Chascomús, hogar del “Padre de la Democracia”: cómo fue la infancia de Raúl Alfonsín en la laguna más famosa
Chascomús no fue solo el lugar donde nació Raúl Alfonsín: fue el paisaje que moldeó su mirada, sus valores y su compromiso con la democracia. Entre la laguna, la vida de pueblo y una historia familiar atravesada por la política.

Hay lugares en el mundo que parecen predestinados a acunar la historia grande de un país. Ciudades con calma de siesta y calles de empedrado que guardan secretos capaces de cambiar el destino de millones. Hoy nos metemos de lleno en una de esas postales bonaerenses: Chascomús. Famosa por sus atardeceres memorables a la vera del agua y sus medialunas que son una parada obligada, esta localidad no es solo un destino turístico de fin de semana; es la cuna, el refugio y el cable a tierra del hombre que nos devolvió la libertad institucional, el mismísimo Raúl Ricardo Alfonsín.
¿Cómo se forjó la personalidad del líder que conmovió a una nación entera recitando el Preámbulo de la Constitución Nacional? Para entenderlo, hay que viajar en el tiempo a su infancia, caminar por las orillas de la laguna más famosa de la provincia y sumergirse en las raíces de una familia que le enseñó el valor del trabajo y el respeto por las ideas.
Las raíces en la tierra de los Libres del Sur
Para dimensionar el suelo que pisaba el pequeño Raúl, hay que entender que Chascomús respira historia argentina. Nacida originalmente a partir del fuerte San Juan Bautista en 1779 como una línea de defensa en pleno Virreinato, el territorio fue testigo en 1839 de la sangrienta batalla de los Libres del Sur contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas. En esa atmósfera de leyendas camperas e hitos nacionales creció Alfonsín.

Nacido el 12 de marzo de 1927, Raúl fue el mayor de seis hermanos. Su hogar estaba impregnado de un cruce cultural fascinante: era hijo de Serafín Raúl Alfonsín, un reconocido comerciante minorista con raíces gallegas y vascas, y de Ana María Foulkes, una mujer de ascendencia galesa y malvinense. Su padre, un ferviente defensor de la causa republicana durante la Guerra Civil Española, plantó en la mesa familiar las primeras nociones de la política, la justicia y la resistencia civil ante el autoritarismo.
El Chascomús de los años 30 era un entorno mayormente agrícola-ganadero donde todos se conocían. Las tardes del futuro mandatario transcurrían entre los juegos en las veredas y la inmensidad de la laguna. Quienes guardaron testimonios de aquella época recuerdan a un chico despierto, conversador, que ya desde la niñez demostraba una enorme facilidad de palabra para mediar en los típicos conflictos de los partidos de fútbol barriales.
El aula, la paradoja del Liceo y la laguna como refugio
Alfonsín inició su etapa escolar en la Escuela Normal Regional de Chascomús. Fue allí, entre cuadernos de tapa dura y pizarrones de tiza, donde aprendió a amar las letras y el debate. Sin embargo, su adolescencia daría un giro de 180 grados al ingresar al Liceo Militar General San Martín, una institución de la que egresaría como subteniente de reserva.
La historia, caprichosa y trágica a la vez, quiso que en los pasillos de ese mismo liceo compartiera años de estudio con personajes que décadas más tarde encarnarían la época más oscura del país, como Leopoldo Fortunato Galtieri. Aquella experiencia militar, lejos de asimilarlo al pensamiento de la corporación castrense, agudizó su visión crítica y blindó sus convicciones civiles. Su destino no estaba en los cuarteles, sino en las leyes.

A pesar de sus estudios fuera de la ciudad, Chascomús siempre fue su punto de retorno. La mítica laguna, con su nombre de origen mapuche que significa “agua muy salada”, funcionaba como el espacio de introspección donde Raúl pasaba horas contemplando el horizonte. Sería ese mismo paisaje el que lo vería regresar en 1950 ya recibido de abogado por la Universidad de Buenos Aires (UBA), listo para abrir su estudio jurídico, casarse con María Lorenza Barreneche y fundar el diario local El Imparcial.

Un legado que late en cada esquina
El joven que en 1954 daba sus primeros pasos en la gestión pública como concejal de su amado Chascomús jamás olvidó el ritmo de su pueblo. Incluso cuando la historia lo llamó a ocupar el sillón de Rivadavia en el histórico diciembre de 1983 para liderar la reconstrucción democrática tras la dictadura cívico-militar, el mandatario se escapaba a la tranquilidad de sus diagonales bonaerenses para tomar decisiones críticas, lejos del ruido ensordecedor de la Capital Federal.
Hoy, caminar por la costanera de Chascomús, visitar el Museo Pampeano o pararse frente a su monumento es recordar que las grandes transformaciones de la historia no siempre nacen en las grandes metrópolis. A veces, se gestan mirando el agua, bajo el cielo limpio de la pampa, en el corazón de un niño que aprendió a escuchar el pulso de su pueblo antes de cambiarlo para siempre.

















