautizar literariamente a una región inmensa que, según él, estaba “casi puesta en olvido”.
En su dedicatoria explica por qué escribe: quiere que el mundo tenga una “entera noticia y verdadera relación” de esas provincias, y aclara que lo hace desde la experiencia vivida: “en veinticuatro años que en aquel nuevo orbe peregriné”. Ese número no es un adorno: es su argumento de autoridad, su “yo estuve ahí”.

Y luego viene lo más fascinante: la carta funciona como trailer del libro. Promete gentes belicosas, fieras, serpientes, aves extrañas e incluso “peces de humana forma”: una mezcla típica del relato colonial, donde conviven observación, mito, temor y asombro.
¿Qué libro era ese “Argentina” del que hablaba?
La obra se conoce como “La Argentina y conquista del Río de la Plata”, un poema épico publicado en 1602 en Lisboa, y aparece citada como una de las primeras menciones del nombre “Argentina” para esta región. Está dividida en 28 cantos y escrita en octavas reales, un formato “serio” para narrar hazañas, pero con un tono que puede volverse moralizante, satírico o directamente brutal cuando describe hambres, disputas de poder y violencias.
De hecho, el propio campo editorial moderno lo remarca: hay una edición crítica reciente (2021) que subraya el valor del texto como testimonio de intrigas, levantamientos indígenas, rebeliones y ataques piratas, entre experiencia propia y leyendas.
Quién era Martín del Barco Centenera: el cronista que caminó el mapa
Centenera nació en Logrosán (Extremadura) hacia 1535, estudió en Salamanca y viajó al Río de la Plata como parte del mundo eclesiástico ligado a la expansión imperial. Consiguió el título de arcediano y se embarcó en la expedición de Juan Ortiz de Zárate, que tardó años en partir y llegó al área rioplatense hacia fines de 1573, tras un viaje difícil y con escalas forzadas.

Esa biografía es clave para entender por qué su carta pesa: Centenera no escribe desde un escritorio europeo, sino desde el registro del viajero que vio la precariedad de las fundaciones, los conflictos de mando y el drama cotidiano de colonos y pueblos originarios.
El destinatario de la carta: el “marqués de Castel Rodrigo” y la Unión Ibérica
La dedicatoria se dirige al marqués de Castel Rodrigo, identificado en registros de autoridad como Cristóbal de Moura (1538–1613), figura central del engranaje político de la Monarquía Hispánica y virrey de Portugal en distintos períodos (incluido 1600–1603). Ese dato encaja con la fórmula que usa Centenera: en 1601, Portugal estaba dentro de la Unión Ibérica (1580–1640), y el virrey era el representante del rey en el reino portugués.
Dicho simple: la “Argentina” nombrada por Centenera nace, paradójicamente, en el cruce entre Lisboa, la burocracia imperial y un relato sobre el “Nuevo Orbe” rioplatense.
¿Por qué “Argentina”? La plata, el mito y una palabra que se quedó
El Estado argentino no existía, pero la palabra ya circulaba como posibilidad. “Argentina” deriva del latín argentum (plata), y el vínculo con el Río de la Plata venía alimentado por rumores de riqueza, rutas y leyendas. El propio sitio oficial del Estado argentino recuerda un registro temprano: “Terra Argentea” aparece en una pieza cartográfica atribuida a Lopo Homem (1554), y recién un libro de 1602 termina de “fijar” la denominación.
En paralelo, la tradición historiográfica menciona la leyenda de la “Sierra de la Plata” y expediciones tempranas vinculadas al estuario, que ayudaron a consolidar el imaginario de un territorio “plateado”. Así, cuando Centenera decide titular su obra “Argentina”, no inventa de la nada: ordena un universo de rumores, geografía y ambición en una palabra elegante, “culta”, lista para circular en el mundo letrado.
De la literatura al nombre país: un viaje de siglos
Aunque “Argentina” comenzó como título y como latinismo, su expansión fue lenta: durante mucho tiempo se impuso la designación “Río de la Plata” en lo administrativo, mientras “Argentina” ganaba terreno en lo cultural. El mismo recorrido institucional está documentado: distintas denominaciones convivieron hasta que la Constitución nacional incorporó “República Argentina” entre los nombres oficiales, y un decreto de 1860 fijó su uso para actos administrativos.
Pero el punto de partida literario sigue siendo una escena nítida: un hombre en Lisboa, en 1601, escribiéndole al virrey de Portugal que su libro se llama Argentina, porque el sujeto principal es el Río de la Plata.
















